Critica de la nueva narrativa Mexicana

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MÁS ALLÁ DEL BIEN Y DEL MAL: INTERROGANDO A “INTERROGUEN A SAMANTHA”, DE GUILLERMO FADANELLI

por Silvia Ruiz Otero

“Interroguen a Samantha”, de Guillermo Fadanelli , es un cuento de cinco páginas que se presta a múltiples interpretaciones. Las unidades de sentido (oraciones, como unidades mínimas de sentido y los párrafos, como unidades básicas de sentido) que lo conforman son, desde las primeras secuencias, polisémicas.

    Vayamos recorriendo el cuento, poco a poco, como quien recorre una casa, para, paulatinamente, optar por una aproximación hermenéutica que nos dé luz sobre la carga intencional  que Fadanelli pone en este texto. Porque, así como nos damos cuenta de cómo son las personas que habitan una casa por lo que la casa misma habla de ellas, así un texto que se recorre con calma, y varias veces, nos habla de lo que el sujeto lírico que lo creó quiso decir consciente e inconscientemente.

En la primera secuencia, el narrador describe el estado actual de la vida de Adolfo, el padre de Samantha quien, según veremos, se va convirtiendo en el protagonista del cuento, a pesar de su título.
Adolfo es un hombre relativamente joven (raya en los cuarenta) que lamenta la muerte de su esposa (acaecida cinco años después de haber rentado el departamento en el que la familia vive) en lo que se podría llamar un “accidente doméstico”. El joven viudo se siente agobiado por el trabajo que ahora debe hacer él en el hogar como, por ejemplo, limpiar las ventanas. Su lamento podría parece absolutamente banal y fruto de la pereza pero, en realidad,


  Guillermo Fadanelli (México, D.F., 1960) es novelista, cuentista, editor y ensayista, entre sus obras están; El día que la vea la voy a matar; La otra cara de Rock Hudson; Para ella todo suena a Frank Pourcel; Te veré en el desayuno; y edita la revista Moho.
  Hay que tener muy clara la distinción entre intencionado e intencional; en tanto que lo intencionado se refiere a la razón, causa y objetivo o fin de una acción; y lo intencional se refiere al modo de existir de las entidades cuya existencia no es ni real ni ideal y que apelan a una conciencia que las ponga en la existencia, así, los entes intencionales por excelencia son las ideas y las imágenes y las plasmaciones de éstas, sea materia fónica o materia gráfica.

lo que está echando de menos es la presencia de su esposa, quien se ocupaba de todas esas “pequeñeces” importantes para el buen funcionamiento de una casa.
Así, el texto manifiesto lleva, como un buen esse viale, a un texto oculto que inevitablemente se va tejiendo en el acto de leer.
    Desde este primer momento, captamos un ambiente de desencanto, de soledad y de hastío porque esa es la mirada del personaje. No hay nada aquí de la casa de la que habla Bachelard, en su Poética del espacio, no estamos ni remotamente cerca de la casa-refugio ni de la casa-nido, ni de la casa-madre ni de la casa-protección; estamos, más bien, ante lo que él llama la casa-cosmos: “Hay que decir, pues, cómo habitamos nuestro espacio vital de acuerdo con todas las dialécticas de la vida, cómo nos enraizamos, de día en día, en un ‘rincón del mundo’[…] Porque la casa es nuestro rincón del mundo. Es —se ha dicho con frecuencia— nuestro primer universo. Es realmente un cosmos. Un cosmos en toda la acepción del término.” (Bachelard 34)
Parecería que, dentro de la más pura cepa matriarcal, muerta la esposa-madre, el nido queda vacío y sin encanto, la casa pierde su razón de ser y los habitantes deambulan en ella huérfanos y con el corazón frío.
    Ante el sinsentido surgen preguntas absurdas como: ¿por qué una ventana que siempre está cerrada se ensucia? —llamo aquí la atención sobre la importancia que, poco a poco, irán cobrando los vidrios y cristales , las ventanas y los aparadores ; también llamo la atención sobre la noción análoga de “suciedad” porque será usada en momentos posteriores del cuento con variadas cargas de sentido—, o bien, ¿por qué se ensucia tanto la duela?; y, también, surgen las preguntas que queremos y casi nunca podemos decir: ¿por qué murió mi esposa?, ¿por qué tengo que ser padre y madre de Samantha?


  “[…] su transparencia que es uno de los más bellos ejemplos de unión de los contrarios […]” (Chevalier 358-60).
  Que, por supuesto, están para dejar ver más allá de ellos y no para ser vistos; están para dejar pasar la luz y no para opacar la visibilidad; son, en el más puro sentido, medios perfectos para el paso de la luz.

Sin embargo, estas preguntas se hacen, muy al estilo de Fadanelli, sin lloros ni aspavientos, de la manera más natural, porque no hay una mirada al cielo esperando respuestas ni angustia alguna en los cuestionamientos; lo único que llegamos a percibir en Adolfo es un cierto cansancio con un claro matiz de fastidio; pero, aun esto parece tan natural como cualquier otro elemento del paisaje cotidiano del personaje, incluyendo las ventanas sucias y su precoz estado de viudez:
Si fuera un enterrador o un obrero lo entendería, pero ¿cuál era la razón para que un periodista se levantara y se acostara siempre de tan mal humor? En la opinión de Adolfo ambos estados se hallaban íntimamente ligados: el agotamiento nublaba su carácter y lo convertía en un ser irascible. Con cuánto gusto rompería los cristales de su ventana para evitar limpiarlos. (Fadanelli 67)
    La vida de Adolfo transcurre entre su casa y su trabajo, en un periódico. Ve poco a Samantha, aunque no se nota que haya una mala relación entre ellos. Samantha llega de la escuela después de la una de la tarde, comen juntos y comentan cualquier cosa sobre las  tareas de Samantha y, después él se va a trabajar en un turno vespertino.
    La percepción de la vida rutinaria del padre y la hija se ve acentuada cuando se menciona que comerán ese día, miércoles, lo mismo que el día anterior. La comida no tiene importancia alguna, es un trámite más en su vida diaria.
    Al parecer, Samantha vuelve sola del colegio, lo que indica que es una niña independiente o que Adolfo es un padre poco aprensivo.
    Si algo define a Adolfo, es el cuestionamiento constante; le cuesta comprender su vida y le cuesta comprender por qué hace lo que hace. Su vivencia de las cosas y de su realidad nos recuerda el sentimiento del absurdo del que hablaba Albert Camus: no se trata del concepto de absurdo, se trata de un sentimiento, de la sensación de estar de más en el mundo, de no tener un lugar en la propia vida, con la consecuencia de un cansancio existencial que pesa y lleva al sinsentido y casi a la parálisis. Entre otras cosas, se cuestiona por qué siempre está de tan mal humor y concluye que debe ser por agotamiento, tanto que quisiera romper los cristales con tal de no limpiarlos.
    Para Adolfo, ni siquiera su trabajo en el periódico es motivante, por el contrario, el trabajo intelectual le cansa y su jefe, el director lo aburre con sus conversaciones frívolas. Así, el personaje está auténticamente sumergido en el tedio, ¿habrá algo que lo sacuda?, ¿algo que lo haga despertar de ese letargo absurdo? Tal vez Samantha, ella lo necesita, es una niña huérfana de madre que debe contar con él en los momentos importantes de su vida. ¿Es Samantha la salvación de Adolfo? Si este cuento fuera el guión de una telenovela, probablemente se dará un proceso de toma de conciencia y de rescate del sentido de la vida pero, éste es un cuento y, además, es un cuento escrito por Guillermo Fadanelli, entonces, ¿qué podemos esperar?
    Cuando todas las cosas tienen la misma importancia, entonces, ninguna la tiene en realidad. Por eso, la molestia de Adolfo por sentirse obligado a limpiar las ventanas pasa a segundo término ante la idea de ir a cortarse el pelo.
¿Por qué tomó la decisión de limpiar las ventanas? ¿Por qué una mañana se está dispuesto a realizar tal labor sin saber exactamente cuál es la causa? En todo caso ir a la peluquería para cortarse el cabello parecía un asunto bastante más urgente. (Fadanelli 68)
    Parece que, para nuestro personaje, el corte de pelo es una forma de romper la rutina, una forma de cumplir con ciertos ritos que pueden ser tranquilizadores. Pero esto es un “podría” porque no hay indicios claros en el texto de que así sea.
    Ese miércoles cualquiera, Adolfo es sorprendido por una llamada telefónica: es la directora del colegio de Samantha que lo llama con carácter de urgente porque su hija ha cometido una grave falta. Al fin, parece que la rutina se ha roto y que en la visa de Adolfo y su hija pasa algo que exige atención. Sale, así, el personaje de su prisión voluntaria, de sus cavilaciones y sus cuestionamientos para pensar en su hija.
    Tan se toma la cosa en serio el padre que se pone una camisa blanca (más formal no puede ser), se peina lo mejor que puede esa melena que ya le molesta y sale.
    Pero, la tendencia a las preguntas es ya un hábito en Adolfo y no puede evitar preguntarse qué cosa tan grave era lo que había hecho su hija y, al mismo tiempo, ¿por qué seguía en ese trabajo. Toma una decisión: dejaría el trabajo en le periódico en cuanto surgiera una buena oferta en otro lugar, tal vez en el canal cultural en donde podría entrar gracias a un amigo.
    Parece que al salir de su departamento, Adolfo pisa la realidad, como si la calle fuera otro mundo. Pero, ese día su salida al mundo es diferente y hasta rompe con la costumbre de no revisar el buzón porque ese miércoles hay una novedad en su vida: su hija Samantha se portó muy mal.
    El colegio queda a unas calles de su casa, en diez minutos llega a la puerta de la Dirección del colegio. Al fin sentimos, como lectores, que estamos a punto de tocar algo importante porque, para entonces, ya estamos tan hastiados como Adolfo y buscamos salir de esa sensación.
La oficina de la Dirección del colegio es como cualquiera otra; sin embargo, llama la atención del padre una vitrina de limpios cristales que contiene la bandera nacional. Ahí está Samantha, con la mirada baja; también estaban la directora y los padres de un alumno, éstos con el rostro acongojado y visiblemente consternados.
Ya dentro de la oficina se encontró con una escena inesperada: junto a una vitrina que contenía la bandera nacional, estaba su hija con el rostro inclinado mirando al piso. Justo en el costado opuesto se hallaba una pareja de rostro acongojado y semblante triste. La directora del colegio dio unos pasos delante de su escritorio para saludar al recién llegado y le pidió se colocara a un lado de su hija. (Fadanelli 69)
    ¿Era tan grave lo que había hecho Samantha que el lábaro patrio daba fe de su maldad?, nos sorprende el ambiente de congoja y la indignación de la directora contenida por modales educados y corteses pero, sobre todo, nos sorprende conocer a Samantha y verla en esa actitud que habla de tristeza ¿o de vergüenza?
    Adolfo, contra lo que esperamos, no se muestra sorprendido sino que experimenta un mal humor provocado por lo que, en última instancia, siempre se lo provoca: el no entender. ¿Qué diablos está pasando?, ¿por qué su hija está con esa actitud de rea sentenciada?:
El protocolo puso a Adolfo de muy mal humor […]¿Por qué su hija se encontraba tan amedrentada? […] Adolfo, que conocía bien el imperioso carácter de su hija, estaba intrigado por su comportamiento. ¿Por qué no se defendía? (Fadanelli 69)
    El mal humor de Adolfo es una bola de nieve que ha ido creciendo a lo largo de las horas: su jefe con su plática estúpida queriendo hacerlo cómplice de sus aventuras amorosas; su decisión de limpiar las ventanas del departamento; y, para colmo, tener que ver a su hija, en el colegio, en esa situación incomprensible.
    La Directora del colegio, sumamente indignada, explica a Adolfo que Samantha había estado en el baño con un compañero teniendo relaciones sexuales (las que se refiere como “coito” y “bochornoso”), al menos, eso aseguraban otros alumnos y un profesor que los encontró in fraganti y que daban fe de lo sucedido. Éste es un momento que Roman Ingarden 


  Roman Ingarden, filósofo, nació en Polonia en 1893. Fue discípulo de Twardowski en la Universidad de Lvov y de Husserl en la de Gotinga, ambos discípulos de Brentano. Ingarden desarrolló su vida académica y redactó casi toda su obra durante la Segunda Guerra Mundial, por lo que su pensamiento fue difundido hacia los últimos años de su vida gracias a las traducciones de sus obras al alemán y al inglés; recientemente sus obras capitales sobre literatura han sido traducidas al español por Gerald Nyenhuis, profesor emérito de la Universidad Iberoamericana de la Ciudad de México.

llamaría “culminante”  porque: conocemos a Samantha y la vemos en una situación comprometedora; porque Adolfo parece que ha despertado y está a punto de hacer algo importante, tal vez asumiendo su papel de padre-madre cabalmente; porque “los demás” existen y ejercen una fuerte presión social señalando a Samantha como culpable; y porque la autoridad, representada por la Directora, funge como parte acusadora y, al parecer, espera que Adolfo se solidarice con ella y, juntos, se vuelvan verdugos de Samantha.
    Sin embargo, Adolfo no reacciona como espera la Directora, se mantiene aparentemente indiferente, mientras que los padres del muchacho (apenas, pero suficientemente esbozados como dos humildes trabajadores) que cometió la falta con Samantha esperan apenados una violenta reacción por parte del padre de Samantha.
    ¿Y, Samantha? Samantha permanece muda, en espera del juicio condenatorio. Al parecer, todos: alumnos, profesores, directora han hablado y han sido escuchados. ¿Alguien ha interrogado a Samantha? No, a quien se acusa con tales pruebas no se le concede ni el derecho a hablar, no vale la pena interrogarla porque la vox pupuli la condena. El título del cuento es: “Interroguen a Samantha” y en esa unidad de sentido el autor ha tomado partido, Fadanelli se yergue como defensor de la niña y exige algo que ni Adolfo exige.
    Hay que decir algo a favor de Adolfo: no se indigna y no muestra ninguna actitud de rechazo hacia su hija. Adolfo se instala en el silencio y, con eso, se solidariza con su hija y, sin embargo, Adolfo, según su natural forma de ser, se cuestiona: él conoce a su hija y no entiende por qué no se defiende, por qué permanece en silencio. Irónicamente, él no se cuestiona a sí mismo su silencio ni su actitud apática ante la vida, ¿por qué se sorprende Adolfo de la actitud de Samantha cuando parece que ella es digna hija suya?


  Lo “grisáceo de nuestros días cotidianos” se ilumina y colorea gracias a un evento que se yergue como un “punto culminante” de nuestra existencia, no importa si se trata de una experiencia “espantosa” o de una “encantadora”, de cualquier forma, es una situación que rompe lo cotidiano y se señala a sí misma como culminante, significativa y única. (Cfr. Ingarden 342)

Ante lo que le parece una postura desagradable por parte de la Directora, Adolfo, fastidiado, le hace saber que no entiende cuál es el problema. Por supuesto, esto es lo último que la Directora esperaba oír y que, por supuesto, los padres del muchacho infractor jamás imaginaron.
—Yo no entiendo aún cuál es el problema —dijo Adolfo. Al escuchar sus palabras los padres del niño mo¬dificaron sus rostros acartonados y lo miraron con sor¬presa. Habían esperado una reacción tan diferente por parte del padre de Samantha. ¿Qué acaso no le importaba su hija? (Fadanelli 70)
Hay algo que, en este “momento culminante” no se comprende: ¿por que el niño con el que Samantha cometió tan “terrible” acción no está presente? La Directora ya ha dicho que optó por no convocarlo a esa reunión por miedo a la reacción de Adolfo; sin embargo, parece que Samantha, para la sociedad (¿por ser mujer?) sí puede estar presente y soportar todos los golpes y pasar por todo un proceso de humillación pública.
    Para mayor escándalo, el padre “ofendido” parece no dar importancia alguna a la virginidad de su hija ni a la pérdida de su inocencia. ¿Qué clase de padre es éste?, ¿no se da cuenta de la edad de su hija? Pero, para los lectores, hay una señal que hace que descansemos y sintamos aún más ternura por Samantha: su padre se acerca y la acaricia: “Acarició el cabello de su hija para hacerles saber a todos que estaba de su parte.” (Fadanelli 70) Es entonces cuando sabemos que Samantha no está sola y que su padre no necesita interrogarla porque, para él, no hay falta grave. Si Samantha ha perdido muchas cosas en las horas anteriores: buen nombre, el respeto de sus compañeros, la buena opinión de una Directora; pero, queda claro que no ha perdido ni perderá a su padre. La reacción de Adolfo no puede ser más maternal y seguramente reconfortó a Samantha ese gesto en el que le dice: yo no te considero culpable, yo no te condeno.
    La Directora, sorprendida, pregunta por la madre de Samantha, pero no obtiene respuesta, es nuevamente el arma de Adolfo la que aflora como escudo protector: el silencio. Una máscara contra otra máscara: el maquillaje de la Directora del que hay aspectos que vale mencionar: que no le cubre totalmente el rostro y que son polvos .
Hagamos un alto para observar cómo hay elementos, “aspectos esquematizados”, diría Ingarden, que están muy bien delineados y que, al mismo tiempo, opalescen con una muy sana ambigüedad que nos permiten ir más allá del texto manifiesto: “[…] una vitrina que contenía la bandera nacional […] rostro inclinado mirando al piso […] una pareja de rostro acongojado y semblante triste […] tan amedrentada […] y un profesor, alertado por el resto del estudiantado […] un acto tan bochornoso […] overol color azul marino […] una mascada en el cabello […] coito y bochornoso fueron pronunciadas por la directora del colegio con especial énfasis […] mo¬dificaron sus rostros acartonados y lo miraron con sor¬presa […] ¡Son unos niños! […] cómo podía ser tan joven y tan vieja al mismo tiempo […] la bandera y cuyos cristales parecían ser carísimos […]”.
Estos aspectos hacen que en este pasaje del texto los objetos representados (en este caso, los personajes y los objetos, como la vitrina de la bandera) realicen funciones simbolizantes que les permiten generar una atmósfera de tensión que rompe con lo plano del resto del relato.
    De pronto, la tensión se dispara: Adolfo rompe su silencio y hace una pregunta pero, se la hace a Samantha, ahora sí, Samantha es interrogada: “—¿Fue en el baño de hombres o en el de mujeres? —le preguntó Adolfo a su hija.” (Fadanelli 70) Obviamente, la Directora reacciona diciendo que eso no tiene importancia


  Y, nuevamente, aparece el polvo como un factor de ocultamiento, como el de las ventanas del departamento de los protagonistas.

 Adolfo a su hija con esta encomienda. Ella, asumiendo el papel, le hace una recomendación que, seguramente, su madre hacía: debes cortarte el pelo. Fin de la conversación y fin del asunto:
—Tienes que terminar de limpiar las ventanas del co¬medor —le dijo. Había encontrado un magnífico pretexto para dejar de hacer lo que había comenzado en la mañana por iniciativa propia.
—Sí, papá, y tú tienes que cortarte el cabello. (Fadanelli 71)
    La vida continúa: el padre besa en la mejilla a la hija antes de marchar. Atardece, la luz se va; terminó el momento culminante y todo vuelve a la penumbra. Adolfo se dirige al trabajo que tanto hastío le causa y se pregunta si su próximo cumpleaños lo afectará: pobre Adolfo, no se ha dado cuenta de que él ya está envejecido y que da lo mismo tener cuarenta que cincuenta; su estado natural es el hastío de vivir una vida sin sueños y, tal vez a Samantha tampoco le ha enseñado a soñar.
La semana siguiente Adolfo cumpliría 40 años y aún no estaba seguro si ello le causaría una depresión. Antes de marcharse besó a Samantha en la mejilla. La tarde co¬menzaba a nublarse y el taxi que lo llevaría a su trabajo estaba a punto de aparecer frente a sus ojos. (Fadanelli 71)
    Nada sorprendente este final de Fadanelli, conociéndolo, sabemos que no importa lo que pase a sus personajes, éstos permanecen en un estado muy similar a un limbo (¿o Paraíso?) en el que todo es natural y en donde no existe un “Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal”. Más nietzscheano no puede ser.
    Después de todo, dice Julia Kristeva, y lo podemos aplicar a Fadanelli: “Nombrar el mal, por el contrario, seguirle la pista nos ubica en el goce de los hombres y mujeres, permite hacer historias del mal para no sucumbir al mal.” (Kristeva VI)
Bibliografía
Bachelard, Gastón. La poética del espacio. México: Fondo de Cultura Económica, 1986.
Chávez Castañeda, Ricardo y Celso Santajuliana. La generación de los enterradores: una expedición a la narrativa mexicana del tercer milenio. México: Nueva imagen, 2000.
Chevalier, Jean, y Alain Gheerbrant. Diccionario de los símbolos. Barcelona: Herder, 1986.
Fadanelli, Guillermo. “Interroguen a Samantha” en Los mejores cuentos mexicanos 2001. México: Joaquín Mortiz, 2001, 67-71.
Ingarden, Roman. La obra de arte literaria. México: Taurus/Universidad Iberoamericana, 1986.
Kristeva, Julia. “Prólogo a la edición en castellano: La libertad y el mal” en Sichere, Bernard. Historias del mal. Barcelona: Gedisa, 1997.

Derechos Reservados por Crítica de la nueva narrativa mexicana.

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