CUALIDADES METAFÍSICAS, MOMENTOS CULMINANTES Y OPALESCENCIAS
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CUALIDADES METAFÍSICAS, MOMENTOS CULMINANTES Y OPALESCENCIAS

CUALIDADES METAFÍSICAS,
MOMENTOS CULMINANTES Y OPALESCENCIAS
(en “Encuentros”, de Eunice Mier y de la Barrera)
Silvia Ruiz Otero
El mal está pues en otra parte:
sí, en el negro corazón del sujeto.

“Encuentros”, cuento de Eunice Mier y de la Barrera, es un ejemplo de micro-relato bien hecho, equilibrado, con un notable  manejo de la tensión propia del relato breve que pretende golpear al lector y atraparlo.

El final, abierto y brutal, es una muestra magistral de una ambigüedad medida y meditada en la que queda claro que la intención de la autora es dejar a su lector sorprendido y asustado.
Al mismo tiempo, podríamos decir que es un mini-relato que exige una toma de postura con respecto al abuso de mujeres y de niños y que cuestiona las consideraciones sobre la justicia del tipo “Ley de Talión” y la pertinencia de la venganza como  instrumento de equilibrio.
El cuento es mucho más que un relato de denuncia de pederastia o de denuncia de la maldad de un hombre que abusa una y otra vez de su mujer y de su hija, es un ejemplo de texto bien construido en su estructura, rico en su contenido y pulido en la plasmación lingüística que proyecta objetos representados, apenas perfilados, y las vicisitudes de los personajes que son el eje del cuento.
La perversión, la indignación, la tragedia, el odio y la sed de justicia generan una atmósfera sui generis que no puede dejar al lector al margen siendo asépticamente imparcial; los elementos mencionados son los que Roman Ingarden llama “cualidades metafísicas”, difíciles de proyectar en un texto tan breve en el que, además, existen varios momentos culminantes y un final que es una oda a la opalescencia.
Para mejor comprensión de los párrafos anteriores, vamos a entablar un diálogo con el cuento, a la manera de Unamuno quien, en sus Meditaciones del Quijote, hace alarde de una aproximación hermenéutica que se antoja emular.
El primer párrafo del cuento de Mier es:
“¿Y me decías que le contabas un cuento, que le dabas el beso de las buenas noches? Mi ceguera impedía percibir la conjunción de su inocente sábana y tu perverso bulto.” (Siete 29)
Y, así, sin más, un “yo” le echa en cara a un “tú” el haber cometido uno de los más nefandos crímenes que un ser humano pueda cometer: abusar de un menor, de un niño o una niña de quien no sabemos aún su género, pero sí sabemos que está en una edad en la que se le leen cuentos por las noches.
    En seguida, el autorreproche en tono de confesión (porque todo el texto es una confesión, un reproche y una denuncia): “Mi ceguera impedía percibir la conjunción de su inocente sábana y tu perverso bulto.” (Siete 29) Palabras precisas:
•    “la conjunción”: eufemismo que nos permite saber que hay dos factores, dos términos de una relación que se han unido, se han encontrado (primer sentido del título del cuento, “Encuentros”).
•    “inocente sábana”: cada una de estas palabras tiene una fuerte carga: “sábana” nos lleva a tálamo, a lecho, tiene, de suyo, una cierta carga erótica que, cuando se une con la palabra “inocente”, configura una unidad lingüística que adquiere un nuevo sentido que evoca pureza, virginidad, castidad, lo absolutamente limpio y sin mancha. Y, en contraposición a tal positiva carga de sentido, aparecen en la misma unidad de sentido, cerrándola, las palabras “tu perverso bulto”; palabras que no pueden ser más fuertes en cuanto a alegoría del miembro masculino que amenaza y trae en su ser la peor de las maldades, por eso la palabra “perverso” lo dice todo; recordando a Kristeva, podemos decir que:
[…] no es por lo tanto la ausencia de limpieza o de salud lo que vuelve abyecto, sino aquello que perturba una identidad, un sistema, un orden. Aquello que no respeta los límites, los lugares, las reglas. La complicidad, lo ambiguo, lo mixto. El traidor, el mentiroso, el criminal  con la conciencia limpia, el violador desvergonzado, el asesino […] Todo crimen, porque señala la fragilidad de la ley, es abyecto, pero el crimen premeditado, la muerte solapada, la venganza hipócrita lo son aun más porque aumentan esta exhibición de la fragilidad legal. (Kristeva 11)
El segundo párrafo del cuento es más amplio y mucho más explícito; podríamos decir que es el “cuerpo del cuento”, la generosidad de la voz narrativa que nos hace el favor de explicarnos da los lectores por qué está como está y por que hizo lo que hizo. Este párrafo nos lleva de la sospecha a la confirmación de lo más temido; de ahí a las evocaciones de momentos de humillación, de rabia y de deseos de venganza; nos arroja a un campo minado de abusos reiterados y culmina con una toma de decisión: los demonios hasta ahora controlados gracias a las oraciones de la mujer, emergen del fondo de su ser de madre que, al confirmar lo que ha estado pasando entre su pareja y la hija de ambos, decide llevar a cabo un rito que, gracias al notable manejo de la opalescencia, adivinamos terrible.
Es pertinente hacer una breve reflexión sobre la opalescencia en el sentido ingardiano:
     Contra lo que podríamos suponer, un conjunto de oraciones que “cause” un correlato intencional opaco, ambiguo, opalescente, es mucho mejor que uno que provoque un correlato nítido, exacto, completamente acabado (por supuesto, estoy hablando hipotéticamente porque no existe un correlato así); en fin, un correlato intencional opaco ambiguo tiene muchas más posibilidades en cuanto a una verdadera comprehensión de la obra de arte literaria; su ser opaco, su opalescencia, hace que se difunda la luz (no importa si es poca o mucha) y se desdibujen las sombras; diría yo que se aprovecha la luz a grado máximo porque se difumina, se dispara hacia todos los rincones, haciendo de la obra de arte literaria una pequeña o gran joya bien pulida en la que el sentido se refracta y se multiplica de manera fascinante y asombrosa.
     Y así como cada uno de nosotros agradece la claridad, la delimitación precisa de las fronteras de su actuación en la vida cotidiana, así también, tratándose de la obra literaria, como lectores buscamos, esperamos y agradecemos lo contrario; no el caos, pero sí los límites difusos; no la oscuridad total, pero sí el claroscuro que nos regala las fronteras imprecisas, la posibilidad de multiplicar las luces y los sentidos.
    Ahora, escuchemos a Mier y de la Barrera:
La alcoba se destaja de tu olor tan servil, de la miseria de tus ojos sobre ella y la amenaza de tu voz en su frente, en sus pechos, en la hondura de sus labios internos. No lo sabía; lo descubrí en la noche cuando sostuviste en tus manos mi pávido rostro y rozaste tus dedos por mi mejilla, mi nariz, mi boca; olían a fluidos, ¿fluidos?, ¿de quién, de cuándo? Este día no has tocado con tu acostumbrada brutalidad mi vagina, mis morados senos ni mis desgarrados muslos. Sólo me has besado la espalda, la nuca y me has penetrado nuevamente como animal, por atrás, sin ver las lágrimas que me avergüenzan, sin observar cómo el deseo de venganza me asfixia. Y el odio tan intenso, el miedo, la sumisión, me gritan; me asustan. Pero eso que tú has hecho provoca el más temible hervor en mi sangre, hace que los demonios que se han mantenido en calma por el rezo diario, salgan, me golpeen, me obliguen a realizar un rito que jamás olvidarás, que hará que tu frente se arrugue y tus entrañas exploten. (Siete 29)
    Deshojemos el párrafo:
La percepción que la protagonista tiene de su hombre están plasmados en palabras como:
•    “La alcoba se destaja de tu olor tan servil”: las dos palabras más fuertes: destaja (porque él destaja, él rasga, él desbarata lo que toca incluso con su olor) y servil (que, en este caso, apela a su acepción de bajeza y vileza) contrastan con la palabra alcoba (lo más intimo y lo más sagrado en un matrimonio, el espacio de los encuentros íntimos que se esperan generalmente gratos y eróticamente satisfactorios). Nuevamente están los “encuentros” de conceptos e imágenes que, al unirse, generan escenarios distintos y chocantes.
•    “la miseria de tus ojos […] la amenaza de tu voz […]”,  porque los ojos de un ser humano se vuelven miserables cuando se posan con lujuria sobre un inocente que, con la sola mirada es mancillado y, en ese acto, el que mira se torna el más miserable de entre los miserables, el más sucio y el más perverso porque, al tocar lo prohibido, se pervierte y pervierte, se torna abyecto al instalarse en la abyección.
Kristeva afirma que la abyección es “Un ‘algo’ que no reconozco como cosa. Un peso de no sentido que no tiene nada de insignificante y que me aplasta. En el linde de la inexistencia y de la alucinación de una realidad que, si reconozco, me aniquila. Lo abyecto y la abyección son aquí mis barreras. Esbozos de mi cultura.” (Kristeva 9)
•    “Este día no has tocado con tu acostumbrada brutalidad mi vagina, mis morados senos ni mis desgarrados muslos.” Con escasas dieciocho palabras la protagonista nos deja ver cómo ha sido sometida sexualmente de manera sistemática: “con tu acostumbrada brutalidad” nos deja ver todo; la palabra “vagina” no deja lugar a dudas: ella está hablando de abuso sexual.
•    “me has penetrado nuevamente como animal, por atrás […]” no sabemos cuál palabra nos pesa más, quizá, dentro de todo, sea la palabra “nuevamente” la que más nos altere porque hay una mujer que confiesa que es regularmente sodomizada.
•    “eso que tú has hecho provoca el más temible hervor en mi sangre […]” La narradora es consciente del efecto que ha producido en ella el descubrimiento de una verdad que rebasa, por mucho, el dolor del mancillamiento cotidiano, las palabras “el más temible hervor en mi sangre” hablan de un sentimiento destructivo que ya no se puede contener, que la asusta a ella misma y que, al ser hervor de sangre, escapa de cualquier control racional, porque cuando la sangre hierve se ha llegado al límite de lo tolerable.
Por otro lado, están las palabras rotundas que nos dejan ver que ya hubo un doloroso proceso, un sufrimiento que lleva a una toma de decisión que ya, de manera irremediable, se ejecutó. El proceso interior es nítido: “[…] las lágrimas que me avergüenzan […]el deseo de venganza me asfixia […]Y el odio tan intenso, el miedo, la sumisión, me gritan; me asustan […]” (Siete 29) Todos esos sentimientos negativos se agolpan en el interior de la protagonista, quien ya no puede seguir controlando sus demonios interiores porque él ha manchado la inocencia de su hija, ¿cómo hacerle pagar?, ¿de qué forma compensar tal falta? Ella es rotunda: “[…] los demonios que se han mantenido en calma por el rezo diario, salgan, me golpeen […] me obliguen a realizar un rito que jamás olvidarás, que hará que tu frente se arrugue y tus entrañas exploten.” (Siete 29) Sus demonios la obligan a realizar un rito, porque toda culpa exige un rito de expiación, lo que nos confirma el tono de confesión del relato. Primero la confesión: yo te confieso a ti que te he hecho daño, yo llevé a cabo un rito de expiación por tus faltas, por tus abyecciones y por mis cegueras y mi estúpido aguante. Mas no se trata de cualquier rito, se trata de un rito que no limpia culpas, sino que equilibra heridas; se trata de un rito que no purifica, sino que condena y hará que le exploten las entrañas al infeliz que destajó las entrañas de la hija. ¿De qué rito está hablando? Aquí empieza a resplandecer la opalescencia del cuento, se acerca el final y estamos delante de algo terrible, lo presentimos, pero no lo podemos ver con nitidez.
    El final es una sinfonía de ambigüedades que alimenta la opalescencia hasta llevarnos a un cierre que no cierra nada, que no quisiéramos que cerrara y por eso, con toda cortesía, Mier y de la Barrera nos deja las puertas abiertas y un amplio y siniestro horizonte por delante: “Por eso me llevé a nuestra hija, y a tu hijo también.” (Siete 29)
    Aquí hay una nueva luz en medio de la ambigüedad: la hija abusada es de los dos, el hijo es sólo de él. La opalescencia que genera una atmósfera de tragedia emerge de las palabras: “Por eso me llevé […]”… Eso es lo terrible: “me llevé”. Se los llevó a los dos, ¿a dónde?, ¿para qué?
    Se resuelve el relato con una no-resolución que es, más bien, una sentencia:
        “A nosotras jamás nos volverás a ver; a tu hijo… a tu hijo quizá lo encuentres. Quizá, si buscas bien.” (Siete 30)
¿Estamos ante una nueva Medea que castiga echando mano de los hijos como armas de venganza?, ¿estamos ante un Jasón condenado a la soledad y a la angustia de no saber qué paso con su hijo? Lo fatal, lo lapidario son las últimas palabras: “Quizá, si buscas bien.” ¿Qué hizo con el hijo?, ¿qué le hizo al hijo que sea comparable o más terrible que lo que su hija padeció? No lo sabemos. De una cosa sí podemos estar seguros, Medea no se tocó el corazón.
Bibliografía
•    Ingarden, Roman. La obra de arte literaria. México: Taurus/Universidad Iberoamericana, 1986.
•    Kristeva, Julia. Poderes de la perversión. México: Siglo XXI, 1988.
•    Mier y de la Barrera, Eunice. “Encuentros” en Siete de setenta. México: Themis, 2002, pag. 29-30.
•    Piglia, Ricardo. “Tesis sobre el cuento” en Zavala, Lauro. Teorías del cuento 1: Teorías de los cuentistas. México: UNAM, 1995.
•    Quiroga, Horacio. “Microteorías y decálogos” en Zavala, Lauro. Teorías del cuento 1: Teorías de los cuentistas. México: UNAM, 1995.
•    Ricoeur, Paul. Finitud y culpabilidad. Madrid: Taurus, 1986.
•    Sichere, Bernard. Historias del mal. Barcelona: Gedisa, 1997.

CUALIDADES METAFÍSICAS, MOMENTOS CULMINANTES Y OPALESCENCIAS

CUALIDADES METAFÍSICAS,
MOMENTOS CULMINANTES Y OPALESCENCIAS
(en “Encuentros”, de Eunice Mier y de la Barrera)
Silvia Ruiz Otero
El mal está pues en otra parte:
sí, en el negro corazón del sujeto.

“Encuentros”, cuento de Eunice Mier y de la Barrera, es un ejemplo de micro-relato bien hecho, equilibrado, con un notable  manejo de la tensión propia del relato breve que pretende golpear al lector y atraparlo.

El final, abierto y brutal, es una muestra magistral de una ambigüedad medida y meditada en la que queda claro que la intención de la autora es dejar a su lector sorprendido y asustado.
Al mismo tiempo, podríamos decir que es un mini-relato que exige una toma de postura con respecto al abuso de mujeres y de niños y que cuestiona las consideraciones sobre la justicia del tipo “Ley de Talión” y la pertinencia de la venganza como  instrumento de equilibrio.
El cuento es mucho más que un relato de denuncia de pederastia o de denuncia de la maldad de un hombre que abusa una y otra vez de su mujer y de su hija, es un ejemplo de texto bien construido en su estructura, rico en su contenido y pulido en la plasmación lingüística que proyecta objetos representados, apenas perfilados, y las vicisitudes de los personajes que son el eje del cuento.
La perversión, la indignación, la tragedia, el odio y la sed de justicia generan una atmósfera sui generis que no puede dejar al lector al margen siendo asépticamente imparcial; los elementos mencionados son los que Roman Ingarden llama “cualidades metafísicas”, difíciles de proyectar en un texto tan breve en el que, además, existen varios momentos culminantes y un final que es una oda a la opalescencia.
Para mejor comprensión de los párrafos anteriores, vamos a entablar un diálogo con el cuento, a la manera de Unamuno quien, en sus Meditaciones del Quijote, hace alarde de una aproximación hermenéutica que se antoja emular.
El primer párrafo del cuento de Mier es:
“¿Y me decías que le contabas un cuento, que le dabas el beso de las buenas noches? Mi ceguera impedía percibir la conjunción de su inocente sábana y tu perverso bulto.” (Siete 29)
Y, así, sin más, un “yo” le echa en cara a un “tú” el haber cometido uno de los más nefandos crímenes que un ser humano pueda cometer: abusar de un menor, de un niño o una niña de quien no sabemos aún su género, pero sí sabemos que está en una edad en la que se le leen cuentos por las noches.
    En seguida, el autorreproche en tono de confesión (porque todo el texto es una confesión, un reproche y una denuncia): “Mi ceguera impedía percibir la conjunción de su inocente sábana y tu perverso bulto.” (Siete 29) Palabras precisas:
•    “la conjunción”: eufemismo que nos permite saber que hay dos factores, dos términos de una relación que se han unido, se han encontrado (primer sentido del título del cuento, “Encuentros”).
•    “inocente sábana”: cada una de estas palabras tiene una fuerte carga: “sábana” nos lleva a tálamo, a lecho, tiene, de suyo, una cierta carga erótica que, cuando se une con la palabra “inocente”, configura una unidad lingüística que adquiere un nuevo sentido que evoca pureza, virginidad, castidad, lo absolutamente limpio y sin mancha. Y, en contraposición a tal positiva carga de sentido, aparecen en la misma unidad de sentido, cerrándola, las palabras “tu perverso bulto”; palabras que no pueden ser más fuertes en cuanto a alegoría del miembro masculino que amenaza y trae en su ser la peor de las maldades, por eso la palabra “perverso” lo dice todo; recordando a Kristeva, podemos decir que:
[…] no es por lo tanto la ausencia de limpieza o de salud lo que vuelve abyecto, sino aquello que perturba una identidad, un sistema, un orden. Aquello que no respeta los límites, los lugares, las reglas. La complicidad, lo ambiguo, lo mixto. El traidor, el mentiroso, el criminal  con la conciencia limpia, el violador desvergonzado, el asesino […] Todo crimen, porque señala la fragilidad de la ley, es abyecto, pero el crimen premeditado, la muerte solapada, la venganza hipócrita lo son aun más porque aumentan esta exhibición de la fragilidad legal. (Kristeva 11)
El segundo párrafo del cuento es más amplio y mucho más explícito; podríamos decir que es el “cuerpo del cuento”, la generosidad de la voz narrativa que nos hace el favor de explicarnos da los lectores por qué está como está y por que hizo lo que hizo. Este párrafo nos lleva de la sospecha a la confirmación de lo más temido; de ahí a las evocaciones de momentos de humillación, de rabia y de deseos de venganza; nos arroja a un campo minado de abusos reiterados y culmina con una toma de decisión: los demonios hasta ahora controlados gracias a las oraciones de la mujer, emergen del fondo de su ser de madre que, al confirmar lo que ha estado pasando entre su pareja y la hija de ambos, decide llevar a cabo un rito que, gracias al notable manejo de la opalescencia, adivinamos terrible.
Es pertinente hacer una breve reflexión sobre la opalescencia en el sentido ingardiano:
     Contra lo que podríamos suponer, un conjunto de oraciones que “cause” un correlato intencional opaco, ambiguo, opalescente, es mucho mejor que uno que provoque un correlato nítido, exacto, completamente acabado (por supuesto, estoy hablando hipotéticamente porque no existe un correlato así); en fin, un correlato intencional opaco ambiguo tiene muchas más posibilidades en cuanto a una verdadera comprehensión de la obra de arte literaria; su ser opaco, su opalescencia, hace que se difunda la luz (no importa si es poca o mucha) y se desdibujen las sombras; diría yo que se aprovecha la luz a grado máximo porque se difumina, se dispara hacia todos los rincones, haciendo de la obra de arte literaria una pequeña o gran joya bien pulida en la que el sentido se refracta y se multiplica de manera fascinante y asombrosa.
     Y así como cada uno de nosotros agradece la claridad, la delimitación precisa de las fronteras de su actuación en la vida cotidiana, así también, tratándose de la obra literaria, como lectores buscamos, esperamos y agradecemos lo contrario; no el caos, pero sí los límites difusos; no la oscuridad total, pero sí el claroscuro que nos regala las fronteras imprecisas, la posibilidad de multiplicar las luces y los sentidos.
    Ahora, escuchemos a Mier y de la Barrera:
La alcoba se destaja de tu olor tan servil, de la miseria de tus ojos sobre ella y la amenaza de tu voz en su frente, en sus pechos, en la hondura de sus labios internos. No lo sabía; lo descubrí en la noche cuando sostuviste en tus manos mi pávido rostro y rozaste tus dedos por mi mejilla, mi nariz, mi boca; olían a fluidos, ¿fluidos?, ¿de quién, de cuándo? Este día no has tocado con tu acostumbrada brutalidad mi vagina, mis morados senos ni mis desgarrados muslos. Sólo me has besado la espalda, la nuca y me has penetrado nuevamente como animal, por atrás, sin ver las lágrimas que me avergüenzan, sin observar cómo el deseo de venganza me asfixia. Y el odio tan intenso, el miedo, la sumisión, me gritan; me asustan. Pero eso que tú has hecho provoca el más temible hervor en mi sangre, hace que los demonios que se han mantenido en calma por el rezo diario, salgan, me golpeen, me obliguen a realizar un rito que jamás olvidarás, que hará que tu frente se arrugue y tus entrañas exploten. (Siete 29)
    Deshojemos el párrafo:
La percepción que la protagonista tiene de su hombre están plasmados en palabras como:
•    “La alcoba se destaja de tu olor tan servil”: las dos palabras más fuertes: destaja (porque él destaja, él rasga, él desbarata lo que toca incluso con su olor) y servil (que, en este caso, apela a su acepción de bajeza y vileza) contrastan con la palabra alcoba (lo más intimo y lo más sagrado en un matrimonio, el espacio de los encuentros íntimos que se esperan generalmente gratos y eróticamente satisfactorios). Nuevamente están los “encuentros” de conceptos e imágenes que, al unirse, generan escenarios distintos y chocantes.
•    “la miseria de tus ojos […] la amenaza de tu voz […]”,  porque los ojos de un ser humano se vuelven miserables cuando se posan con lujuria sobre un inocente que, con la sola mirada es mancillado y, en ese acto, el que mira se torna el más miserable de entre los miserables, el más sucio y el más perverso porque, al tocar lo prohibido, se pervierte y pervierte, se torna abyecto al instalarse en la abyección.
Kristeva afirma que la abyección es “Un ‘algo’ que no reconozco como cosa. Un peso de no sentido que no tiene nada de insignificante y que me aplasta. En el linde de la inexistencia y de la alucinación de una realidad que, si reconozco, me aniquila. Lo abyecto y la abyección son aquí mis barreras. Esbozos de mi cultura.” (Kristeva 9)
•    “Este día no has tocado con tu acostumbrada brutalidad mi vagina, mis morados senos ni mis desgarrados muslos.” Con escasas dieciocho palabras la protagonista nos deja ver cómo ha sido sometida sexualmente de manera sistemática: “con tu acostumbrada brutalidad” nos deja ver todo; la palabra “vagina” no deja lugar a dudas: ella está hablando de abuso sexual.
•    “me has penetrado nuevamente como animal, por atrás […]” no sabemos cuál palabra nos pesa más, quizá, dentro de todo, sea la palabra “nuevamente” la que más nos altere porque hay una mujer que confiesa que es regularmente sodomizada.
•    “eso que tú has hecho provoca el más temible hervor en mi sangre […]” La narradora es consciente del efecto que ha producido en ella el descubrimiento de una verdad que rebasa, por mucho, el dolor del mancillamiento cotidiano, las palabras “el más temible hervor en mi sangre” hablan de un sentimiento destructivo que ya no se puede contener, que la asusta a ella misma y que, al ser hervor de sangre, escapa de cualquier control racional, porque cuando la sangre hierve se ha llegado al límite de lo tolerable.
Por otro lado, están las palabras rotundas que nos dejan ver que ya hubo un doloroso proceso, un sufrimiento que lleva a una toma de decisión que ya, de manera irremediable, se ejecutó. El proceso interior es nítido: “[…] las lágrimas que me avergüenzan […]el deseo de venganza me asfixia […]Y el odio tan intenso, el miedo, la sumisión, me gritan; me asustan […]” (Siete 29) Todos esos sentimientos negativos se agolpan en el interior de la protagonista, quien ya no puede seguir controlando sus demonios interiores porque él ha manchado la inocencia de su hija, ¿cómo hacerle pagar?, ¿de qué forma compensar tal falta? Ella es rotunda: “[…] los demonios que se han mantenido en calma por el rezo diario, salgan, me golpeen […] me obliguen a realizar un rito que jamás olvidarás, que hará que tu frente se arrugue y tus entrañas exploten.” (Siete 29) Sus demonios la obligan a realizar un rito, porque toda culpa exige un rito de expiación, lo que nos confirma el tono de confesión del relato. Primero la confesión: yo te confieso a ti que te he hecho daño, yo llevé a cabo un rito de expiación por tus faltas, por tus abyecciones y por mis cegueras y mi estúpido aguante. Mas no se trata de cualquier rito, se trata de un rito que no limpia culpas, sino que equilibra heridas; se trata de un rito que no purifica, sino que condena y hará que le exploten las entrañas al infeliz que destajó las entrañas de la hija. ¿De qué rito está hablando? Aquí empieza a resplandecer la opalescencia del cuento, se acerca el final y estamos delante de algo terrible, lo presentimos, pero no lo podemos ver con nitidez.
    El final es una sinfonía de ambigüedades que alimenta la opalescencia hasta llevarnos a un cierre que no cierra nada, que no quisiéramos que cerrara y por eso, con toda cortesía, Mier y de la Barrera nos deja las puertas abiertas y un amplio y siniestro horizonte por delante: “Por eso me llevé a nuestra hija, y a tu hijo también.” (Siete 29)
    Aquí hay una nueva luz en medio de la ambigüedad: la hija abusada es de los dos, el hijo es sólo de él. La opalescencia que genera una atmósfera de tragedia emerge de las palabras: “Por eso me llevé […]”… Eso es lo terrible: “me llevé”. Se los llevó a los dos, ¿a dónde?, ¿para qué?
    Se resuelve el relato con una no-resolución que es, más bien, una sentencia:
        “A nosotras jamás nos volverás a ver; a tu hijo… a tu hijo quizá lo encuentres. Quizá, si buscas bien.” (Siete 30)
¿Estamos ante una nueva Medea que castiga echando mano de los hijos como armas de venganza?, ¿estamos ante un Jasón condenado a la soledad y a la angustia de no saber qué paso con su hijo? Lo fatal, lo lapidario son las últimas palabras: “Quizá, si buscas bien.” ¿Qué hizo con el hijo?, ¿qué le hizo al hijo que sea comparable o más terrible que lo que su hija padeció? No lo sabemos. De una cosa sí podemos estar seguros, Medea no se tocó el corazón.
Bibliografía
•    Ingarden, Roman. La obra de arte literaria. México: Taurus/Universidad Iberoamericana, 1986.
•    Kristeva, Julia. Poderes de la perversión. México: Siglo XXI, 1988.
•    Mier y de la Barrera, Eunice. “Encuentros” en Siete de setenta. México: Themis, 2002, pag. 29-30.
•    Piglia, Ricardo. “Tesis sobre el cuento” en Zavala, Lauro. Teorías del cuento 1: Teorías de los cuentistas. México: UNAM, 1995.
•    Quiroga, Horacio. “Microteorías y decálogos” en Zavala, Lauro. Teorías del cuento 1: Teorías de los cuentistas. México: UNAM, 1995.
•    Ricoeur, Paul. Finitud y culpabilidad. Madrid: Taurus, 1986.
•    Sichere, Bernard. Historias del mal. Barcelona: Gedisa, 1997.

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