LAS POSIBILIDADES DE UNA RUPTURA (“Bajo el tulipán”, de Carlos Vadillo)
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LAS POSIBILIDADES DE UNA RUPTURA (“Bajo el tulipán”, de Carlos Vadillo)

LAS POSIBILIDADES DE UNA RUPTURA
(“Bajo el tulipán”, de Carlos Vadillo)
por Silvia Ruiz Otero
El cuento “Bajo el tulipán”, de Carlos Vadillo, es un relato que cabalga entre los recuerdos y las evocaciones; entre un presente lleno de hastío y un pasado que es el recuento de una serie de amores y desamores. El futuro, como veremos, apenas se perfila como salida esperanzadora.

    Hablemos brevemente del autor, de Carlos Vadillo:
Vadillo (Campeche, 1967) ha escrito, entre otras cosas, un libro de cuentos: Donde se fragmenta el oleaje (Fondo Editorial Tierra Adentro, 1996). Es Licenciado en Derecho por la UAC y participante en talleres literarios, obtuvo un premio nacional de cuento auspiciado por el Gobierno de Morelos y la UNAM. Vadillo afirma: “He tomado a la Literatura como el ejercicio de una larga paciencia, tanto en la faceta de autor como en la de lector. Creo que esa es la única manera de pergeñar y disfrutar obras perdurables. En el cuento he encontrado un vehículo idóneo para contar historias y que se adapta a mi aliento, a mi respiración entrecortada por la alergia a la humedad. Creo en los cuentos que cuentan, que atrapan al lector desde la primera frase y que lo llevan a través de la lógica planteada desde el inicio.”
Estamos, en nuestro caso, delante de un relato, “Bajo el tulipán”, que tiene como protagonista a una mujer que vive en el desencanto de una realidad que está totalmente apartada de sus sueños de adolescencia y que, de manera casi inconsciente, vive un proceso de toma de decisión que la lleva a buscar una salida.
Sin embargo, hay otro objeto representado que es también protagonista y sin el cual no habría posibilidad alguna de narración: el tiempo.
Hagamos algunas consideraciones sobre el relato para, posteriormente, reflexionar sobre el manejo que hace Vadillo del tiempo.
La protagonista, joven madre de dos hijas, casada con el vocalista de un exitoso conjunto musical, “Los Aluxes”, vive el desencanto de ser la esposa de un hombre prototipo del machismo y de una vida gris que no comparte los buenos momentos derivados del éxito de su marido.
La protagonista ―que no tiene otro nombre que los que le da el marido: cabrona, pinche puta; y los que le da su amante: mi vida, macita― recibe maltratos físicos y psicológicos, es marginada de la vida de su esposo y saca adelante a sus hijas llevando a cabo las tareas “propias” de una mexicana de la península de Yucatán en los años 80.
Así, las unidades de sentido (las unidades de sentido son, para Roman Ingarden, las oraciones y los párrafos y, por supuesto, la obra misma. Me adhiero a esta propuesta ingardiana) de “Bajo el tulipán” provocan en el lector la imagen de una mujer que evalúa lo que está sucediendo en su vida en el momento en que ella está considerando la invitación de Tomás, su amante, de irse con él y lo que ha sucedido entre ella y su esposo, al que llama su “negro” desde el día en que lo conoció. Lo de “negro”, por supuesto, resulta un aspecto fácilmente interpretable, no llega a ser un símbolo, más bien, en términos de Paul Ricoeur, es una alegoría de lo que representa el personaje para la protagonista: crueldad, lágrimas, dolor, golpes, desprecio y miedo.
La mujer recuerda haber conocido a su “negro” en uno de los bailes que se organizaban cada semana en el centro social de su pueblo, a los que ella asistía en compañía de sus primas. Ella era una adolescente coqueta y se hizo novia ni más ni menos que del vocalista de “Los Aluxes”, uno de los conjuntos de moda de la región.
Sabemos que el “negro” y la mujer se casaron, pues ella guarda la foto de su boda; sabemos que, a pesar de ser la esposa de un hombre exitoso, la mujer no tiene una vida económicamente desahogada. El autor devela rasgos de la vida de la protagonista gracias a un buen manejo de los aspectos esquematizados, por ejemplo, afirmamos su situación económica (que no es la de su marido) por unidades de sentido como:
[…] cuando la furia le aprieta los dientes al contemplar el vestido de noche colgado en el ropero, recamado con lentejuelas, pliegues y bordados, ése que le regaló un día en su cumpleaños, casi recién casados, para que elegante y guapa asistiera a los cocteles cuando fueran famosos y lanzaran sus discos, así como cuando se presentaran en televisión con Raúl Velasco o el Memo Ochoa, porque así se debería vestir la esposa del vocalista del conjunto, el consentido de los bailes, y también para que ella se luciera le había comprado el juego de collar y aretes tan finos, las zapatillas italianas, todo le armaría a la perfección, pero nunca llegó la oportunidad de presentarse así en público […] (Cuentistas 88)
Con estos cuantos aspectos ―”aspectos esquematizados”, según Roman Ingarden” ― sabemos del abandono de la mujer y de lo que este abandono le despierta: “la furia le aprieta los dientes”, pues esta furia se va cocinando a base de golpes e insultos que contrastan con los sueños de los tiempos de recién casada, cuando el “negro” quería presumirla en público y compartir con ella el éxito.
El vocalista estrella, en la intimidad de su casa, era un borracho cualquiera, golpeador y celoso; un animal que sólo deseaba “montarla” de vez en cuando, sin que su esposa le importara como mujer:
[…] raras veces le puso las manos encima, unos cuantos besos y se bajaba la trusa, se la montaba sin siquiera adivinarle las formas del cuerpo por debajo del camisón, sin rozarle ni por error los pechos, el sexo, nada, sólo él arqueándose con las manos apretadas en la colcha, la cabeza a un lado suyo y los ojos perdidos en la pared o en el cromo de Lola la Trailera detrás de la puerta, sin una mirada tierna cuando se paraba satisfecho, ella ahí tendida, con el deseo palpitándole[…] (Cuentistas 87)
Porque ella es una mujer que se sabe atractiva y que tiene el deseo a flor de piel, sólo que ese deseo el “negro” ni lo adivina; es Tomás, su amante, quien sí sabe desearla, acariciarla y hacerla sentirse amada:
Tomás sí que la enloquecía desde la primera vez en aquel motel en las afueras de la ciudad, sí que la hizo sentirse hembra como decía su tía Alfonsina, la amó en todas la posiciones y se deshizo contemplándola pasearse desnuda por el cuarto, y el susurro en el pabellón de su oreja cuando hacían el amor en la pileta, el chorro de la regadera sobre los cuerpos, ‘macita, tienes que irte a vivir conmigo...’, ella clavándole las uñas en la espalda, ahogándose en sus gemidos, y desde entonces, aunque sólo en su imaginación a diario se dejaba amar por ese hombre que le inventaba la vida […] (Cuentistas 87)
Sí, Tomás “le inventaba la vida”, él era lo único que le permitía sobrellevar la mala vida que le daba el “negro”. Y tanto le daba sentido a su vida esa relación plena con su amante, que su hija menor era de él y no del “negro”.
Los aspectos esquematizados proyectan elementos de muy fácil actualización; así, la concretización de da de manera nítida. La anécdota no tiene algo de extraordinario, refleja la realidad cotidiana de muchas mujeres; lo que no es tan común es que el marido celoso tenga motivos para sentir celos y, mucho menos común es que una mujer en condición de víctima de maltrato no genere una co-dependencia y que, por el contrario, busque una salida, de tal forma que el marido acabe burlado y cargue unos cuernos que no le sientan nada bien a su condición de galán de moda.
Aclaremos algunas cuestiones teóricas: Ingarden habla aspectos esquematizados porque los considera “[…] ciertas idealizaciones, que son, por así decirlo, un esqueleto, un esquema, de los aspectos concretos, transitorios y movedizos [de los objetos y de cómo los experimentamos]” (Ingarden 309). Los aspectos esquematizados son los que permiten la intuición de los objetos intencionales al construir un correlato intencional (Cfr. Ingarden 234). Por eso, lo primero que nos dice Ingarden es que las objetividades representadas (personajes, objetos, tiempo, espacio, narrador y todo aquel elemento que forma parte del mundo representado) aparecen por medio de aspectos esquematizados (Cfr. Ingarden 300) y, antes, nos había dicho que estos aspectos son predeterminados por las unidades de sentido (Cfr. Ingarden 222).
Además, Para que se dé el correlato intencional, afirma Ingarden, se requiere de un sujeto psíquico que construya ese correlato ―se llama correlato porque está co-relacionado con el mundo representado por la obra y es intencional porque no tiene existencia real ni ideal, tiene, por así decirlo, una existencia mental―, que imagine el mundo representado y, así, conozca, aprehenda, comprehenda y reconstruya el mundo representado del texto. Esta construcción del correlato intencional se da en todo tipo de lectura y en cada lectura de modo diferente; cada acto de lectura, entonces, es una nueva concretización de la obra en la mente del lector.
Vadillo nos presenta a una mujer que sí sufre una revolución interior. Estamos delante de un  personaje “redondo”, en términos de Forster: un personaje que sí sorprende. El cuento está tan bien construido que, aunque nos deja ver los espacios de libertad de la protagonista, casi desde el principio, no es predecible en cuanto a su final. Y, en contraste con el personaje redondo, está el personaje “plano” ―también en términos de Forster―: el predecible macho mexicano que ha probado el éxito y se ve a sí mismo como señor y centro de la vida de los demás. ¡Sorpresa, “negro”, no eres el centro de la vida de tu mujer! Aquí está el encanto del cuento “Bajo el tulipán”: el tulipán que cobija, que arropa y que revive se llama Tomás; el espacio de una decisión de vida está bajo el tulipán, mientras que la casa es simplemente un desgraciado “domicilio conyugal” al que se llega deslumbrado y en el que se rompen los sueños día a día. Tomás ofrece vida: “[…] te esperaré frente al poste de luz en la esquina, debajo del tulipán […]” (Cuentistas 86) Y ella acepta la oferta. Deja en la casa a su hija mayor, toma a la bebé en brazos y va al encuentro de la vida, del deseo y del vivir sintiéndose amada.
[…] da la media vuelta y todavía no sabe con certeza por qué carga el veliz, por qué cierra sigilosamente la entrada de la casa, las ramas de los tulipanes chasquean sacudidas por el viento, estrecha contra su cuerpo a la criatura, camina decidida hasta el poste de luz, hasta donde una silueta se le empareja y le ayuda con la maleta, apresuran los pasos, se pierden entre las sombras. (Cuentistas 89)
Como personaje, Tomás no está del todo perfilado: es buen amante, pero no es perfecto: “Tomás también se echaba los tragos, ella a veces lo había ayudado a bajarse la botella, pero de ahí a faltarle no, nunca ocurrió […]” (Cuentistas 86)
¿Se va a portar Tomás, más adelante, como el “negro”? Sí, es posible que la mujer se esté ilusionando y Tomás acabe maltratándola como su “negro”, pero ella no está dispuesta a ver más allá del futuro inmediato.
Porque ella está cansada de encerrarse en el cuarto de la niña, huyendo de los pasos tambaleantes del “negro” cuando llega a la casa; está cansada de vivir de evocaciones y recuerdos. Ahí, frente al televisor, repasa su vida de adulta y evalúa su realidad, parecería que tuviera en las manos un manual para tomar decisiones y ve pros y contras, compara, analiza, evoca… decide. ¿Cuál fue el momento de iluminación que la lleva a levantarse a hacer su maleta?, ¿qué lo provoca?
La decisión se gesta, por un lado, desde la fantasía, que la proyecta a un futuro posible:
[…] imaginaba a Tomás con sus aplausos por la exhibición del modelaje en exclusiva para él, admirándola en su torso descubierto, en sus nalgas entalladas, contemplando cada uno de sus movimientos con la boca abierta, con ese cuerpo todavía esbelto, inclinado hacia atrás con una mano en la cintura y la otra en el aire, el cabello resbalaba por los hombros, la luz tenue del crepúsculo la tatuaba por las persianas semiabiertas y Tomás enloquecía con el juego de sombras. (Cuentistas 89)
Y, por otro lado, la decisión llega después de “[…] tantas esperas aprendidas de memoria […]” (Cuentistas 89)
Hay, en palabras del narrador omnisciente, una “ruptura”: algo se rompe en el interior de la protagonista de tal forma que, una vez tomada la decisión, sus acciones y movimientos, las decisiones subsecuentes se dan como cascada: abrir el cuarto, cambiarse de ropa, hacer la maleta, abrir la puerta de la habitación de su hija mayor, “despedirse” de ella, salir de su casa… encontrar el amor.
¿Por qué deja a su hija mayor? ¿Por qué ya está grandecita y puede valerse por sí misma?, ¿por qué no quiso dejar solo al “negro”? ¿o porque, simplemente, es hija del “negro” y de él no quiere nada”? Si su vida será con Tomás, será con él y con la hija de ambos, sin pasado, sin sombras, sin recuerdos. Sorprende nuevamente la protagonista, ante los ojos de escándalo del lector, ella no es una abnegada madre mexicana, por lo tanto, tiene un amante, tiene una hija de su amante, abandona al marido y abandona a la hija que tuvo con el marido ¡horror de los horrores!, ¡qué mala madre! Tal vez, estamos delante de una nueva Medea que no mira hacia atrás y que no duda en lo que tiene que dejar para poder ser libre.
Vadillo rompe con el esquema de un sistema de hogar y de madre mexicanos y ofrece una salida a su protagonista que nos parece natural, lógica y consecuente. No hay cuestionamientos morales, no hay lugar para escrúpulos. La vida está ahí, bajo el tulipán, la tomas o la dejas.


Bibiografía
Forster, E. M. Aspectos de la novela. Madrid: Debate, 1983.
Ingarden, Roman, La obra de arte literaria, México: Taurus/Universidad Iberoamericana, 1986.
Vadillo, Carlos. “Bajo el tulipán” en Cuentistas de Tierra adentro II. Héctor Carreto (comp.). México: Fondo Editorial Tierra Adentro, 1994, p. 86-89.

LAS POSIBILIDADES DE UNA RUPTURA (“Bajo el tulipán”, de Carlos Vadillo)

LAS POSIBILIDADES DE UNA RUPTURA
(“Bajo el tulipán”, de Carlos Vadillo)
por Silvia Ruiz Otero
El cuento “Bajo el tulipán”, de Carlos Vadillo, es un relato que cabalga entre los recuerdos y las evocaciones; entre un presente lleno de hastío y un pasado que es el recuento de una serie de amores y desamores. El futuro, como veremos, apenas se perfila como salida esperanzadora.

    Hablemos brevemente del autor, de Carlos Vadillo:
Vadillo (Campeche, 1967) ha escrito, entre otras cosas, un libro de cuentos: Donde se fragmenta el oleaje (Fondo Editorial Tierra Adentro, 1996). Es Licenciado en Derecho por la UAC y participante en talleres literarios, obtuvo un premio nacional de cuento auspiciado por el Gobierno de Morelos y la UNAM. Vadillo afirma: “He tomado a la Literatura como el ejercicio de una larga paciencia, tanto en la faceta de autor como en la de lector. Creo que esa es la única manera de pergeñar y disfrutar obras perdurables. En el cuento he encontrado un vehículo idóneo para contar historias y que se adapta a mi aliento, a mi respiración entrecortada por la alergia a la humedad. Creo en los cuentos que cuentan, que atrapan al lector desde la primera frase y que lo llevan a través de la lógica planteada desde el inicio.”
Estamos, en nuestro caso, delante de un relato, “Bajo el tulipán”, que tiene como protagonista a una mujer que vive en el desencanto de una realidad que está totalmente apartada de sus sueños de adolescencia y que, de manera casi inconsciente, vive un proceso de toma de decisión que la lleva a buscar una salida.
Sin embargo, hay otro objeto representado que es también protagonista y sin el cual no habría posibilidad alguna de narración: el tiempo.
Hagamos algunas consideraciones sobre el relato para, posteriormente, reflexionar sobre el manejo que hace Vadillo del tiempo.
La protagonista, joven madre de dos hijas, casada con el vocalista de un exitoso conjunto musical, “Los Aluxes”, vive el desencanto de ser la esposa de un hombre prototipo del machismo y de una vida gris que no comparte los buenos momentos derivados del éxito de su marido.
La protagonista ―que no tiene otro nombre que los que le da el marido: cabrona, pinche puta; y los que le da su amante: mi vida, macita― recibe maltratos físicos y psicológicos, es marginada de la vida de su esposo y saca adelante a sus hijas llevando a cabo las tareas “propias” de una mexicana de la península de Yucatán en los años 80.
Así, las unidades de sentido (las unidades de sentido son, para Roman Ingarden, las oraciones y los párrafos y, por supuesto, la obra misma. Me adhiero a esta propuesta ingardiana) de “Bajo el tulipán” provocan en el lector la imagen de una mujer que evalúa lo que está sucediendo en su vida en el momento en que ella está considerando la invitación de Tomás, su amante, de irse con él y lo que ha sucedido entre ella y su esposo, al que llama su “negro” desde el día en que lo conoció. Lo de “negro”, por supuesto, resulta un aspecto fácilmente interpretable, no llega a ser un símbolo, más bien, en términos de Paul Ricoeur, es una alegoría de lo que representa el personaje para la protagonista: crueldad, lágrimas, dolor, golpes, desprecio y miedo.
La mujer recuerda haber conocido a su “negro” en uno de los bailes que se organizaban cada semana en el centro social de su pueblo, a los que ella asistía en compañía de sus primas. Ella era una adolescente coqueta y se hizo novia ni más ni menos que del vocalista de “Los Aluxes”, uno de los conjuntos de moda de la región.
Sabemos que el “negro” y la mujer se casaron, pues ella guarda la foto de su boda; sabemos que, a pesar de ser la esposa de un hombre exitoso, la mujer no tiene una vida económicamente desahogada. El autor devela rasgos de la vida de la protagonista gracias a un buen manejo de los aspectos esquematizados, por ejemplo, afirmamos su situación económica (que no es la de su marido) por unidades de sentido como:
[…] cuando la furia le aprieta los dientes al contemplar el vestido de noche colgado en el ropero, recamado con lentejuelas, pliegues y bordados, ése que le regaló un día en su cumpleaños, casi recién casados, para que elegante y guapa asistiera a los cocteles cuando fueran famosos y lanzaran sus discos, así como cuando se presentaran en televisión con Raúl Velasco o el Memo Ochoa, porque así se debería vestir la esposa del vocalista del conjunto, el consentido de los bailes, y también para que ella se luciera le había comprado el juego de collar y aretes tan finos, las zapatillas italianas, todo le armaría a la perfección, pero nunca llegó la oportunidad de presentarse así en público […] (Cuentistas 88)
Con estos cuantos aspectos ―”aspectos esquematizados”, según Roman Ingarden” ― sabemos del abandono de la mujer y de lo que este abandono le despierta: “la furia le aprieta los dientes”, pues esta furia se va cocinando a base de golpes e insultos que contrastan con los sueños de los tiempos de recién casada, cuando el “negro” quería presumirla en público y compartir con ella el éxito.
El vocalista estrella, en la intimidad de su casa, era un borracho cualquiera, golpeador y celoso; un animal que sólo deseaba “montarla” de vez en cuando, sin que su esposa le importara como mujer:
[…] raras veces le puso las manos encima, unos cuantos besos y se bajaba la trusa, se la montaba sin siquiera adivinarle las formas del cuerpo por debajo del camisón, sin rozarle ni por error los pechos, el sexo, nada, sólo él arqueándose con las manos apretadas en la colcha, la cabeza a un lado suyo y los ojos perdidos en la pared o en el cromo de Lola la Trailera detrás de la puerta, sin una mirada tierna cuando se paraba satisfecho, ella ahí tendida, con el deseo palpitándole[…] (Cuentistas 87)
Porque ella es una mujer que se sabe atractiva y que tiene el deseo a flor de piel, sólo que ese deseo el “negro” ni lo adivina; es Tomás, su amante, quien sí sabe desearla, acariciarla y hacerla sentirse amada:
Tomás sí que la enloquecía desde la primera vez en aquel motel en las afueras de la ciudad, sí que la hizo sentirse hembra como decía su tía Alfonsina, la amó en todas la posiciones y se deshizo contemplándola pasearse desnuda por el cuarto, y el susurro en el pabellón de su oreja cuando hacían el amor en la pileta, el chorro de la regadera sobre los cuerpos, ‘macita, tienes que irte a vivir conmigo...’, ella clavándole las uñas en la espalda, ahogándose en sus gemidos, y desde entonces, aunque sólo en su imaginación a diario se dejaba amar por ese hombre que le inventaba la vida […] (Cuentistas 87)
Sí, Tomás “le inventaba la vida”, él era lo único que le permitía sobrellevar la mala vida que le daba el “negro”. Y tanto le daba sentido a su vida esa relación plena con su amante, que su hija menor era de él y no del “negro”.
Los aspectos esquematizados proyectan elementos de muy fácil actualización; así, la concretización de da de manera nítida. La anécdota no tiene algo de extraordinario, refleja la realidad cotidiana de muchas mujeres; lo que no es tan común es que el marido celoso tenga motivos para sentir celos y, mucho menos común es que una mujer en condición de víctima de maltrato no genere una co-dependencia y que, por el contrario, busque una salida, de tal forma que el marido acabe burlado y cargue unos cuernos que no le sientan nada bien a su condición de galán de moda.
Aclaremos algunas cuestiones teóricas: Ingarden habla aspectos esquematizados porque los considera “[…] ciertas idealizaciones, que son, por así decirlo, un esqueleto, un esquema, de los aspectos concretos, transitorios y movedizos [de los objetos y de cómo los experimentamos]” (Ingarden 309). Los aspectos esquematizados son los que permiten la intuición de los objetos intencionales al construir un correlato intencional (Cfr. Ingarden 234). Por eso, lo primero que nos dice Ingarden es que las objetividades representadas (personajes, objetos, tiempo, espacio, narrador y todo aquel elemento que forma parte del mundo representado) aparecen por medio de aspectos esquematizados (Cfr. Ingarden 300) y, antes, nos había dicho que estos aspectos son predeterminados por las unidades de sentido (Cfr. Ingarden 222).
Además, Para que se dé el correlato intencional, afirma Ingarden, se requiere de un sujeto psíquico que construya ese correlato ―se llama correlato porque está co-relacionado con el mundo representado por la obra y es intencional porque no tiene existencia real ni ideal, tiene, por así decirlo, una existencia mental―, que imagine el mundo representado y, así, conozca, aprehenda, comprehenda y reconstruya el mundo representado del texto. Esta construcción del correlato intencional se da en todo tipo de lectura y en cada lectura de modo diferente; cada acto de lectura, entonces, es una nueva concretización de la obra en la mente del lector.
Vadillo nos presenta a una mujer que sí sufre una revolución interior. Estamos delante de un  personaje “redondo”, en términos de Forster: un personaje que sí sorprende. El cuento está tan bien construido que, aunque nos deja ver los espacios de libertad de la protagonista, casi desde el principio, no es predecible en cuanto a su final. Y, en contraste con el personaje redondo, está el personaje “plano” ―también en términos de Forster―: el predecible macho mexicano que ha probado el éxito y se ve a sí mismo como señor y centro de la vida de los demás. ¡Sorpresa, “negro”, no eres el centro de la vida de tu mujer! Aquí está el encanto del cuento “Bajo el tulipán”: el tulipán que cobija, que arropa y que revive se llama Tomás; el espacio de una decisión de vida está bajo el tulipán, mientras que la casa es simplemente un desgraciado “domicilio conyugal” al que se llega deslumbrado y en el que se rompen los sueños día a día. Tomás ofrece vida: “[…] te esperaré frente al poste de luz en la esquina, debajo del tulipán […]” (Cuentistas 86) Y ella acepta la oferta. Deja en la casa a su hija mayor, toma a la bebé en brazos y va al encuentro de la vida, del deseo y del vivir sintiéndose amada.
[…] da la media vuelta y todavía no sabe con certeza por qué carga el veliz, por qué cierra sigilosamente la entrada de la casa, las ramas de los tulipanes chasquean sacudidas por el viento, estrecha contra su cuerpo a la criatura, camina decidida hasta el poste de luz, hasta donde una silueta se le empareja y le ayuda con la maleta, apresuran los pasos, se pierden entre las sombras. (Cuentistas 89)
Como personaje, Tomás no está del todo perfilado: es buen amante, pero no es perfecto: “Tomás también se echaba los tragos, ella a veces lo había ayudado a bajarse la botella, pero de ahí a faltarle no, nunca ocurrió […]” (Cuentistas 86)
¿Se va a portar Tomás, más adelante, como el “negro”? Sí, es posible que la mujer se esté ilusionando y Tomás acabe maltratándola como su “negro”, pero ella no está dispuesta a ver más allá del futuro inmediato.
Porque ella está cansada de encerrarse en el cuarto de la niña, huyendo de los pasos tambaleantes del “negro” cuando llega a la casa; está cansada de vivir de evocaciones y recuerdos. Ahí, frente al televisor, repasa su vida de adulta y evalúa su realidad, parecería que tuviera en las manos un manual para tomar decisiones y ve pros y contras, compara, analiza, evoca… decide. ¿Cuál fue el momento de iluminación que la lleva a levantarse a hacer su maleta?, ¿qué lo provoca?
La decisión se gesta, por un lado, desde la fantasía, que la proyecta a un futuro posible:
[…] imaginaba a Tomás con sus aplausos por la exhibición del modelaje en exclusiva para él, admirándola en su torso descubierto, en sus nalgas entalladas, contemplando cada uno de sus movimientos con la boca abierta, con ese cuerpo todavía esbelto, inclinado hacia atrás con una mano en la cintura y la otra en el aire, el cabello resbalaba por los hombros, la luz tenue del crepúsculo la tatuaba por las persianas semiabiertas y Tomás enloquecía con el juego de sombras. (Cuentistas 89)
Y, por otro lado, la decisión llega después de “[…] tantas esperas aprendidas de memoria […]” (Cuentistas 89)
Hay, en palabras del narrador omnisciente, una “ruptura”: algo se rompe en el interior de la protagonista de tal forma que, una vez tomada la decisión, sus acciones y movimientos, las decisiones subsecuentes se dan como cascada: abrir el cuarto, cambiarse de ropa, hacer la maleta, abrir la puerta de la habitación de su hija mayor, “despedirse” de ella, salir de su casa… encontrar el amor.
¿Por qué deja a su hija mayor? ¿Por qué ya está grandecita y puede valerse por sí misma?, ¿por qué no quiso dejar solo al “negro”? ¿o porque, simplemente, es hija del “negro” y de él no quiere nada”? Si su vida será con Tomás, será con él y con la hija de ambos, sin pasado, sin sombras, sin recuerdos. Sorprende nuevamente la protagonista, ante los ojos de escándalo del lector, ella no es una abnegada madre mexicana, por lo tanto, tiene un amante, tiene una hija de su amante, abandona al marido y abandona a la hija que tuvo con el marido ¡horror de los horrores!, ¡qué mala madre! Tal vez, estamos delante de una nueva Medea que no mira hacia atrás y que no duda en lo que tiene que dejar para poder ser libre.
Vadillo rompe con el esquema de un sistema de hogar y de madre mexicanos y ofrece una salida a su protagonista que nos parece natural, lógica y consecuente. No hay cuestionamientos morales, no hay lugar para escrúpulos. La vida está ahí, bajo el tulipán, la tomas o la dejas.


Bibiografía
Forster, E. M. Aspectos de la novela. Madrid: Debate, 1983.
Ingarden, Roman, La obra de arte literaria, México: Taurus/Universidad Iberoamericana, 1986.
Vadillo, Carlos. “Bajo el tulipán” en Cuentistas de Tierra adentro II. Héctor Carreto (comp.). México: Fondo Editorial Tierra Adentro, 1994, p. 86-89.

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