Critica de la nueva narrativa Mexicana

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La “Estación de tren” y la apertura del símbolo

La “Estación de tren” y la apertura del símbolo
Por Adriana Sánchez Meyer
El valor literario del cuento “Estación de tren”, de Estrella del Valle, radica en la configuración psicológica de los personajes por medio de una fuerte carga en la condensación del lenguaje que, lejos de oscurecer el sentido del texto, abre las posibilidades apostando por la capacidad imaginativa del lector.

   Como primer punto, puede distinguirse que la historia se conoce únicamente a través del narrador personaje, no hay ninguna voz distinta que interfiera, ni espacios de diálogo; esta condición impone un punto de vista y reduce la información objetiva. Se sabe claramente que hubo un conflicto, que el personaje femenino cayó a las vías del tren al intentar abandonar a su anterior pareja (el narrador protagonista) e irse con otro “tipo” y que, a causa del accidente, estos dos personajes se encuentran nuevamente juntos en un espacio reducido; pero, los antecedentes de la relación permanecen oscuros, tanto por la actitud negativa de una como por la complejidad psicológica del otro.
    Sin embargo, es este último punto el que actúa como eje central de la obra apoyado, precisamente en la economía verbal y los saltos de tiempo y espacio. El relato se configura casi como un monólogo debido a la falta de intervenciones de la interlocutora, pero esto no elimina su presencia, y son justamente las oraciones que la interpelan las que actúan como rupturas que dan sentido y agilidad a la historia. Después de justificarse, el narrador cuestiona: “¿Es que no vas a creerme nunca?” (Del Valle 151) y, aunque continúe con el monólogo, el tono de la pregunta lleva implícito el sentimiento de desesperación y reclamo: “¿No te cansas?”.
    Las oraciones cortas y pausadas construidas con una gran cantidad de puntos y comas están intercaladas con algunas muy largas y corridas, por lo que marcan un ritmo muy particular, como el de alguien que se interrumpe a sí mismo intentado explicarse y, otras veces, alarga el discurso hasta faltarle el aire. El tono desesperado y obsesivo, casi neurótico, aumenta por la falta de respuestas: “Esa noche caminé hasta la estación de trenes, fui a esconderme otra vez, como antes ¿te acuerdas?, pero esta vez fue diferente. ¿Me crees? Fue diferente.” (Del Valle 151)
    La economía en el lenguaje se enfatiza por la presencia de oraciones o palabras que se repiten con frecuencia, casi de manera obsesiva, y que apoyan estratégicamente algunas partes del discurso: “[…] discúlpame, discúlpame por favor […]” “No creas que no me doy cuenta de todo lo que haces. Me doy cuenta perfectamente de todo”, “[…] hace mucho tiempo que no siento mi corazón, hace mucho tiempo que mi corazón dejó de latir”. Todas estas reiteraciones responden, además, a la queja principal del narrador: “[…] tengo que repetirte todo de nuevo y sabes cómo me enoja tener que repetirte las cosas [...] nunca me escuchas cuando tengo que decirte algo importante.” (Del Valle 151-152)
    En algunos aspectos, la economía del lenguaje puede concebirse como ambigüedad en general; basta con observar la extensión de la obra: cómo en sólo dos páginas se cuenta una situación con muy pocos antecedentes y datos precisos. A pesar de esto, se distinguen tres momentos: en el primero, se enuncia el conflicto desde un pasado que puede entenderse cercano: “Sabes que te hablé de golpe, que no quise hacerlo, que me obligó la ira, pero ya todo está bien, está bien de verdad.” (Del Valle 151) A partir de esta oración, se sabe de una discusión narrada por el protagonista, se sabe también del intento por justificarse y de la interpelación directa a un “tú” que no se especifica.
    En las líneas anteriores, no sólo hay ambigüedad con respecto a los personajes sino también con respecto al tiempo y al espacio; sin otro panorama, el texto se traslada a un tiempo pasado más lejano: “Deberías ponerte en mi lugar, saber por un momento cómo se siente que te miren con esos ojos extraños todo lo que haces […]” (Del Valle 151). Concebido en un espacio temporal más o menos distante del anterior, este recuerdo configura ciertos momentos en la vida pasada del personaje principal y su interlocutora.
    Líneas más tarde, se configura el espacio en el presente: “[…] mientras tú estás como idiota, paseándote entre la televisión y la ventana.” (Del Valle 151) A pesar de la exactitud, el espacio referido es limitado y no proporciona, hasta este punto, mayor información sobre la situación que se está desarrollando.
    El segundo momento del texto es el más extenso y comienza al remitirse, nuevamente, al conflicto narrado en las primeras líneas; proporciona un espacio que remite al título del cuento: “[…] caminé hasta la estación de trenes” (Del Valle 151), y a un tiempo, “Esa noche”, que resultan significativos para el resto de la historia. Puede, entonces, distinguirse un escenario sombrío y amenazante, pero la narración se vuelca, una vez más, en el sentir de los personajes; hay una nueva alusión que reitera el espacio limitado del presente, y es sólo hacia el desenlace del cuento que se conoce el nombre de la interlocutora: Margarita. Al mismo tiempo, se revelan sus deseos de abandonar al personaje que cuenta la historia y la presencia de un tercero, “ese tipo” (Del Valle 152), relacionado sentimentalmente con ella.
    El escenario anterior se completa cuando se narra la escena del accidente: “[…] y tú caíste a las vías […]” (Del Valle 152) Con esta información, pueden inferirse la responsabilidad del narrador, su culpa y su necesidad de reiterar que “fue un accidente”; pueden, entonces, comprenderse algunas de las actitudes esbozadas anteriormente por los personajes.
    El último momento es el de menor extensión: en cuatro líneas se concluye la historia volviendo al tiempo presente, se alude a un futuro pretendido por uno y rechazado por la otra y se llega al desenlace con un imperativo que abre nuevamente el sentido para volver a la ambigüedad: “Cálmate y cierra la ventana que me ponen nervioso las sirenas.” (Del Valle 152)
    La frase que da fin a la historia rompe con el ritmo conservado desde un principio, esto podría parecer una falta de congruencia, e incluso un error de verosimilitud, pero resulta todo lo contrario si el relato se entiende como una confesión, es decir, con un uso específico del lenguaje que “[…] es un símbolo o un conjunto de símbolos” (Ruiz 196). El tono desesperado y la reiteración de la palabra pueden funcionar como especie de ritual que busca purgar la culpa, ya que: “Es en el lenguaje de la confesión […] donde el ser humano se reconoce como autor del mal, asume su responsabilidad y, de esta manera, la confesión del mal causado se instala en el mundo de la libertad. Por lo tanto la confesión de la culpa es un camino hacia la libertad, es una toma de conciencia del ser libre.” (Ruiz 196) Entendido en el sentido anterior, el desenlace de la obra podría concebirse como la libertad conseguida después de la confesión, puesto que hay una ruptura con el tono que se había mantenido y la voz se muestra segura, convencida de haber aliviado las culpas.
    Como se mencionaba, la configuración psicológica de los personajes se conoce a partir del narrador protagonista, quien va mostrándose a sí mismo a través de la confesión y lo que ésta implica. En cuanto a Margarita, se le configura a través de la ausencia, de todas las preguntas que no responde y de la actitud reiterativa de ir “de la televisión a la ventana” (Del Valle 151) sin reparar en justificaciones o reclamos; en este caso, podría pensarse en un uso excesivo de la ambigüedad, pero la información acerca del espacio en el que se mueve el personaje es decisiva, ya que funciona apoyando su negatividad y como símbolo del único espacio franqueable, en ese recinto cerrado, para la libertad o el peligro: la ventana abierta. La televisión, que delimita el otro extremo del espacio, puede funcionar, a su vez, como símbolo de la presencia externa, ansiada por Margarita y amenazante para el narrador.
    La configuración psicológica del personaje principal también está referida por medio de símbolos: el de la confesión y la culpa, mencionados anteriormente, y el del espacio principal: la estación de trenes. Según Chevalier, en su Diccionario de símbolos, ésta puede ser entendida como una imagen que “[…] se acompaña generalmente de sentimientos de impotencia, de inseguridad y de inferioridad. El yo se siente impotente para encontrar la vía.” (1014); esto resulta más significativo si se recuerda el sentimiento inicial que lleva al personaje hacia la estación: “[…] quería sentir cómo mi corazón palpitaba con ese silbido, porque hace mucho tiempo que no siento mi corazón, hace mucho tiempo que mi corazón dejó de latir.” (Del Valle 151-52)
    Hasta este punto, la complejidad psicológica del narrador es suficiente para cargar de sentido el texto, pero puede irse aún más a fondo si se observa la transformación del espacio en símbolo de peligro al momento del accidente e, incluso, la transformación misma del personaje que lo provoca. Este cambio no escapa a las posibilidades simbólicas de la estación de trenes, ya que, en algunos casos, “[…] hay precipitación nerviosa (incluso prisa nerviosa), enloquecimiento por falta de posesión y por falta de confianza en uno mismo” (Chevalier 1014); esta característica funciona y apoya la configuración de ambos personajes, con lo que se muestran los puntos convergentes entre espacios, tiempos y personajes dentro del marco simbólico.
    De lo anterior puede concluirse que el cuento proporciona la información necesaria para construir personajes atractivos con una fuerte complejidad psicológica y utiliza la estrategia de la ambigüedad en los espacios precisos negando cualquier tipo de interpretación totalizadora. Es, finalmente, este equilibrio entre recursos lo que mantiene la tensión a lo largo del relato y logra abrir el sentido a una gran cantidad de posibilidades y lecturas.

Bibliografía
Chevalier, Jean. Diccionario de los símbolos. Barcelona: Herder, 1986.
Ruiz Otero, Silvia. Amor, culpa, muerte y redención: hermenéutica de cuatro cuentos mexicanos del siglo XX. (en edición).
Valle, Estrella del. “Estación de tren” en Los mejores cuentos mexicanos. México: Joaquín Motriz, 2003.

Datos de la crítica: Adriana Sánchez Meyer es Licenciada en Literatura Latinoamericana por la Universidad Iberoamericana.



Palabras clave: narrativa mexicana, cuento mexicano, crítica literaria, autores mexicanos, escritores mexicanos, literatura mexicana, hermenéutica, silvia ruiz otero.

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