Critica de la nueva narrativa Mexicana

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ACERCAMIENTO CRÍTICO AL CUENTO “EL DESCONOCIMIENTO”, DE CRISTINA RIVERA GARZA

ACERCAMIENTO CRÍTICO AL CUENTO
“EL DESCONOCIMIENTO”, DE CRISTINA RIVERA GARZA
por Carolina González Alvarado
Hablar de géneros y de literatura femenina, si en realidad es adecuado utilizar este término, es hablar necesariamente de la identidad de la mujer.

   La identidad genérica de la mujer es aquella dimensión del proceso de identificación donde se reconoce que se pertenece a un género específico que orienta y articula la experiencia de la mujer como individuo.
    De este modo, lo femenino como género y creador de identidad se define por el contexto social en que se desenvuelve la mujer. Tanto su subjetividad como la identidad “[…] son procesos que se dan simultáneamente a nivel social e individual pero, en tanto la construcción de la última se da precisamente a través de la identificación, nos ubica ante la confrontación de grupos sociales que se aglutinan con base en la semejanza.” (Castañeda 34)
    De esta manera, la identidad de la mujer no se limita a ciertas características físicas sino al conjunto de distintivos sociales y cualidades subjetivas que la caracterizan real y simbólicamente. La identidad femenina se vincula así al momento histórico y cultural por el que atraviesa una sociedad, así como un momento específico en la vida de la mujer. Es por ello, que para hablar de literatura escrita por mujeres, incluso actualmente, no es hablar sólo de un género sino de la forma en que, a través de su propia visión, la mujer configura el lenguaje y construye una realidad a partir de su individualidad.
    Una de esas mujeres es Cristina Rivera Garza, escritora mexicana nacida en 1964, en Matamoros, Tamaulipas, quien violenta los discursos literarios en los que la mujer es un ente débil y sumiso para mostrarnos en el cuento “El desconocimiento” (publicado en el periódico Crónica dominical y posteriormente incluido en la antología Los mejores cuentos mexicanos del 2005 por Planeta) personajes femeninos que se desenvuelven fuera del ámbito doméstico fincando su realidad sobre los cimientos de la independencia y la soledad.
    El cuento va en contra de los preceptos de mesura, abstinencia y castidad que caracterizaron durante distintos periodos a los personajes femeninos en la literatura. De esta manera, Cristina construye un personaje que narra los sucesos del cuento desde su propia voz.
    Los personajes y la historia de las mujeres se desarrollan dentro de un mundo postmoderno basado en la necesidad de replantear su identidad sobre nuevas bases de la naturaleza humana.
Dentro de este contexto, la historia de este cuento juega con la veracidad y la mentira en donde la única posibilidad de verdad está en el pasado que sigue ocurriendo y se reconstruye desde nuestro momento, el momento de la lectura. 
En una atmósfera opalescente, en la que se confunde la verdad y la mentira por la ambigüedad de los hechos narrados, la espera se convierte en un conflicto de fuerzas, es decir, en el interés que mueve la acción y la despliega en el principio de la narración.
El cuento es narrado por un personaje femenino que se desarrolla dentro la diégesis y, por medio de una gran analepsis, va hacia un pasado que no es un territorio firme y ya hecho sino algo que está a punto de suceder.
El tiempo diegético, es decir, aquel en que se desarrolla la historia, es, aproximadamente, un día: la acción de narrativa empieza a las ocho de la noche y termina a la seis de la tarde del día siguiente. Dentro de la diégesis, el tiempo se convierte en el disparador de las acciones, ya que el encuentro entre los dos personajes femeninos se da por la hora que, a su vez, determina el lugar del primer contacto entre ellos.
Si bien el tiempo está manejado cronológicamente y de manera lineal, los acontecimientos ocurridos durante, y básicamente en esa noche, son una forma de representar el encuentro fugaz de dos personas. De este modo, el tiempo de la historia se liga al tiempo del discurso y se diluye con el espacio y las acciones de los personajes.
Así como el tiempo determina los lugares, éstos, a su vez, configuran las acciones de los personajes. La acción narrativa se desarrolla en lugares públicos, lugares impersonales, lugares anónimos en donde la identidad se disuelve con el espacio. 
En primer lugar, está la banca de un parque: ahí se da el primer contacto entre Ángeles y la protagonista. La banca del parque es, dentro de la realidad representada de la narración, un lugar de encuentro entre Ángeles y su hombre, como cuenta la voz narrativa: “La banca del parque donde estábamos platicando era su punto de encuentro y, de aquí, usualmente se iban caminando al hotel más cercano sin hablar demasiado.” (Rivera 103)
Una vez que empieza a llover, deciden irse a un bar, -una vez más- un lugar indefinido e impersonal: “[…] en realidad un hueco en un resquicio de la ciudad, un lugar de techos bajos y susurros entrecortados.” (Rivera 104) En la medida en que avanza la narración, es posible descubrir que los lugares por los que vagan los personajes son lugares significativos para Ángeles, lugares a los que ella solía ir con su hombre; por ejemplo, el bar, como ella misma lo dice, “[…] es el sitio favorito de él y el mío también.” (Rivera 105)
De esta manera, el entorno en el que se desenvuelven los personajes es una forma indirecta de caracterizarlos, pues funge como una extensión y explicación de uno de ellos: Ángeles. Sin embargo, siguen siendo lugares pasajeros, lugares por los que simplemente se pasa, pero que se convierten, dentro de la diégesis, en espacios de acción que –como menciona Marc Augé− no pueden definirse ni como espacios de identidad ni como relacionales ni como históricos, sino como no lugares. Son lugares en que, por su impersonalidad, impiden el contacto, el acercamiento; son lugares públicos “[…] en los que se configura un mundo prometido a la individualidad solitaria, a lo provisional y a lo efímero.” (Augé 84) La voz narrativa observa y narra desde una individualidad indefinida, dando fe de un contacto efímero dado en un no lugar.
Si bien todos los lugares del relato son públicos, en el último lugar que visitan, el hotel, ocurre algo distinto, algo que puede verse tanto en la descripción del espacio como en las acciones que ocurren en él: “[…] Nos aproximábamos a un edificio de cantera con ventanas largas y balcones de hierro. Cuando empujamos la pesada puerta de madera y cruzamos el pasillo estrecho, apenas alumbrado por la luz turbia de un par de lámparas color marrón, comprendí que nos habíamos adentrado en otro siglo.” (Rivera 108)
Gracias a la descripción que brinda atributos particularizantes al espacio, es posible interpretar que en el hotel se concentra el tiempo, pues se convierte en un indicador del tiempo que pasa, pero que sobrevive y se retiene “[…] en el cuarto de paredes salitrosas y muebles desvencijados” (Rivera 108) del hotel.
De este modo, la descripción del espacio funciona como un sistema de referencia y principio de organización del texto, aunque también crea sensaciones. Así, el discurso de la voz narrativa proyecta fuera de sí mismo otro espacio que se opone al “aquí” de la enunciación, como menciona Luz Aurora Pimentel.
Así,  la descripción se convierte en un lugar privilegiado para la iconización, en donde la cantidad de detalles descriptivos y la precisión en la narración da los distintos ritmos temporales del relato, así como los distintos grados de ilusión de realidad.
El narrador construye y ubica al lector, por medio de detalladas descripciones, en una especie de subrealidad dentro de la cual las descripciones de los lugares construyen la topografía del discurso, pues convergen en él los valores temáticos y simbólicos del texto narrativo.
Aunque es importante señalar que en esas descripciones focalizadas, el punto cero de la dimensionalidad es el observador-actor que asume el contenido y la forma de descripción una vez dentro del hotel y, más específicamente, en el baño del cuarto. Así, se observa lo que le ocurre a la voz narrativa protagonista:
Ya vacía, me dirigí al lavabo para enjuagarme la boca y me di las buenas noches frente al espejo. Vamos chica, tienes que salir de todo esto, esa mujer está loca, Xian salte de aquí, tú sólo eres humana. Al acordarme de mi nuevo nombre me sonreí, decidí que me gustaba ser una desconocida que se habla a solas frente al espejo en el que tantos otros desconocidos seguramente se habían hablado. Sin identidad, regresé hacia el lugar que ocupaba Ángeles. Temía por ella. (Rivera 109)
Si bien el hotel es un lugar público, cuando los personajes femeninos se encuentran en el cuarto hacen suyo ese espacio, se adueñan del cuarto que antes fue y después será de alguien; por lo tanto, este no lugar “[…] es un palimpesto donde se reinscribe sin cesar un juego intrincado de la identidad y de la relación.” (Augé 84) Cada visitante, cada huésped del hotel fija su historia, por muy −aparentemente− superficial que ésta sea, creando así una atmósfera, un sistema de significación ideológico-cultural que se superpone al espacio.
De esta manera, el encuentro entre los personajes a menudo pone en contacto al individuo con una imagen de sí mismo, como ocurrió con la protagonista que se ve en el espejo: ve su propia imagen, se reconoce y se disipa en la no identidad, en la perdida de sí misma en el mar de lo indefinido.
Ambos personajes principales, Ángeles y la voz narrativa intradiegética, son representados dentro de una atmósfera opalescente, casi enferma.
La voz narrativa −bautizada como Xian por Ángeles− cuenta, desde la primera persona en singular, acontecimientos pasados; utilizando un estilo indirecto libre, la protagonista irrumpe, de cuando en cuando, en la narración con un discurso personal que nos permite conocer el mundo representado del relato a través de su propia visión, a través de sus ojos.
Por otro lado, los personajes funcionan como agentes de acción narrada, pero se transforman en la medida en que avanza la narración; empezando por Ángeles, mujer hermosa en espera de su hombre, en espera de ese personaje misterioso de quien hablará toda noche. “Su” hombre, este pronombre posesivo le otorga a la mujer pertenencia, lo que nos hace pensar que entre ellos existe una relación pasional, una relación en la que uno se posee al otro; no se ama, sino se posee: se es dueño.
Al continuar la narración, Ángeles seduce y juega con la protagonista, quien se deja caer en un erotismo misterioso que, recordando a Octavio Paz, es convertido en metáfora, en representación, en ceremonia: “Esperé a que se quitara el corpiño, esperé a que se tejiera los rizos en una delgada trenza, esperé todo el tiempo […]”, narra la protagonista (Rivera110).
    Oscura y sutil, la escena crea una atmósfera íntima, sublime, cuyos significados se vuelcan a una poética corporal en la que el amor físico no se consume, pues está presente el deseo hacia un ser imposible, inalcanzable: “Ya desnuda se tendió a mi lado. Su cuerpo blanco entre sábanas blancas era la síntesis de algo hermoso, algo único, algo terriblemente bello porque está abandonado y al alcance de la mano y es intocable.” (Rivera 110)
Por otro lado, es importante observar que la voz narrativa crea el retrato de Ángeles, focalizándola −desde su conciencia− en un sistema representativo de sensaciones, descripciones y diálogos. Sin embargo, la caracterización de los personajes se encuentra también en su discurso que es, al mismo tiempo, fuente de acción, de caracterización y de articulación simbólica e ideológica de los valores del relato.
    De este modo, los efectos de sentido dados por las formas de caracterización se traducen en un ser y hacer de los personajes. Xian narra y actúa, describe y construye el retrato de Ángeles, así como su identidad física y moral; por ejemplo: “Me impresionaron sus ojos risueños, habitados de tranquilidad, llenos de esa calma de los que tienen dinero y pueden beber hasta que el cuerpo aguante.” (Rivera 105)
El deseo, como uno de los elementos que tejen la trama del relato, al final del texto se vislumbra como la aspiración de perpetuarse en la eternidad. Los grandes cielos hacen soñar con la eternidad, dice Marc Augé. El parque, como espacio simbólico, y la forma en que Xian ve alejarse a Ángeles representa aquella noche que encerró un tipo de eternidad, paradójicamente, efímera en la que el universo representado dentro del cuento se reduce a una escena en donde reinan la soledad y el silencio.
 
Bibliografía
Augé, Marc. Los no lugares. Barcelona: Geisa, 2005.
Castañeda Salgado, Martha Patricia, et al. Bosquejos…identidades femeninas. México: Universidad Iberoamericana, 1995.
Pimentel, Luz Aurora. El relato en perspectiva. México: Universidad Nacional Autónoma de México, 1998.

Derechos Reservados por Crítica de la nueva narrativa mexicana.

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