Critica de la nueva narrativa Mexicana

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LA VIDA ES UNA MONTAÑA RUSA (O LO QUE LE PASA A UNA MAMÁ CUANDO SE SUBE A UN TOBOGÁN)

LA VIDA ES UNA MONTAÑA RUSA
(O LO QUE LE PASA A UNA MAMÁ CUANDO SE SUBE A UN TOBOGÁN)
por Silvia Ruiz Otero

Narradora protagonista: una mujer… Situación general: indecisión y tensión... Descripción: Ella está en la cima de un tobogán y vive un proceso interior que se plasma en el texto a manera de monólogo interior; se ha subido a un tobogán y no sabe qué hacer: si volver sobre sus pasos o lanzarse cuesta abajo como hacen todos los demás. Sentimientos: siente temor, experimenta angustia y se siente presionada.

La mujer se siente angustiada, insegura, indecisa; su indecisión la lleva a tomar conciencia plena de la situación: está arriba y tiene que bajar (ya lo dijo Aristóteles), pero, ¿cómo bajar? Está ante una situación que no es cotidiana, es más, es una situación que no tiene nada que ver con ella, el lector se pregunta: ¿de verdad no tiene que ver con ella? Gaston Bachelard, el gran fenomenólogo psicocrítico, diría: “¡Qué concreta es esta coexistencia de las cosas en un espacio que nosotros duplicamos [espacio exterior y espacio interior] por la consciencia de nuestra existencia!” (Bachelard 241)
Y, entonces el lector, irremediablemente, entiende que el tobogán bien puede ser una alegoría, aunque la protagonista aún no lo sepa. Es fácil pensar en un tobogán como alegoría de la vida, ¿no nos han dicho que la vida es una auténtica montaña rusa?; pues bien, a nuestra protagonista la encontramos en la cresta de una ola inmóvil de la que sólo se puede salir por voluntad propia, ¿se le puede decir que no a la vida?, ¿podemos echarnos para atrás por miedo, podemos dejar de estar en la cresta de una ola?
Lo peor de todo es que la gente la mira, su familia la mira, la empleada del tobogán la mira, parece que todos esperan su decisión. Claro, todo en ella es tensión, toda ella está alerta, atenta a sí misma y a su vacilación.
Hay una buena forma de evadir un momento así: negar el presente y, por comparación, llegar al pasado de la infancia, a aquellos momentos en los que estamos seguros y protegidos, momentos en los que alguien, más grande, más fuerte, más poderoso y más confiable tomaba las decisiones por nosotros: el padre (¡viva Freud!). Gastón Bachelard comenta a este respecto, y con razón, que “Son las potencias del inconsciente quienes fijan los recuerdos más lejanos.” (Bachelard 47)
En cambio, ahora, de adulta, todo en ella es conflicto: le pesa su propia indecisión y le pesan los comentarios ajenos, no puede negarlo, sí le importa lo que digan los demás y sabe que está quedando mal, que no está actuando como esperaban. La tensión crece a cada momento y el cuento “El tobogán” se desarrolla paradójicamente desde el estatismo espacial de la protagonista, quien ni siquiera se da cuenta de la importancia que tiene el estar ubicada en un lugar lo suficientemente alto como para tener una amplia visión del mundo y desde sus revoluciones interiores: ella está inmersa en su cambiante mundo interior que no es precisamente un ejemplo de nitidez. Por eso la tensión crece oración tras oración y  párrafo tras párrafo; porque “El juego del exterior y de. la intimidad no es, en el reino de las imágenes, un juego equilibrado.” (Bachelard 28)
Por otro lado, la sensación de la narradora protagonista de estar tan desprotegida se acentúa al tomar conciencia de que no cuenta sino con un costal usado como instrumento de protección. El elemento del costal y, en general, cada una de las situaciones descritas en el cuento son, aparentemente, una mera descripción “realista” de un momento bochornoso en la vida de una mujer, pero no es así, Anderson Imbert nos recuerda que:
Y cuando no recurrimos a la invención para emanciparnos de la realidad sino que, en nombre del realismo más extremo, resolvemos reproducir las cosas tal como son, nuestro sometimiento no es absoluto: seguimos seleccionando con criterio estético. En el fondo la intención es fantasear, imaginar, crear. (Anderson 12)
Pues bien, ante la indecisión, las cosas se pueden hacer poco a poco: tomar el costal y resbalar sólo un tramo, esto es, tomar una “pequeña” decisión. Ya queda claro que el tobogán es ella misma, es su propia vida sobre la que se lanza temerosamente y muerta de miedo; se introduce en el costal como, al parecer, se ha introducido a su propia vida. El costal empieza a ser, también, una alegoría.
¿De verdad este cuento de Garcés, “El tobogán”, tiene como intención ser una gran alegoría? No lo sé, lo que sí sé es que es inevitable ir más allá de la anécdota y que, si no intencionadamente, sí intencionalmente, Garcés nos ofrece un cuento que es una oda a la indecisión y que logra transmitir la angustia y el temor, me atrevo a decir existenciales, de una persona ante una toma de decisión que no puede ser aplazada indeterminadamente. La vida como tobogán, nuestra vida interior como un tobogán, nuestras decisiones como toboganes… claro como el agua ¿no?
Así, lanzarse o no a la existencia es un gran momento de decisión. Pero, la toma de una decisión no es algo instantáneo, es un proceso y tiene pasos, etapas, niveles, como un tobogán.
Si hiciéramos una descripción fenomenológica de un acto libre,  tendríamos que decir que, por encima de todo, para que haya acto libre, se requiere cierto nivel de conciencia pues, de lo contrario, el acto no sólo no sería libre sino que, lógicamente, tampoco acarrearía responsabilidad alguna. Sabemos que todo acto libre conlleva responsabilidad y que, en la medida en que nuestra conciencia es más lúcida, en esa medida crecerá nuestro nivel de responsabilidad. ¿Hasta dónde es consciente nuestra protagonista?, ¿hasta dónde su miedo está en el querer asumir o no la responsabilidad de su decisión? Evidentemente, está en una encrucijada porque, se lance o no se lance del tobogán, será responsable de tomar una u otra opción y, lo que es peor, será responsable de las consecuencias de su decisión. Me parece que, ahora sí, entendemos que su angustia tiene bases y es algo más que un simple miedo a las alturas.
Si seguimos haciendo la descripción fenomenológica, nos toparemos con el hecho innegable de que todo acto libre es digno de mérito o de demérito. Lo sabemos desde que empezamos a tener una infantil conciencia: me aplauden por unas cosas y recibo reprimendas por otras. Golpes o caricias, premios o castigos, medallas o marginación, cualquiera de estas cosas, pero, ante un acto libre, nunca recibimos indiferencia pues, aun en la soledad, estamos nosotros mismos para aprobarnos o reprobarnos: como prueba, ahí está el fenómeno psicológico-moral del arrepentimiento, señal inequívoca de que sabemos que tomamos por el camino equivocado pudiendo haber tomado otro (¡Viva Kant y viva Freud!).
Continuemos con el ejercicio fenomenológico: todo acto libre  nos desnuda. Los actos libres manifiestan nuestro verdadero ser. Si tomamos una decisión, no importa lo que digamos ni lo que defendamos, la realidad se impone: optamos por A y no por B y eso lo saben los demás o, por lo menos, lo sabemos nosotros, no hay manera de ocultarlo. A través de nuestras decisiones “enseñamos el cobre” del que estamos hechos.
Asimismo, tendremos que hacer notar que, para que haya un acto libre se necesita que existan, por lo menos, dos opciones. En el caso de “El tobogán” la protagonista sabe que tiene la opción de lanzarse por el tobogán hasta llegar abajo (arriesgar) o bajar por las escaleras (evadir). “Las evasiones más dinámicas se efectúan a partir del ser comprimido.” (Bachelard 147)
La situación de la protagonista no puede ser más clara: su cuerpo no responde como debería, está en una especie de atónita actitud que la clava en el momento presente que se hace más y más evidente en la medida en que ella trata de salir de tal situación. Ahí no hay distractores, en la soledad de su cima nada pasa que no sea lo que “le” pasa a ella. Lo único que ella posee es su espacio, el espacio que ocupa en esos momentos y que la tiene adherida como con un imán. Sin embargo, haciendo malabarismos mentales, trata de atender su entorno, se pone tan alerta como quien otea al enemigo antes de una batalla, sólo que la batalla es contra ella misma, aunque todavía no lo quiere reconocer. Así, piensa en sus hijos, en los otros niños, e, incluso, atiende a sus sentidos: percibe el mal olor del costal que le asignaron y oye los gritos de la gente. Su mente va de la memoria al presente y del presente a la imaginación en un ejercicio secuencial que le permite alargar el tiempo de manera inconsciente y postergar la decisión. Este mecanismo de postergación será una constante en el cuento. Esto lo sabemos porque lo proyectan claramente las llamadas por Roman Ingarden “unidades de sentido”, tendríamos que señalar que la fuerza del sentido recae en las funciones adjetivales y  adverbiales: “de pronto”, “mientras”, “junto a mí”, “sin más”, “como si nada”, “así de fácil”, “claro que jamás”, “pero bueno”,” muy distinto”, “al que por cierto”...
    Pero, no pensemos que la mujer no reacciona ante tanta tensión: el primer nivel se ve fácil y, así, se lanza. El problema real surge cuando el costal se detiene en el borde, a punto de deslizarse sobre el segundo nivel, porque es entonces cuando se le ocurre ver hacia abajo. Así, ya ha dado un paso: se lanzó, pero no más allá del primer nivel; y es que el siguiente nivel es más empinado, causa más miedo: “[…] la panza se me hizo chiquita […]” (Siete 80); su cuerpo entero reacciona: se siente rígida y sin posibilidad de movimiento ante el vacío que tiene delante. Si acaso, el movimiento natural es el de ir hacia atrás, evadir el peligro. Hagamos aquí algunas consideraciones en torno al miedo.
Bachelard considera que:
El miedo no viene del exterior. Tampoco se compone de viejos recuerdos. No tiene pasado. Tampoco tiene fisiología. No tiene nada en común con la filosofía del aliento entrecortado. El miedo es aquí el ser mismo. Entonces, ¿dónde huir, dónde refugiarse? ¿A qué afuera podríamos huir? ¿En qué asilo podríamos refugiarnos? El espacio no es más que un “horrible afuera-adentro.” (Bachelard 257)
Los escolásticos hablaban de ciertos movimientos del alma, distintos de la voluntad (apetito racional), llamados “pasiones” o “apetitos irracionales” o “sensibles”. Me parece sumamente útil en este momento considerar estas nociones porque tales movimientos irracionales o pasiones surgen de manera inmediata ante un objeto sensible determinado, es decir, ante un objeto que es percibido por nuestros sentidos externos, que es el caso de la protagonista de “El tobogán”.
En el caso de las llamadas pasiones, se habla de cómo actuamos ante objetos que nos parecen buenos o malos (desde luego, desde una personal percepción) y de cómo reaccionamos involuntariamente ante ellos. Así, por ejemplo, ante un objeto que nos parece bueno y vemos como posible de alcanzar, surge una pasión llamada esperanza (que no debemos confundir con la esperanza teologal); y, ante un objeto que nos parece malo y que es posible que nos alcance, podemos actuar de dos formas: o bien con ira (pasión que se refiere a un cierto coraje de ánimo), o bien con temor.
La ira y el temor son reacciones ante un objeto malo que percibimos como amenazante o ante un mal que ya tenemos encima. La ira nos lleva a repeler al objeto malo con coraje, enfrentándolo con fuerza para evitar que nos doblegue y nos venza; mientras que el temor nos lleva a evadir al objeto malo, a huir de él de tal forma que evitemos el enfrentamiento. Ambas reacciones, como todas las pasiones, son amorales, son reacciones naturales, involuntarias y, por lo tanto, sin ejercicio de libertad; por lo tanto, son reacciones “sanas” y “humanas” y, por lo mismo, no conllevan responsabilidad alguna (a menos que nos dejemos llevar por ellas de forma desordenada, pues, entonces, incurriríamos en una conducta viciosa).
En el caso de nuestra protagonista, la encontramos en una situación que es inusual y es amenazante (por desconocida), lo que hace que sea percibida como algo malo para ella. El tobogán, pues, representa un mal en el que inevitablemente ya está instalada y que, además, la obliga a optar por otro mal (el vacío) que resulta todavía más amenazante. ¿Cuáles alternativas tiene la protagonista, desde el punto de vista de las pasiones? Si seguimos a los escolásticos, sólo tiene dos formas posibles de reaccionar: con ira o con temor.
Es un hecho que ella no reacciona con ira, puesto que no vemos que tome decisiones de enfrentamiento o asuma suficiente coraje como para lanzarse de una vez por el tobogán hasta llegar abajo; más bien, la vemos reaccionando con miedo, con ganas de evadir la situación y sopesando las posibilidades de huida.
Hasta aquí, su reacción ante el mal sería normal, natural pero, el hecho de dejarse llevar por ese miedo sí la llevaría a una posición  de cobardía (vicio que, según los medievales, se presenta cuando dejamos que el temor controle nuestras acciones).
Y, sin embargo, vemos a esa mujer tomando una discreta decisión: se lanza hasta el primer nivel; en ese momento, indudablemente, reina la ira y la infunde de coraje para saltar, ¿qué la mueve?: la esperanza de encontrar una salida, una vía de escape, con lo que se coloca, nuevamente, en el terreno del temor. ¿Estamos, entonces, delante de un personaje que se define como cobarde? Aparentemente sí, al menos, esa es la apreciación que ella tiene de sí misma. Lo prueba el hecho de echarse hacia atrás en lugar de seguir avanzando puesto que se encuentra delante de un vacío que la aterra: “Lógicamente al observar aquel tétrico panorama me regrese un poco y me hice a un lado para dejar pasar a los que venían detrás.” (Siete 81) El problema real es ese gran espacio que tiene delante, el espacio que hay entre ella y “lo de abajo” que es la vida real, “su” vida. ¿Acaso no aterra el dejarse llevar por la vida, el deslizarse y dejarse caer hacia la realidad?
Lo peor: hay otros que sí se lanzan y que, incluso, lo disfrutan. Lo mejor para ella: hacerse a un lado y dejarlos pasar (bonita alegoría del dejar pasar la vida); pero, esta solución no basta, no se puede quedar ahí, sola, con su miedo y su incapacidad de optar por la ira.
El temor de la protagonista va más allá de razones y evidencias: la coordinadora del tobogán le asegura que no pasa nada, varios pasan junto a ella deslizándose felices y llegando sanos y salvos al final; sin embargo, nada es suficiente: su miedo la tiene paralizada y le impide tomar una decisión; se instala en un estado de indefinición en medio de una serie de deliberaciones que no llegan a buen puerto:
Pero no lo hice. Era como si algo me jalara de la cintura y no me dejara aventarme.  Además, de verdad que mi cuerpo estaba todo entumido.
    -Ve tú- le dije.
    -Ay mamá –protestó- Que miedosa.
    Y se lanzó.
    Entonces, tengo que aceptar que su comentario me hizo pensar.
-“¡¿Miedo?!... no es miedo…no. ¿O sí? …pero… ¿a qué?...” (Siete 83)
Tal vez, lo más angustiante para ella es no saber, a ciencia cierta, por qué no se avienta, qué le impide dar el paso. Ella sabe que la razón de su parálisis tiene que ver sólo con ella misma y, aun así, no puede lanzarse. Y, ahora, además de su miedo, la hacen sentirse incómoda: está estorbando. A la angustia, ahora se suma la vergüenza.
Aparece una niña que, igual que ella, siente miedo. La niña opta por bajar por las escaleras y, ¿ella? Ella es una adulta de la que se espera otro comportamiento pero,  cómo le gustaría que la trataran como niña, sólo así podría evadir la carga de tener que tomar una decisión.
El tiempo que, de pronto, es un verdugo, puede ser su aliado, si lo usa como un elemento positivo de presión: dos minutos y toma la decisión, no se puede quedar ahí toda la vida, en algún momento cerrarán el parque de diversiones y tendrá que bajar. Nada es eterno, ésta es la única realidad, realidad angustiante y, paradójicamente, esperanzadora. Cuando, en una obra literaria, el tiempo cobra tal importancia que parece que el autor quiere representar intencionadamente su fluir continuo sin espacios de indeterminación, se da  un tiempo que transcurre “lento”, tratando de parecerse lo más posible al tiempo real.
Y: “Así como en la exhibición del espacio siempre habrá un centro de orientación, que puede ser introducido de distintas maneras en el mundo representado, así también, en el tiempo representado habrá análogos ‘puntos-cero’ de orientación y de perspectiva.” (Ingarden 281) En este punto de nuestro cuento, el punto-cero es, indudablemente, la protagonista, se trata de su tiempo, no del nuestro como lectores.
Sin embargo, en el tiempo “real” dentro de la obra literaria, el presente tiene una primacía óntica porque de él dependen el pasado y el futuro y porque, en última instancia, es el que realmente existe, de hecho, el único que existe (Cfr. Ingarden 277-78).
El tiempo, sin embargo, tiene un precio: si se te da, tienes que pagar caro y, en este caso, la protagonista paga con una soledad más radical: está sola en el tobogán y no sabe aún cómo bajar. La soledad duele más cuando vemos que los otros toman con facilidad sus decisiones y no se quedan paralizados a mitad del camino. Cuando esto sucede, nos sentimos diferentes, incomprendidos, ¿defectuosos? Para colmo, a la soledad se le añade la oscuridad, ¿puede haber una imagen más patética que la de una adulta, madre de familia, en un tobogán en medio de la oscuridad y con la espantosa sensación de estar haciendo el ridículo?
A lo largo del relato, y entrelazada con múltiples reflexiones y deliberaciones, está una idea fija que también reclama atención: ¿debe dejar su trabajo?; y, por supuesto, la duda de fondo, ¿por qué no lo dejaba?, ¿por qué no se atrevía?, ¿por qué no se lanzaba? ¿Se trata, nuevamente, de cobardía? El cobarde siempre encuentra justificaciones: “más vale malo, por conocido…”, “para qué buscar si aquí estoy más o menos bien”. Dejar la seguridad de algo, acomodarse y dejarse atrapar por una serie de telas de araña es una forma “tranquila” de vivir. Dejar las cosas como están es la mejor forma de evadir las grandes decisiones, la vida sin subidas y bajadas sólo pide pequeñas e insignificantes decisiones. ¿Estamos, entonces, delante de un personaje que se sumerge en su mediocridad? ¿Garcés quiere retratarnos al personaje mediocre que puede ser una madre de familia trabajadora que motiva a sus hijos “de pico para afuera”?
Cuando estaba abajo abrochando mis zapatos, miré el enorme y solitario tobogán.  No parecía tan algo ni tan imponente como cuando estaba arriba.
    El silencio que de pronto se sintió fue interrumpido por el timbre de mi celular.
    Era de mi trabajo.
    No más de 5 minutos y colgué.
    Si.  Ya había pensado varias veces en dejar aquel trabajo.  Lo podía dejar y eso lo sabía.  Sabía que encontraría uno mejor.  El problema era…
    …¿Por qué no lo dejaba? (Siete 85)
Lo que queda claro es que el personaje se a entrampado en una gran falacia: para ser libre, para tomar decisiones, necesita, por lo menos, de dos opciones; pero, esto no significa que sus únicas opciones sean lanzarse por el tobogán o bajar por la escalera; existe una tercera opción: quedarse en la cima, quieta, sin optar, sin querer optar, lo que es querer no querer optar y, entonces sí tomar una opción: vivir en la permanente incertidumbre de cara al vacío y con la angustia filtrándose hasta su médula. Un final abierto, en este caso, es perfecto.
Afirmamos, pues, con Ricardo Piglia, que: “El cuento se construye para hacer aparecer artificialmente algo que estaba oculto. Reproduce la búsqueda siempre renovada de una experiencia única que nos permita ver, bajo la superficie opaca de la vida, una verdad secreta.” (Piglia 59)
Bibiografía
Anderson Imbert, Enrique. Teoría y técnica del cuento. Barcelona: Ariel, 1999
Bachelard, Gastón, La poética del espacio. México: Fondo de Cultura Económica, 1986.
Garcés Garmendia, Laura P. “El Tobogán” en Siete de setenta. México: Themis, 2002, pag. 79-85.
Ingarden, Roman. La obra de arte literaria. México: Taurus/Universidad Iberoamericana, 1986.
O´Connor Frank. “El cuento es lo más próximo a la poesía” en Zavala, Lauro. Teorías del cuento 1: Teorías de los cuentistas. México: UNAM, 1995.
Piglia, Ricardo. “Tesis sobre el cuento” en Zavala, Lauro. Teorías del cuento 1: Teorías de los cuentistas. México: UNAM, 1995.
Wharton, Edith. “Todo tema contiene su propia extensión” en Zavala, Lauro. Teorías del cuento 1: Teorías de los cuentistas. México: UNAM, 1995.

Derechos Reservados por Crítica de la nueva narrativa mexicana.

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