Critica de la nueva narrativa Mexicana

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LOS CAMINOS DE UNA CONVERSIÓN (EN “HONRARÁS A TUS PADRES”, DE JORGE SKINFIELD )

por Silvia Ruiz Otero

Dice Lazlo Moussong, en la presentación del volumen en el que está antologado el cuento que nos ocupa, que “[…] la joven escritura literaria asume su destino en la interiorización de lo cotidiano que […] se expresa a través de compenetrarse en el ser humano; en los juegos de las relaciones humanas; en el conflicto psicológico hasta la enajenación mental […]” (Moussong 9). Es precisamente esto último lo que queremos entender cuando leemos el cuento de Skinfield : el proceso por el cual una niña-adolescente llega a convertirse en un ser monstruoso que se ubica más allá del bien y del mal, trastocando lo que entendemos por conciencia moral por una conciencia sin escrúpulos que se autojustifica y se redime a sí misma. Julia Kristeva habla del mundo de hoy afirma que:

[…] los habitantes del planeta mediático, sometidos al stress, las imágenes y los antidepresivos, padecen lo que he llamado las "nuevas enfermedades del alma": el mismo espacio psíquico se encuentra amenazado, estamos a punto de perder el "fuero interior" en el que el hombre occidental amparaba en otro tiempo, con la plegaria y la introspección, su capacidad de representar y juzgar el cosmos y los otros; y esa pérdida desemboca directamente en la autopista de las enfermedades psicosomáticas, la corrupción y el vandalismo. (Kristeva I)


  Jorge Skinfield nació en Pachuca, Hidalgo, en 1962.
  Que sigue una estructura absolutamente “clásica” y, sin embargo, es la selección del tema y su tratamiento lo que lo hace fresco. Bernardo Ruiz, hablando de la estructura del cuento, afirma que: “El orden natural, clásico, del cuento implica una introducción al asunto —o intriga, o conflicto—, un desarrollo del tema por medio de las acciones de los personajes (que Aristóteles llamaba crisis); un clímax y un desenlace. Con este procedimiento, la historia es fácilmente seguida por el lector o por una audiencia.” (Ruiz 41.) Por eso el cuento de Skinfield es de una lectura fácil y, al mismo tiempo, profundamente dolorosa.

Para tratar de penetrar en el interior del personaje protagonista, que es también la narradora, no encontré mejor camino que establecer un diálogo con ella .
Es bueno encontrarse con una Miss Lupita, sobre todo cuando eres una niña que vive el acoso constante, los insultos y el desprecio de quienes te rodean y, si, para colmo, vienes de una familia disfuncional con un padre alcohólico y una madre que sólo sonríe cuando sale con hombres, las palabras balsámicas de una profesora en quien confías pueden moverte a una verdadera conversión y a cambiar tu vida entera para tranquilidad de tu alma y el bien de los demás.
Digamos que, sin una Miss Lupita, la vida no tiene sentido, vives con el nudo en la garganta y lo único que te consuela es la idea de la muerte porque en la otra vida, piensas, “nadie me diría mugrosa y no habría niñas rubias que me molestaran” (Skinfield 56)
Porque, a decir verdad, quién sabe qué te molesta más, las burlas de Clara o el no poder desmentirla cuando te grita: “—Esta es una escuela decente, no deberían aceptar a la hija de un borracho y una p... […]—Oye, mugrosa, no deberías estar aquí, dedí¬cate a lavar los baños, a recoger la basura.” (Skinfield 55-56) ¡Cómo la odias!, es una “virgen malvada” que goza haciéndote sufrir e invitando a sus amigas a lastimarte con sus burlonas carcajadas.
Y tú creías que eras mala, tonta e inútil. Pero, aparece Miss Lupita, te dice que no, que no eres mala, te pide que, en lugar de luchar contra el mundo esperando que cambie, que mejor cambies tú.
Porque sabes que no eres tonta, tiene razón Miss Lupita, eres muy inteligente, eres trabajadora y diligente y, además, eres piadosa, sabes rezar y llegas a momentos extáticos en los que hasta ves moverse las manos de los santos de la iglesia. Eres una niña buena capaz de inscribirte en el taller de primeros auxilios (siempre es bueno saber cómo controlar una hemorragia, como evitar el dolor,


  “Es posible lograr […] que la trama revele al personaje y su ambiente; que revele los secretos escondidos, íntimos, o sea, ‘reales’ de la vida, y que su simple desarrollo sea ya un deleite.” (Welty 178).

vaya, hasta cómo amputar una extremidad, ¿verdad?), de ayudar en el laboratorio (en donde hay tantas substancias tan útiles en un momento dado, porque ahí está, por ejemplo, el cloroformo con el que duermen a los conejitos antes de meterles el bisturí), de ir todas las tardes a la iglesia a rezar por la gente que sufre (¿fue ahí en donde te diste cuenta de que realmente no eras tú quien más sufría, sino ellos: Clara, tu mamá, tu papá?), de encargarte de todas las labores de la casa (porque, claro, mamá no tenía tiempo puesto que tenía que atender a muchos hombres), de ir por los mandados, de cortar el pasto, de limpiar la cisterna (abandonada y olvidada desde que, años antes, se descompuso la bomba), y eres capaz hasta de poner flores en el comedor de tu casa.
Por supuesto que eres lista, pero lo más importante es que te volviste buena: preocupada por los demás más que por ti misma, aceptando las ofensas y los golpes como pruebas para crecer en fortaleza, que es decir, crecer en virtud. Desde que te volviste buena, esperabas una señal del cielo para proceder con el plan de salvación que habías pensado para ellos, los malos, los que sufren porque su maldad no les permite ser felices.
La señal llegó: “Mamá me dijo que eso era cursi y tiró las flores a la basura. Era la señal que estaba esperando, tenía que actuar rápidamente.” (Skinfield 57)
    Y, sí, actuaste rápidamente: apareció tu mamá y “de un solo empujón cayó en la cisterna” (Skinfield 57) la que, amablemente, habías acondicionado para que fuera habitable; porque la pobre mamá tendría que quedarse a vivir ahí, “a salvo de sus apetitos, de su maldad y de ella misma.” (Skinfield 57) Mamá tendrá mucho tiempo para pensar, para arrepentirse, para darse cuenta de lo buena y valiosa que es su hija; en la cisterna nadie la visitará, nadie la invitará a pecar, ahí nadie la oye, es más, nadie, excepto tú, sabrá en dónde está; probablemente, como tu papá, la gente pensará que se fue con alguno de sus muchos amantes.
    Para papá, la situación decidida por ti es algo distinta: el pobre es un borracho al que hay que alejar de los lugares de perdición: las cantinas y los burdeles. La única forma es aplicar tus conocimientos de primeros auxilios, echar mano de los materiales que sacas del laboratorio de biología (“Algodón, cloroformo, una sierra”) (Skinfield 57)e impedir que vuelva a caminar hacia esos nocivos lugares. El único problema es que “grita mucho”. Pero, como eres lista, sabes cómo acabar con esos gritos: “[…] tal vez deba encerrarlo con mamá, así estarán juntos y podrán ayudarse.” (Skinfield 57)
    Pero, hay una persona más a quien hay que salvar de sí misma, a la que hay que llevar por el camino del sufrimiento para “[…] que Dios la perdone y la ayude a ser buena.” (Skinfield 57), una virgen malvada de cabellos rubios y ojos verdes que no sabe hacer otra cosa que ofender y que necesita urgentemente de tu ayuda. Sí, ya tienes la solución para la maldad de la pobre Clara: “[…] un poco de ácido para sus lindos ojos verdes.” (Skinfield 57)
    Todo, entonces, habrá cambiado, tú, salvadora del prójimo, serás amada y nadie te hará sentir mal; ellos tendrán la oportunidad de expiar sus culpas a través del sufrimiento, del encierro, de la invalidez; ocupados en su pena, ya no tendrán tiempo para lastimarte y, mucho menos, para hacer cosas malas. Los salvaste de sí mismos. 
Y, a ti, ¿quién te salvará?, ¿te salva, acaso, esta escritura? , ¿esta especie de confesión, al día siguiente de haber dejado a tu padre sin piernas, es el camino de tu redención?, ¿por qué la necesidad de expresarte, de comunicar tu proceso y tu conversión? En el fondo de tu ser, ¿no sientes remordimientos que te roen las entrañas?, tal vez este acto de confesión te ayuda a rumiar las faltas


  Así es como toma sentido el epígrafe elegido por Skinfield: “… y se les mandó que no dañasen a la hierba de la tierra, ni cosa verde alguna, solamente a los hombres que no tuviesen el sello de Dios en sus frentes.” Apocalipsis.
  “En cuanto a la literatura, ella representa una vigorosa fuerza de exorcismo del mal radical y del horror y sucede a la simbolización religiosa, al situarse lateralmente en relación con otros discursos […]” (Sichere202).

cometidas en lo más hondo de tu ser. Dice el filósofo francés Paul Ricoeur , en su “Simbólica del mal” que “[…] estas dos metáforas de la carga y de la herida hablan por sí mismas de los alcances existenciales de la experiencia [puesto que hay una conciencia] de estar agobiado por un peso aplastante […]” (Ricoeur, Simbólica 171)
    ¿Somos tus lectores un tribunal implícito que calibra la gravedad de tus actos, pero que está imposibilitado para imponerte un castigo?
    ¿O es que buscas liberarte y sanarte gracias a este acto de confesión? Y es que, cuando la palabra se vuelve confesión, libera y cura:
[...] la confesión da salida y expresión a la emoción, proyectándola fuera de sí, evitando así que se encierre sobre sí misma, como una impresión del alma. El lenguaje es la luz de la emoción. La confesión coloca la conciencia de culpabilidad bajo los rayos luminosos de la palabra. Por la confesión el hombre se hace palabra hasta en la experiencia de su absurdidad, de su sufrimiento y de su angustia. (Ricoeur, Simbólica 171)
¿Experimentas, acaso, esa experiencia de “descargar la culpa”? ¿O es que ni siquiera sientes culpa? Porque, si no tienes culpa, entonces, ¿por qué contarme lo que hiciste y lo que vas


  Paul Ricoeur nació en Valence, Francia, en 1913; estudió en las Universidades de Rennes y de París; se licenció en filosofía, en 1935, y después enseñó durante un tiempo en el Liceo de Saint Briene et Colmar. En 1939, al estallar la Segunda Guerra Mundial, realizó actividades en contra de los alemanes, fue hecho prisionero enviado a un campo de concentración; en 1945, con el término de la guerra, fue liberado. Después de la guerra, apareció su primer libro, en colaboración con M. Dufrenne, llamado Karl Jaspers et la Philosopie de l’Existence (1947) y, más tarde, apareció su obra acerca de Gabriel Marcel y Karl Jaspers. En 1950, Ricoeur obtuvo su doctorado en Letras con una tesis sobre la “Filosofía de la voluntad” que se publicó ese mismo año con una traducción, una presentación y diversas notas a la obra de Husserl, Ideen. A partir del 1948, Paul Ricoeur formó parte del cuerpo docente de varias universidades, hasta que fue nombrado Decano de la Facultad de Ciencias Humanas en la Universidad de París X-Nanterre. En la década de los sesenta, se empiezó a notar en Ricoeur una marcada orientación hermenéutica en sus escritos: De l’Interprétation –Essai sur Freud- (1965); Le Conflict des Interprétations –Essais d’herméneutrique- (1969); La Métaphore vive (1975); Temps et Récit –3 vol.- (1983-85); Du texte á l’action –Essais d’Herméneutique II- (1986) y Soi-meme comme un autre (1990), entre otros. A principios de los sesenta, empezó a impartir cátedra en la Universidad de Chicago, en donde enseñó hasta 1990; en esta universidad tuvo contacto con pensadores como Paul Tillich y Mircea Eliade. En 1968, Ricoeur recibió su primer Doctorado Honoris Causa por la Universidad Católica de Nimega; a lo largo de su vida ganó una gran cantidad de premios entre los que se encuentran el Premio Hegel, en 1987, y el Premio Nacional de Investigación en Humanidades en Francia, en 1991. Murió en París, en mayo de 2005.

a hacer? Y, si sí vives con culpa, entonces, ¿buscas mi perdón? ¿Necesitas de mi perdón porque necesitas sentirte bien, sentirte viva?: “[...] el perdón está ligado indivisamente con la curación, la ruptura de las cadenas y ataduras, y la liberación.” (Ricoeur, Finitud 247)
    Lo que es evidente es que, más bien, buscas tu propia salvación; porque existe una salvación trágica: consiste ésta en una especie de liberación estética producida por el mismo espectáculo de la tragedia. Esta salvación lleva implícita una liberación (Cfr. Ricoeur, Finitud 326).
    Te quieres salvar, pero no te quieres salvar sola; como buena cristiana, tu salvación es con los demás. Por eso salvaste a Clara y a tu madre y a tu padre de su propia miseria y, después, te salvas tú a través de una confesión que nadie te pidió. Yo creo que esperas, sobre todo, auto-perdonarte, redimirte a ti misma a través de tus palabras, por eso cuentas y recuentas los hechos, como si quisieras justificarte. Encontraste en la palabra la vía perfecta de “salvación estética” que nos permite compartir tu tragedia como espectadores-lectores-testigos solidarios… Si te digo que eres muy, pero muy buena.
Bibliografía
Moussong, Lazlo. “Presentación” en Cuentistas de Tierra Adentro III. México: CONACULTA/Fondo Editorial Tierra Adentro, 1977.
Chávez Castañeda, Ricardo y Celso Santajuliana, La generación de los enterradores: una expedición a la narrativa mexicana del tercer milenio. México: Nueva imagen, 2000.
Kristeva, Julia. “Prólogo a la edición en castellano: La libertad y el mal” en Sichere, Bernard. Historias del mal. Barcelona: Gedisa, 1997.
Ricoeur, Paul. “La simbólica del mal” en El conflicto de las interpretaciones: Argentina: La Aurora, [197?].
-----------------Finitud y culpabilidad. Madrid: Taurus, 1986.
Ruiz, Bernardo. De escritura: el relato y la novela. México: Plan C editores, 2006.
Sichere, Bernard. Historias del mal. Barcelona: Gedisa, 1997.
Skinfield, Jorge. “Honrarás a tus padres” en Cuentistas de Tierra Adentro III. México: CONACULTA/Fondo Editorial Tierra Adentro, 1977, 55-58.
Welty, Eudora. “La lectura y la escritura de cuentos” en Zavala, Lauro. Teorías del cuento 1: Teorías de los cuentistas. México: Universidad Nacional Autónoma de México, 1995.

Derechos Reservados por Crítica de la nueva narrativa mexicana.

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