Critica de la nueva narrativa Mexicana

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LA BESTIALIDAD HUMANA EN AMADÍS DE ANÍS, AMADÍS DE CODORNIZ

por Wendy Alcántara



El relato es primitivo,
se remonta a los orígenes de la literatura,
antes de que se descubriera la literatura,
y atrae a lo que hay de primitivo en nosotros. (Forster)



Se dice que en cada uno de nosotros se encuentran nuestras raíces, nuestra infancia, nuestra memoria genética. Ciertamente, tenemos controlados, en mayor o menor nivel, pero definitivamente presente, nuestros instintos animales, aquellos instintos que permitieron que la humanidad perdurara en sus primeros siglos de existencia sobre esta tierra, cuando luchábamos contra los demás animales para sobrevivir. Según se fue desarrollando la civilización, esta animalidad se fue enterrando bajo capas de civilización, pero sabemos que sigue allí incluso hoy en día.

En el cuento Amadís de anís, Amadís de codorniz, el autor, Francisco Hinojosa, nos lleva a encontrarnos con el lado más primitivo de nosotros mismos y a explorarlo a través de las experiencias de su protagonista, Amadís. Claro, como se trata de un texto infantil, no nos propone tratados filosóficos sobre el tema, sino que nos relata las desventuras de este niño, usando el humor irónico para crear una multiplicidad de lecturas que puedan refigurar tanto el lector infantil como el adulto, con base en sus experiencias y su etapa de desarrollo.

Hinojosa se conoce por ser uno de los autores más subversivos de la literatura infantil mexicana. Este libro refuerza la fama que tiene al introducir un tema: la obsesión, que poco –si algo– se trata en la literatura infantil. Una retórica muy usada en el discurso subversivo es el de la ironía. Al presentar un relato humorístico, pero con un tema bastante perturbador, el autor está claramente usando la comedia irónica, así como la define Frye. Incluso, va más allá al tratar un tema propio de la comedia irónica. Frye nos dice: “En la comedia irónica comenzamos a ver que el arte también tiene un límite inferior en la vida real. Esta es la condición del salvajismo…” (Anatomía 69). Y es precisamente a esta condición de salvajismo a lo que lleva la obsesión de los personajes.
El tema del salvajismo se introduce paulatinamente, empezando por la obsesión que siente Amadís por los dulces. Amadís, a simple vista, parece ser un niño normal de ocho años; es alto, con cabello rizado y dientes blancos, barba partida y ojos rasgados. Parece ser un niño de clase media que asiste a la escuela, se pasea solo por la colonia, y tiene muchos amigos que lo acompañan en el recreo y que llegan a su fiesta de cumpleaños. Claro, lo primero que sabemos de él es que es “un niño goloso” (Hinojosa 7) pero, en un niño de ocho años esto no es de extrañarse.
Sin embargo, con una lectura más detenida de nuestro primer encuentro con Amadís, encontramos que este gusto por lo dulce va más allá de una preferencia o un antojo. Cuando él ve un dulce siente “unas ganas feroces de devorarlo,” mostrando una pasión casi animal y definitivamente salvaje hacia el objeto de sus deseos. Este lado salvaje se va incrementando conforme vamos conociendo más al niño. Descubrimos que está dispuesto a traicionar la confianza de su familia y de sus amigos robándoles lo que tengan con sabor dulce. Incluso, va más allá de la traición personal y entra al ámbito del delito cuando busca llevarse los famosos dulces de yerbabuena de Don Pedro, el dueño de la tienda de la colonia. Y todo esto lo hace por “el irresistible aroma de las golosinas” (Hinojosa 11). Con esta palabra, “irresistible”, de pronto pasamos del interés normal de un niño en lo dulce a una necesidad, una pasión que no se puede controlar; en otras palabras, nos damos cuenta de que estamos tratando con una adicción.
    En cuanto reconocemos su adicción, reconocemos a Amadís como un personaje del modo irónico, ya que es un personaje inferior a nosotros. Según Frye, no es un elemento moral lo que hace a un personaje superior o inferior al lector, sino un nivel menor de poder o inteligencia que lo pone en una situación de servidumbre, frustración o absurdo (Anatomía 55). En este texto vemos como la adicción de Amadís lo pone en una situación de servidumbre ante sus deseos y, más adelante, cuando se convierte en niño comestible, sufre una situación absurda: sus compañeros lo quieren comer. Sobre todo, vemos en Amadís esas cualidades primitivas que, aunque todos las tenemos, el ser humano “normal” ha aprendido a controlarlas.
Ya que conocemos a Amadís, vemos claramente que se rige principalmente por sus cualidades animales. Cuando va en busca de dulces, “empezaba a olfatear” como un animal detectando su presa y, al encontrarla, es “para devorarla al instante, como un león hambriento al que le echan un jugoso trozo de carne en la jaula.” (Hinojosa 11). No es casualidad el uso de verbos como “olfatear” y “devorar”. A lo largo del texto, el olor se usa como indicador de la caza de la comida, ya sea de parte de Amadís o de los compañeros de la escuela, quienes lo llegan a cazar a él. Y las palabras que se asocian con el comer de la presa, todas se asocian con una violencia animal: arrancar, ferocidad, devorar, hambriento, plantar una mordida; estas palabras se repiten constantemente como elementos que sobresalen en un texto que emplea un variado vocabulario, y que nunca repite el nombre de un tipo de dulce o de comida.
Con esta atención que pone el autor al uso de las palabras, también es importante notar el significado del nombre del protagonista. Con el nombre de Amadís tenemos dos niveles de interpretación: primero, el del significado del nombre y, segundo, el de la referencia intertextual.
El nombre de “Amadís” significa “el gran amor”, es una variante del antiguo francés de “Amadeo”, que quiere decir “el que ama a Dios” (“Nombres”). Aquí vemos un juego irónico que contrapone un gran amor divino con el amor obsesivo por los dulces. Así, en lugar de que el nombre apunte hacia lo elevado y divino, se vuelve muy carnal, salvaje, y hasta canibalesco cuando Amadís se vuelve el objeto “amado” de sus compañeros, que se quieren comer al niño de dulce. También ofrece una lectura religiosa, pero de una religión primitiva basada en el miedo. En un pasaje, los amigos de Amadís llegan a su fiesta de cumpleaños, llevándole dulces como regalos, así como los pueblos primitivos rendían tributo a su dios.
Por otro lado, tenemos la referencia intertextual al perfecto caballero de los romances españoles: el Amadís de Gaula. Pero, así como el Amadís de Gaula se caracteriza como el héroe típico de los romances, superior en grado a los demás hombres y capaz de grandes prodigios (Frye, Anatomía 54), Amadís de anís se va al otro extremo, violando la moral y las normas sociales con esfuerzos muy humanos para lograr satisfacer sus deseos egoístas. Como con cualquier ratero, “Don Pedro, el dueño de la tienda, estaba siempre atento a las manos de Amadís para que no se fuera a llevar sus caramelos de yerbabuena.” Amadís también se dedica a robar dulces a sus amigos y a engañar a sus padres para comer dulces en lugar de comida sana.
    Claro que Amadís no se queda en este plano subhumano. Para encontrar la redención, tiene que pasar por una serie de transformaciones para poder, finalmente, encontrar su humanidad (en oposición a su animalidad) en el balance de los extremos. Como muchos presagios del destino, esto empieza con un sueño intranquilo. Ocurre en el momento en que su obsesión llega a tal extremo que se convierte en el objeto de sus deseos: –se convierte en un niño de dulce.
Chupó sus brazos y le supieron a mandarina. Sus ojos eran dos caramelos rellenos de pasa. Las uñas de sus pies olían a kiwi. Podía masticar su propia lengua como si fuera un chicle de cereza y su panza era un redondo y rosado malvavisco que tenía en el centro un ombligo de luneta. (Hinojosa 14)
Esta transformación no es obvia para los demás. Lo único de lo que se percatan es de la variedad de olores que parecen emanar del espacio que ocupa Amadís. Pero, este acto de oler, como previamente he mencionado, es el símbolo de animalidad; y la transformación de Amadís da pie para despertar la animalidad de los que lo rodean. Amadís se encuentra, de pronto, en el papel de cazado y reacciona, primero, con enojo, declarando “Yo no huelo a nada” (Hinojosa 17, 19) y, después, cuando su amiga Diana se lo empieza a comer ante el temor de que otros se lo acaben.
El verse en la posición de objeto del deseo de los demás, hace reaccionar fuertemente a Amadís y, para solucionarlo, se va al otro extremo de sus hábitos alimenticios: en lugar de atragantarse de dulce, engulle comida saludable, con la consecuencia lógica de que termina convertido en guisos en vez de postres.
Lo que hace humano a Amadís, al final, es el “balance”: come un poco de todo lo que le ofrecen en las horas debidas, y el resultado es que: “Afortunadamente, ese día Amadís, no tenía nada de hambre”; sin embargo, como contrapunto, vemos cómo todos los demás personajes de la escuela han caído en la misma obsesión que se había apoderado de Amadís y “unos a otros se empezaron a comer.” (Hinojosa 42)
    La comida es un elemento importante dentro del tema de lo primitivo. El alimento es básico para nuestra sobrevivencia y es un elemento particular con un aspecto físico y otro social. Forster propone el alimento como uno de los cinco “hechos principales de la vida” junto al nacimiento, el sueño, el amor y la muerte. Sin embargo, en su acercamiento al tema, trata el alimento como nutrición, que se plasma en la literatura como evento “principalmente de carácter social”, separado de los apetitos de las pasiones (Cfr. Forster 68); incluso, dice que “se apetecen [los personajes] unos a otros, como lo hacemos nosotros en la vida, pero nuestro deseo igualmente constante de almorzar y comer no encuentra eco en ellos.” (Forster 75). Lo que hace Hinojosa en esta obra es plasmar los dos tipos de apetitos; y, no sólo eso, sino que los junta borrando los límites entre lo figurativo y lo literal, hasta que se vuelven la misma cosa.
    Una forma en la que Hinojosa hace lo arriba señalado es el hecho de que no repite los tipos de comida o de dulces; los alimentos a los que hace referencia: muéganos, alfajores, milanesa y quesadillas dan un toque específicamente mexicano que da al relato una unidad cultural dentro del cual se puede ubicar el lector. De esta manera, nos identificamos con los personajes y vamos plasmando nuestros gustos y disgustos de comida al leer las listas de comida. También vemos cómo los adultos y los niños tienen gustos diferentes; reconocer estas diferencias nos permite ver la infinidad de posibilidades que existen en los gustos humanos pero, lo que todos los personajes tienen en común es un apetito que los puede llevar al extremo de querer devorar a otros para satisfacer sus deseos. De esta manera, el texto nos hace identificarnos con él en un contexto muy inocente, como es el de los gustos culinarios, para, después, enfrentarnos con la realidad de que todos nosotros tenemos la posibilidad de ser poseídos por nuestros deseos –de que todos somos susceptibles de caer en una adicción, cada cual a su manera.
    La adicción, según nos revela el cuento, saca lo más primitivo y animal de los seres humanos, llevando a los personajes a extremos de salvajismo. Pero, a pesar de esta conclusión tan fuerte, no pega al lector así por el recurso del juego que usa Hinojosa al referirse al salvajismo.
    Si volvemos a la escena, previamente mencionada, en la que Amadís se encuentra como receptor de una serie de regalos de dulces, en su fiesta de cumpleaños, podemos ver una de las formas en que Hinojosa incorpora este elemento de juego irónico al tema del salvajismo. En esta escena, vemos cuál es la fama de Amadís (de niño goloso e insaciable) lo que justifica los regalos que le llevan a su fiesta. La lista de regalos empieza con dulces comunes, como cajas de bombones o paletas de grosella, pero muy pronto entran objetos ridículos: desde latas de miel de maple hasta “grandes sacos de azúcar pura”, ¿cuándo se ha visto un costal de azúcar con moño en una mesa de regalos?, se trata, obviamente, un juego de exageración que hasta un niño muy pequeño podrá entender.
En otro nivel tenemos al personaje como casi mítico, tal es su fama, al que le llevan una serie de tributos; tributos que este personaje insaciable acaba en menos de una semana. La escena trae a la mente todos esos estereotipos, muchos de cine viejo, de nativos vestidos con falditas de palma, llevando su tributo a un dios impredecible al que hay que apaciguar para que no caiga su gran enojo sobre la tribu en forma de una explosión volcánica. Esta lectura se subraya con la ilustración que acompaña la escena: una fila de niños con cara de preocupación y cargados de dulces se desvanece hacia un lado de la página mientras que, en el primer plano, se encuentra Amadís entronado sobre una montaña de dulces, devorando un pedazo de pastel. A pesar de que las ilustraciones no se pueden llamar propiamente parte del texto, el hecho de que el ilustrador, “El Fisgón” (compañero de trabajo en todas las obras de Hinojosa), me permite suponer que la ilustración sí resalta una lectura del texto que el autor había pensado.
    Más adelante, vemos salir, otra vez, la relación entre juego y salvajismo con el primer ataque caníbal sobre Amadís. El ataque ocurre en la hora del recreo, tiempo dedicado propiamente al juego. También, al final de la historia, cuando todos los personajes se empiezan a comer los unos a los otros, las clases se suspenden para poder seguir con esa actividad. La suspensión de clases, sobre todo para los niños, no quiere decir otra cosa que vacaciones inesperadas, lo que nos remonta, nuevamente, al territorio de los juegos.
    Es importante el elemento lúdico, ya que es lo que nos conserva en el territorio de la comedia. De hecho, según Frye, “[…] el elemento de juego es la barrera que separa al arte del salvajismo.” (Anatomía 68). Si no fuera por este elemento, el cuento sería realmente perturbador,  como lo es la escena del sacrificio de Piggy en El señor de las moscas, de William Golding: un grupo de niños se encuentra abandonado en una isla desierta, y el salvajismo que resulta de esta situación se trata con una seriedad y un realismo que lo torna en tragedia. En mi experiencia, no hay persona que haya leído tal libro y no haya quedado traumada, en cierto grado, sobre todo, por la escena del sacrificio. En contraste con esto, muy pocos de los lectores de Amadís con quienes he hablado se dan cuenta, después de una primera lectura, del nivel de salvajismo y canibalismo que propone el texto. En su esencia, los dos libros tratan el mismo tema, pero la diferencia entre el realismo y la exageración es la que hace que Amadís… sea mucho más accesible para el lector.
    Uno de los elementos más reconfortantes del sacrificio de Amadís es la falta de dolor o de consecuencias serias del canibalismo del que es víctima. Cuando Diana se acerca, la primera, a su compañero para comérselo, Amadís se siente temeroso de que le vaya a doler; pero esto no es el caso y, para cuando los demás niños y maestros descubren su estado comestible, Amadís ya parece haber perdido todo miedo al dolor; de hecho, su reacción ante esta situación es más de enojo y de irritación.
    Otro elemento irónico que da pie a la complacencia del lector ante el sacrificio de Amadís es cómo cambia el papel de este personaje ante los que lo rodean: el niño amoral que roba dulces a todos, el dios insaciable que exige tributo, de repente se vuelve completamente indefenso ante los apetitos de los que lo rodean. Aun así, el lector no es completamente despiadado y, cuando nos encontramos ante la imagen de Amadís llorando en su cuarto por su lamentable situación, deseamos que haya una solución grata para el niño. Esta necesidad de ver un camino de redención para salir de lo desagradable es una necesidad importante, incluso en la comedia irónica, según Frye (Cfr. Anatomy 46): aun cuando no haya un final típicamente feliz en una comedia negra, tiene que haber una posibilidad de salida. Y esto es lo que nos ofrece Hinojosa en las últimas secuencias de la narración.
    De hecho, tenemos varias resoluciones al terminar el libro: la primera es la de Amadís, quien se libra no sólo del sacrificio, sino también de la adicción que lo hacía sacrificar su vida por la comida; así, descubre que la solución al problema de convertirse en niño comestible consiste en el balance y el autocontrol; ya no se deja dominar por las ganas de comer golosinas, sino que se da cuenta de “que la única manera de solucionar su problema era comer como todo el mundo: un poco de comida salada y otro poco de postre.” (Hinojosa 40) Así es como descubre cómo recuperar su estado humano, ya no se rige por sus instintos sino que se da cuenta de que debe negarse a algunos deseos menores para poder tener el gusto mayor de ser una persona que vuelve a encajar dentro de su entorno social y que puede reparar sus relaciones con otros.
    Irónicamente, en cuanto Amadís descubre cómo ser “como todo el mundo”, “todo el mundo” descubre el secreto de Amadís y se empiezan a comer unos a otros; tal situación tiene  doble filo: por un lado, presenta la realidad de que todos podemos caer en el abismo en el que se encontraba Amadís y, al mismo tiempo, por el otro, la redención del personaje marca un camino hacia la salud que también está disponible para todos los que deseen tomarla.
    De esta manera, Hinojosa nos deja con el sabor dulce de la comedia en la boca y, gracias a la ironía que también emplea, nos deja con mucho alimento nutritivo que podemos dejar a la digestión intelectual. Y, así como hay gustos para todo tipo de comida, este texto ofrece una variedad de lecturas según los gustos del lector, sea de la edad que sea.
    Esta multiplicidad de lecturas se da gracias, en parte, al tema universal de los deseos primitivos que todos llevamos dentro. Volviendo a la cita de Forster que encabeza este ensayo, el relato no sólo apela al gusto primitivo por las narraciones, sino que también es el vehículo perfecto para tratar temas que nos remontan a nuestros orígenes. Un libro infantil usa el relato porque es lo primero que desarrollamos y, como hemos visto, lo primitivo sigue en todos nosotros sin importar la edad. Por eso, este texto ofrece una diversidad de posibilidades de lectura que apela a algo universal que reconocemos de distintas maneras según nuestra edad.
La obsesión es una pasión que puede apoderarse de cualquier persona, aunque el objeto de nuestra obsesión varíe. Hinojosa plantea una obsesión por dulces, que es un tema que puede entender un niño, mas, al escoger un tema tan básico como el de la comida, también apela al mundo de los adultos, quienes, seguramente, no tendrán ningún problema en proyectar sus propias debilidades en el texto.
Bibliografía
Ciudad Autónoma de Buenos Aires. “Nombres.” gobBsAs - Portal del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Registro Civil Argentino. 11 de mayo 2006.
Forster, E. M. Aspectos de la novela. Xalapa, México: Universidad Veracruzana, 1961.
Frye, Northrup. Anatomía de la crítica. 2ª ed. Caracas, Venezuela: Monte Ávila Latinoamericana, 1991.
------. Anatomy of Criticism: Four Essays. Princeton, NJ: Princeton University Press, 1973.
Hinojosa, Francisco. Amadís de anís, Amadís de codorniz. 2ª edición. México, D.F.: Fondo de Cultura Económica, 2005.

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