Critica de la nueva narrativa Mexicana

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EL CUENTO MEXICANO CONTEMPORÁNEO Y SU HERMENÉUTICA DE LA REALIDAD (EN “EL DIARIO DE VIVILÚ”, DE XAVIER VELASCO)

EL CUENTO MEXICANO CONTEMPORÁNEO
Y SU HERMENÉUTICA DE LA REALIDAD
(EN “EL DIARIO DE VIVILÚ”, DE XAVIER VELASCO)
por Silvia Ruiz Otero
Vivilú es una niña que tiene deseos y sueños, como todas las niñas, pero sus deseos y sus sueños son muy especiales. Vivilú sueña lo que haría si fuera una rata. Ella, la niña de la covacha que tiene que convivir con las ratas, que oye sus ronquidos y su respiración y que teme despertarlas, si fuera rata, saldría de su casa, que es como una cárcel y lugar de tormentos.

   Porque la casa de Vivilú es, aparentemente como cualquiera otra: con su cocina, su azotea y su jardín pero, sobre todo, la casa de Vivilú tiene una covacha en la que, además de escobas y cubetas, hay ratas dormilonas.
    Vivilú es la hija constantemente castigada y atormentada, y encerrada en esa covacha. Por eso sueña con ser una rata porque, como rata, podría salir, tener amigas de su tamaño (ya que su única amiga es Betilú, su muñeca) y hacer todo lo que quiere sin que nadie la vea ni la oiga (a las ratas nadie las ve ni las oye cuando salen por las noches). Vivilú es una niña-rata en sus sueños y, como niña-rata, sería una rata buena que no le haría daño a la pobre niña de la covacha.
    Y es que Vivilú sueña con ser rata porque no le gusta lo que es: una niña pequeña a merced del mal humor de la madre, la gran rata, la gran bruja que, a la menor provocación, atormenta a su hija. La madre de Vivilú, Mamilú, es capaz de hacer sentir miedo y hasta terror a su hija a fuerza de amenazas, golpes, gritos y tortura psicológica. La madre de Vivilú goza castigando a su hija. Y a Vivilú no le queda ni el recurso del llanto porque, si llora, será castigada más severamente: “[…] si me oye gemir abre otra vez la puerta y me cachetea […]”.
    Vivilú representa a muchos niños y niñas que viven la violencia intrafamiliar. Y una de las características de este tipo de violencia es que sucede en el seno del hogar, que no sale, que no se grita, que “los demás” no se enteran de lo que pasa dentro de una casa. ¿Quién sabe de los terrores nocturnos, de las cachetadas, de los empujones, del tener que aprender a “llorar sin hacer ruido”? (Todo 159) Hay muchos niños en manos de familiares que no tienen límites para la crueldad. Dice Bernard Sichere:
Creo más fecundo admitir que existe en el seno del ser humano una dimensión de absurdo o de horror y que esa dimensión, según los momentos, retorna en formas cada vez diferentes y singulares según las lagunas y las fisuras del dispositivo dominante que, en cada comunidad, está encargado de canalizarla. (Sichere 132)
    ¿Qué hace una niñita, un niñito que es víctima de una violencia como la que nos presenta el cuento “Diario de Vivilú”, de Xavier Velasco (Ciudad de México, 1964)?
    Empecemos por ubicar al autor en el panorama de la narrativa mexicana:
A mi juicio, Xavier Velasco es uno de los escritores más representativos de lo que Celso Santajuliana llama “la generación de los enterradores”, sin identificarse con el Crack ni con ningún otro movimiento o grupo de la década de los 60, sí refleja las preocupaciones de los escritores de su generación (hablo de “generación” simplemente porque Velasco nació en los 60) y una escritura que bien puede calificarse de “neo-realismo”; por otra parte, la vuelta a la infancia, la narración en primera persona y la hibridación genérica que encontramos en este cuento hablan de Velasco como un escritor claramente “posmoderno”.
    La hibridación genérica es evidente en “El diario de Vivilú”. Sí, el cuento es un diario, una descripción, día a día, durante una semana, de lunes a domingo, del sufrimiento de una niña que tiene sólo dos medios de expresión: la supuesta escritura de un diario y el hecho de atormentar a quien más quiere, a su muñeca, repitiendo el patrón materno de comunicación.
    Para Gaston Bachelard: “La casa, el cuarto, el granero donde estuvimos solos, proporcionan los marcos de un ensueño interminable, de un ensueño que sólo la poesía [en este caso, el diario], por medio de una obra, podría terminar, realizar.” (Bachelard 47) Así, esa covacha, que es el verdadero espacio de Vivilú, podría ser el sitio de la ensoñación, no siempre grata, que requiere plasmarse de alguna manera. El diario, pues, al ser una escritura privada, es para la protagonista un medio de expresión catártica.
    El diario comienza un lunes, ahí tenemos a una Vivilú que sueña con ser rata. Es el inicio de una semana en la que se tienen ciertas esperanzas, aunque sea la esperanza de la evasión, a través de una fantasía; en esa fantasía vemos la necesidad de libertad que tiene Vivilú: “Si yo fuera una rata […] me iría de parranda […] haría planes […]” (Todo 159). El lunes Vivilú se reconoce no-rata, se autodefine como “la niña de la covacha” que sueña con convertirse en una niña-rata. Por eso, la covacha es el lugar en donde moran los miedos y las lágrimas calladas de Vivilú y por eso, también, ese cuarto adquiere un sentido especial en el cuento puesto que bien puede entenderse, por analogía, como el alma de Vivilú: “Nuestra alma es una morada. Y al acordarnos de las ‘casas’, de los ‘cuartos’, aprendemos a ‘morar’ en nosotros mismos.” (Bachelard 29)
    El martes, Vivilú cuenta sus tormentos, sus castigos, sus encierros bajo llave en la covacha y la crueldad de Mamilú que, dicho sea de paso, tiene una gran complicidad con las ratas. Digamos que Mamilú sentencia y las ratas son los verdugos de Vivilú.
    El diario del martes nos muestra una de las obsesiones de Vivilú: los pies; porque a las ratas les gusta comer los pies de las niñas. Sólo poniendo atención a este detalle, entendemos por qué Vivilú quema los pies de su muñeca con una lupa mientras la somete a tormentos extremos, como ahogarla o enterrarla “viva”.
    La madre es presentada como una persona iracunda e implacable, siempre lista para la ira: se le encienden los ojos, se pone roja, sería capaz hasta de cortarle los pies a la hija en un momento de rabia extrema: “[…] y si las ratas no me comen los pies ella sí que podría hasta cortármelos.” (Todo 160)
    Ese martes, en el diario se presenta un interesante juego entre la verdad y las mentiras que Vivilú maneja incluso con su muñeca (le dice que son las ratas las que muerden los pies, cuando realmente ella se los está quemando). Vivilú sabe que su madre le miente, excepto cuando está verdaderamente rabiosa. Y es que en el mundo de un niño maltratado todo pierde perspectiva, hay una única verdad: el adulto está enojado y, a partir de esto, todo lo demás pierde importancia. Vivilú, con una ironía que duele, por la carga de inocencia que tiene, ha aprendido también a mentir, a jugar, a torcer la verdad: “[…] ya sabe que yo no le digo mentiras. Yo le quemo los pies y le echo toda la culpa a las ratas.” (Todo 161)
    Miércoles, el día del tormento de Betilú, la muñeca ahora hija de Vivilú. La niña se presenta como alguien con una gran capacidad para hacer daño, a escondidas, claro, pero capaz de dañar a su muñeca, de repetir el patrón que ha aprendido de su madre, de repetir las palabras de su madre: “Vas a ver que las ratas tienen dientes de fuego.” (Todo 161)
    Betilú es torturada sistemáticamente, como Vivilú. El castigo es parte de la vida cotidiana, como algo normal pero, aunque la muñeca tenga los pies llenos de cicatrices, Mamilú no lo sabe, nadie lo sabe, porque Vivilú siempre le pone sus zapatitos. Tampoco la gente de afuera sabe de las cicatrices que tiene Vivilú porque la madre Mamilú también cubre la realidad y, muy posiblemente, hasta trate bien a si hija delante de la gente. Y es que, ante los demás, ante la gente, no se pueden mostrarse las cicatrices; nadie tiene por qué saber cuáles son las huellas de un tormento, las cicatrices de un maltrato. Parece que lo malo es exclusivo del campo de la intimidad: “los trapos sucios se lavan en casa”, ya lo sabemos.
    Así, sabemos de sobra que hay golpeadores que son expertos en golpear sin tocar la cara, sin dejar marcas visibles. Más fácil es todavía ocultar las cicatrices que van quedando en el alma de una niña que piensa que es normal ser maltratada y, por lo tanto, no conoce otra forma de relación madre-hija, adulto-menor.
    Jueves. Llegan las justificaciones. Y es que, a final de cuentas, el abusador tiene sus motivos, muy buenos motivos, para castigar. Todo castigo se justifica, sobre todo cuando se está delante de personas que no obedecen, que no hacen caso, que no agradecen todo lo que se hace por ellas. Porque Betilú no tiene de qué quejarse: Vivilú la cuida, la baña, la peina, la viste (igual que Mamilú lo hace con su hija). Pero la ingratitud es lo que más duele y, por supuesto, no hay otra forma de hacer entender a una “¡Enana majadera!” (Todo 161) si no es con castigos, amenazas y maltratos.
    En un momento dado, Vivilú confiesa su parte más débil, su gran temor: pasarse una noche completa en la covacha, a la hora en que las ratas están despiertas, y que la encierren sola, sin su muñeca; eso sí que sería el colmo del dolor; porque hay un dolor por duplicado: por ella y por Betilú, pues Betilú, aun cuando no ha hecho nada malo, también es encerrada en la covacha. Vemos que hay una noción de justicia en el alma de la protagonista que no está muy lejos de lo que un niño entiende por justicia cuando es castigado injustamente: si mi muñeca (mi hija) no ha hecho nada malo, ¿por qué castigarla conmigo? Los niños entienden la relación causa-efecto, acción mala-castigo, y viven la injusticia cuando esta relación no se da.
    Y, ¿qué es lo que Mamilú no perdona?, ¿qué es lo que una madre no perdona? Dos cosas: la ingratitud y que el hijo no se comporte bien delante de los demás, “delante de la gente”. Porque se trata de no avergonzarse ni avergonzar al hijo delante de la gente, se trata de castigar en lo oculto, en la intimidad del hogar. Propio del castigador es el temor a quedar mal, a ser descubierto, nadie quiere ser conocido como verdugo (en la antigüedad los verdugos se cubrían el rostro) y Mamilú no es la excepción; esto también lo aprende Vivilú, por eso se esconde para torturar a su muñeca. Así, Mamilú teme que las cosas se le salgan de las manos delante de los otros. La casa, entonces, se convierte en el lugar seguro e idóneo para el castigo, sobre todo si en esa casa existe un lugar de encierro, de marginación y de asilamiento; ¿en qué se distingue la covacha de Vivilú de una mazmorra?
    ¿El torturador sabe que se está actuando mal? Por supuesto, la madre lo sabe y, sobre todo, Vivilú lo sabe, por eso se esconde de Mamilú para maltratar a Betilú. Sabe que, si su madre se entera de lo que ha hecho a “su hija”, será severamente castigada. Y, al contrario de la madre, busca para sus sesiones de tormentos lugares abiertos y exteriores: el jardín, la azotea, espacios que representan libertad y que están lejos de la mirada de la madre cuyo lugar “natural” es la cocina.
    En los espacio abiertos Vivilú vive su libertad haciendo lo que realmente tiene ganas de hacer: enseñarle a su muñeca a portarse bien; por supuesto, lo hace de la única manera que conoce: causando dolor. Vivilú monta un espectáculo sin público, bajo el cielo, en un espacio de expansión que le permite ser ella misma, sin juicios externos y sin castigos, tiene razón Bachelard cuando, en su Poética del espacio, asegura que: “El espectáculo exterior ayuda a desplegar una grandeza íntima.” (Bachelard 230)
    Sin embargo, aunque la niña nos puede parecer cruel, el autor no deja de lado la compasión que su protagonista puede tener por su muñeca (y, obviamente, por sí misma): seguramente Betilú piensa que “[…] su mamá y su abuela son unas brujas.” (Todo 161) Así, habla a su muñeca como probablemente nunca le ha hablado su madre: “No llores, Betilú, que yo te quiero mucho.” (Todo 161)
    Ella, Vivilú, es una bruja mala, como su madre. El proceso de aceptación de la propia maldad se ha disparado y va tomando forma en esa semana en la mente y en el corazón de Vivilú. Desde el principio, ha contemplado la posibilidad de ser una rata (y las ratas son malas), después ha descrito los tormentos a su muñeca y los ha justificado; y, en este momento, el jueves, contempla la posibilidad de ser vista como una bruja y acepta, al mismo tiempo, que su madre también lo es.
    Y es que no es posible que quien es víctima de maltrato vea a su verdugo como una buena persona, puede ser que lo justifique, incluso que piense que merece el castigo, que se lo ha ganado, pero no puede negar que hay una dosis de maldad y de crueldad en su castigador.
Viernes. El proceso de reconocimiento de culpas y, por lo tanto, de la propia “maldad” ya está en pleno desarrollo. Viene una especie de confesión: “No sé portarme bien, por más que me enseñan. A lo mejor es por eso que no sé enseñarle a Betilú.” (Todo 162); estas palabras son un intento por justificar a la Bruja Mayor y por disculparse con Betilú que, a la larga, siempre acaba encerrada en la covacha por culpa de su mamá, quien no es capaz de “reflexionar”, como dice Mamilú. Pero, la confesión no está completa si no hay un movimiento por autojustificarse: “¿Ves, Betilú? Tú nunca reflexionas, por eso yo te tengo que castigar.” (Todo 161) En el fondo, tal vez esto es lo que piense Mamilú y lo que piensan muchos verdugos: “compréndeme, lo hago por tu bien; así lo hicieron conmigo; así lo hizo tu abuela, así lo hizo tu bisabuela, así lo hizo…” y la cadena de justificaciones se pierde en el tiempo sin llegar nunca a la verdadera fuente de la perversión primitiva que hace que alguien se ensañe con un ser indefenso. ¿Fuerza primitiva de ley de sobrevivencia del más fuerte?, ¿miedo de ser “comido” que se traduce en ira incontrolable? ¿Triunfo de una pasión sobre otra: ira sobre miedo, como fuerza primitiva o como consecuencia de un “pecado original”?
Mas, desde el punto de vista de la víctima, hay, sin embargo, una salida, siempre hay una esperanza de que termine la mala vida para una persona indefensa, para un ser pequeño: hacerse también grande, y Vivilú sabe que, si se “apura” a ser grande, puede evitar el máximo tormento: pasar la noche entera en la covacha; debe crecer antes de que Mamilú se dé cuenta de que ha estado torturando a Betilú: “[…] ahora sé que algún día va a tener que pasarme, a menos que me apure a hacerme grande.” (Todo 162)
El colmo de la repetición de patrones es cuando la víctima asume e imita las normas y los criterios de su victimario. En el caso de Vivilú, ella ha asumido las “reglas de la casa” y trata de enseñárselas a su muñeca. El pasaje no puede ser más doloroso, porque es una réplica de lo que ella ha oído seguramente durante toda su vida: “Es muy sencillo, mira. Regla número uno, yo soy tu madre. Regla número dos, tienes que obedecerme. Regla número tres, te callas la bocota o te encierro de vuelta.” (Todo 162)
Sábado. El día del terror. Vivilú es descubierta torturando a Betilú y Mamilú no puede creer que su hija sea capaz de semejante cosa. ¿Es posible que se asombre la madre al ver a su hija repitiendo sus acciones?, ¿es posible que no se reconozca en esas acciones? Sí, es posible, el verdugo, entre otras cosas, se sabe superior, tiene un lugar que no puede ser usurpado; su soberbia lo lleva a negar la posibilidad de la existencia de otros verdugos y mucho menos puede aceptar que su eterna víctima sea capaz de tomar una actitud de superioridad con respecto a otros. El padre golpea a la madre, pero la golpea más si sabe que ella, a su vez, golpea a los hijos. La madre golpea a los hijos, pero castiga tremendamente al hijo que golpea a otro.
Si bien es cierto que la violencia genera violencia, no es el violento el indicado para reconocerlo. ¿Por qué? Porque su violencia siempre está justificada, porque el que castiga siempre tiene razones de peso para hacerlo pero, ¿cuáles razones pueden tener los demás, los inferiores, para castigar a otros? Los castigos de la madre son correctivos, ejemplares pero, ¿qué pretende enseñarle Vivilú a su muñequita? Mamilú no quiere ver que Vivilú es ella y que Betilú es Vivilú. Mamilú no entiende que Vivilú también quiere enseñarle a su muñeca, a su hija, a ser buena, a reflexionar, a comportarse, a obedecer. Mamilú no entiende que Vivilú es una bruja, como ella, y que su única forma de tratar a quien quiere es a base de torturas y de castigos; ella, la madre, le ha enseñado eso. Ella, la gran bruja, no ve que tiene ante sus ojos a una pequeña bruja en formación.
Pero Mamilú es miope o ciega, no conoce a su hija, no comprende a Vivilú. ¿Quién que abuse de un niño se molesta en comprenderlo, en saber qué piensa y qué siente? Mamilú es una mujer adulta, seguramente endurecida por los golpes de la vida, muy probablemente también maltratada y, por eso, su única forma de relacionarse, de demostrar preocupación por una persona es a base de golpes y de dureza. Hay que corregir a Vivilú, a esa “¡Mal alma! ¡Enana majadera! ¡Malagradecida!” (Todo 163)
Y, ¿cuál puede ser el castigo para Vivilú?, ¿qué se puede hacer para que aprenda a no maltratar a lo que supuestamente más quiere? “Sacó un cerillo, se agachó sin mirarme y encendió en eso el horno de la estufa. ¿Me iba a quemar los pies, como yo a la muñeca? […] ‘Échala tú en el horno’, me pidió, y yo me quedé tiesa. Abracé a Betilú, le juré a Mamilú que nunca más la iba a castigar, pero ella me seguía mirando con coraje. ‘¡Échala de una vez, antes de que me enoje de verdad!’” (Todo 163)
Al final, ante el dolor físico que Mamilú es capaz de causar pero, sobre todo, ante las palabras hirientes con las que se dirige a su hija, se presenta un acto de conciencia doloroso y por demás falso, pero efectivo, en cuanto a la sobrevivencia: “Si lo que Mamilú decía era verdad, yo no tenía arreglo. ‘Soy malvada’, pensé, y aventé a Betilú dentro del horno.” (Todo 163) ¿Síndrome de Estocolmo?, ¿identificación con el verdugo?, ¿renuncia total a la individualidad?
No queda nada ya en el alma de Vivilú. Después de asumir su condición de malvada y de haber echado a la muerte a su muñeca, Vivilú se ha quedado vacía y completamente sola.
El domingo es el día del rito de la muerte: “La enterré en el jardín, yo solita.” (Todo 164) Betilú ya no está, ya no es lo que era… y Vivilú tampoco; no le quedan ni las lágrimas porque: “Los malvados no lloran, pensé mientras juntaba las piedritas para hacerle su tumba a Betilú.” (Todo 164) El alma de Vivilú está rota. Al fin, la madre le ha robado lo único que quedaba en el alma de su hija como consuelo: el saberse buena, como su muñeca, el creerse que tenía manera de componerse, de aprender. Ahora, después de una confesión, sacada a fuerza de dolor y de terror, después de reconocer la maldad que hay en la propia alma, a la víctima no le queda otra opción que asumir su condición y aprender a vivir con ella. “Yo soy como las ratas y Mamilú también, por eso la quemamos entre las dos. Si yo fuera una niña y no una rata, tendría a mi muñeca junto a mí.” (Todo 164)
Se ha cerrado el círculo, pues, si el lunes Vivilú soñaba con ser una rata, el domingo ya se ha convertido en rata. Parece ser que, si se es madre y se castiga a los hijos, se es rata. Porque Mamilú es la rata “más grande del mundo” (Todo 163), pero ahora Vivilú también lo es. Ya se ha asumido como otra Mamilú, por eso habla en plural.
En este punto, las fronteras de la propia identidad de Vivilú se pierden de manera definitiva: ha sido rata, madre, víctima, victimaria, bruja; además, después de enterrar a Betilú, se entera, gracias a las sabias enseñanzas de su madre, de que “[…] las niñas desobedientes no se van al infierno, pero nacen de nuevo en forma de muñeca.” (Todo 164) Así, Vivilú no escapará nunca de los tormentos, ahora sabe que algún día será una muñeca, como Betilú, en manos de una niña que la querrá mucho y, por eso, la condenará al suplicio hasta la muerte.
La forma que tiene Velasco de trasmitir el terror y el dolor en este cuento se finca básicamente en el excelente manejo de los verbos, en cuya fuerza recae la capacidad de impactar al lector a tal grado que sienta que no está leyendo una historia más sobre violencia intrafamiliar, sino que está entrando en el alma de una niña que, al escribir su diario, maneja mayormente palabras que pertenecen al universo del castigo y de la tortura, de acuerdo con las unidades de sentido de las que forman parte:
•    me espían
•    me encierra
•    me pega un grito
•    si me oye gemir
•    me cachetea
•    te dejo coja
•    La encierro
•    la entierro
•    que se asfixie
•    se muera
•    tiene que pagar
•    La amarro
•    le quemo
•    le muerden
•    No puede respirar
•    Se desmaya
•    tienen dientes
•    la amenazo
Estas palabras son la realidad de Vivilú y son acciones. Porque el cuento es de un movimiento permanente gracias a la descripción de acciones violentas; pero, si los verbos soportan el 40% de las unidades de sentido (oraciones y párrafos), están acompañados de palabras con funciones adjetivales de mucho peso (aunque, como veremos, los sonidos verbales con función nominal también  tienen una carga de sentido importante y, en ocasiones, muy significativa). Este manejo del lenguaje es lo que ayuda a que, como lectores, nos hagamos una imagen nítida del mundo representado por el texto. Los sonidos verbales adjetivales, tan cargados de sentido, unidos a los verbos, crean lo que Roman Ingarden llama “cualidades metafísicas”, atmósferas que bañan todo el texto. En este caso, las cualidades metafísicas son lo terrorífico, lo violento, el miedo, el dolor, el sufrimiento. Si leemos algunas de las palabras que incluye Velasco, incluso fuera de sus unidades de sentido, entendemos por qué el cuento golpea y duele. Veamos:
•    sola
•    llorona chillona
•    muy enojada
•    rabiosa
•    dientes de fuego
•    toda la culpa
•    Coja
•    cubiertos de cicatrices
•    de dolor
•    Majadera
•    Malagradecida
•    más miedo
•    sin mi muñeca
•    castigada
•    Pobrecita
•    en lo oscuro
•    las lagrimitas
•    enana malvada
•    con hambre de pies
•    Mal alma
•    Malagradecida
•    malvada
•    del infierno
Además, no podemos dejar de lado los nombres de los personajes: Vivilú, la protagonista; Mamilú, la madre; y, Betilú, la muñeca. Tres personajes que son los elementos del fenómeno de violencia intrafamiliar. No es gratuito el hecho de que los nombres se parezcan tanto, que tengan ese giro familiar y hasta cariñoso; tal vez, lo más irónico sea el nombre de la madre: Mamilú, mami, con cariño, lu, como Vivilú, su hija y como Betilú, su “nieta”. La dinastía completa, la familia entera enferma de violencia como si se tratara de un mal congénito.
Por otra parte, el hecho de que se trate de un diario, del diario de una niña, hace que nos sintamos más cerca de la protagonista. Estamos leyendo sus palabras que, no podemos negarlo, son las palabras de una niña. En ningún momento pensamos que el lenguaje del personaje no es adecuado, no, por el contrario, desde las primeras líneas, Velasco nos convence de que es Vivilú la que escribe y eso nos convierte en espectadores de una tragedia (el sufrimiento de cualquier inocente es siempre una tragedia) ante la que no podemos quedarnos indiferentes. Con este recurso, Velasco se coloca en la línea de las tendencias milenaristas (aunque a él no le guste que se le coloque dentro de ninguna generación): el énfasis en el narrador testigo, el llamado narcisismo literario en el que el yo es todo: narrador, personaje, protagonista, autor de un diario.
Y, muy posiblemente, este es el secreto del cuento: hay una tragedia, hay un “siervo doliente”, hay un inocente que no merece que le pase lo que le pasa que cuenta a nadie, a sí mismo, a su diario el sinsentido de su sufrimiento. El hecho de que Vivilú se presente a sí misma como “la niña de la covacha”, el hecho de que sus sueños sean, tristemente, ser una rata considerada y libre hace que, como lectores, padezcamos con Vivilú la tragedia de su vida y, más adelante, nos conmovamos viendo como, en su inocencia, tortura a su muñequita.
Aunque probablemente Xavier Velasco no quiso, de manera consciente, manejar símbolos y, mucho menos, escribir un cuento “simbólico”, es claro que los encontramos en el cuento: las ratas, la covacha, los pies, la muñeca tienen una función simbólica que no podemos obviar.
Así, por ejemplo, la rata, en la tradición occidental, goza de un prejuicio negativo, se la asocia a nociones de avaricia, de parasitismo, de miseria. Provoca imágenes de avidez, temor y actividad nocturna y clandestina. Al mismo tiempo, la rata es un animal sucio, de cuidado, traicionero, transmisor de males, escurridizo y, enemigo del ser humano.
Por otra parte, las muñecas son una especie de fetiche, tal vez para Vivilú, como para nuestros ancestros, Betilú sea un fetiche con virtudes curativas, una muñeca que protege. Pero, en este caso, además, es una hija y es su propio espejo; por eso, al castigarla, se castiga a sí misma. Vivilú se proyecta en su muñeca y asume la personalidad de la madre, de tal forma que ella, Vivilú, que no puede estar sin su muñeca porque la muerde la soledad, la castiga tratando de corregirla, de enseñarle, de que, al ser buena, ella Vivilú, sería buena también. No olvidemos que es en la soledad en donde los sentimientos y, más exactamente, las pasiones, se manifiestan nítida e intensamente: “De hecho, las pasiones se incuban y hierven en la soledad. Encerrado en su soledad el ser apasionado prepara sus explosiones o sus proezas.” (Bachelard 40)
Así, el cuento de Velasco es un cuento redondo que tiene la capacidad de proyectar cualidades metafísicas, además de que las vicisitudes de los personajes son la clave para que, sin necesidad de metáforas, vayamos más allá de la mera anécdota y nos quedemos con unas ganas inmensas de abrazar a Vivilú.
Bibliografía
Anderson Imbert, Enrique. Teoría y técnica del cuento. Barcelona: Ariel, 1999.
Bachelard, Gastón, La poética del espacio. México: Fondo de Cultura Económica, 1986.
Chávez Castañeda, Ricardo y Celso Santajuliana. La generación de los enterradores: una expedición a la narrativa mexicana del tercer milenio. México: Nueva imagen, 2000.
Chevalier, Jean, y Alain Gheerbrant, Diccionario de los símbolos. Barcelona: Herder, 1986.
Ingarden, Roman. La obra de arte literaria. México: Taurus/Universidad Iberoamericana, 1986.
Sichere, Bernard. Historias del mal. Barcelona: Gedisa, 1997.
Velasco, Xavier. “El diario de Vivilú” en Todo sobre su madre. México: Planeta, 2007, pag.158-164.

Derechos Reservados por Crítica de la nueva narrativa mexicana.

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