Critica de la nueva narrativa Mexicana

Switch to desktop

LA CONSTRUCCIÓN DEL CAMPESINO: MIRADAS Y PRESENCIAS EN “LA JUSTICIA”, DE EDGAR ADRIÁN MORA

por María José López Romo


La literatura existe, entre otras cosas, para contar el mundo. Lograr la creación de una obra de arte literaria implica configurar un texto de tal manera que adquiera las características de un objeto artístico complejo, capaz de acercarnos más a la experiencia de la realidad. El fragmento de mundo a representar debe pasar a través de la subjetividad de un autor, preconfigurarse en su visión del mundo y alimentarse de sus conocimientos. Lo artístico estará en cómo traduce sus luces al lenguaje, en cómo carga de sentido las palabras hasta lograr condensar un pedazo de mundo en unas cuantas páginas.

    Uno de los temas principales en la literatura, a nivel mundial, ha sido, desde siempre, la búsqueda de la identidad, ya sea nacional o individual. En el caso de Latinoamérica, definir qué nos hace ser quienes somos resulta una tarea particularmente complicada. Latinoamérica no es reductible a una sola identidad, nuestro territorio tiene muchas caras: detrás de cada región, de cada etnia, detrás de cada rostro hay una historia por contar.

    Hasta ahora, el mayor reto en la cuentística latinoamericana ha sido el narrarnos desde un imaginario propio, hacer a un lado el conjunto de imágenes que sirvieron alguna vez para que otras culturas nos comprendieran y sustituirlo por algo más apegado a la realidad. Si queremos adueñarnos de la construcción de nuestra identidad, es necesario tomar la palabra: narrarnos desde lo que somos y no desde cómo se nos percibe. El cuento “La justicia” escrito por Edgar Adrián Mora, se distingue por sus logros en este sentido.
    Este autor mexicano, joven, apasionado de la problemática latinoamericana, nos demuestra que la solución está en dejar de preocuparnos tanto por lo que se dice y empezar a apropiarnos del cómo se dice. En su cuento “La justicia”, el lenguaje busca ser el mundo del campesino en palabras: la selección semántica en conjunto con la estructura narrativa del cuento construyen estrategias literarias acertadas, gracias a las cuales se logra plasmar una mirada comprensiva de una realidad presente en toda América Latina; el autor la presenta tal y como es vivida, en la cotidianeidad, en su territorio, pero también en el frustrante enfrentamiento con una “civilización” que no guarda un sitio para ella; presenta la realidad del campesino incómoda ante un mundo distante de su cosmovisión. A partir del juego entre las miradas ajenas y la presencia del campesino como personaje, pone en evidencia los contrastes y la tensión existente entre dos mundos característicos de la realidad latinoamericana, desde la colonia hasta nuestros días.
    “La justicia” narra lo siguiente: Rubén, un “hombre de campo”, busca justicia por la violación de su hija, “la Juliana”.  Lleva el caso ante las autoridades de la ciudad, en donde se le escucha “atentamente”; a cambio, sólo obtiene una disculpa de parte del comandante de la policía. Rubén sale “respetuoso” y “apretando los dientes”, pasa por la cantina y vuelve a su casa.
    Entonces, la narración regresa en el tiempo para darnos los antecedentes de Rubén y contarnos cómo un día, al volver del trabajo, encontró a su hija “la Juliana” como “un bulto tirado sobre uno de los catres que se estremecía como si un montón de brazas ardientes le quemara las entrañas”. Recoge del suelo el vestido verde roto y manchado de sangre. Todos los indicios dan a entender que la han violado, lo que será confirmado más adelante.
Se inserta, entonces, una conversación: un par de hombres hablan en lenguaje coloquial sobre el asesinato reciente de Eleazar −“un cabrón” que “se la debía a muchos”−: “¿No habrá sido el Rubén?”, cuestiona uno de ellos, poniendo de manifiesto que lo que le aconteció a la hija del campesino es ya del conocimiento popular.
En la escena siguiente, el comandante de la policía aparece en el territorio de Rubén para advertirle que él es uno de los principales sospechosos del asesinato. Esta vez, el campesino lo ve a los ojos y se disculpa, con indiferencia, por tener que ir a “chapear el naranjal”.
El cuento termina en la selva, en donde “el agua se desliza”, “Las lagartijas se asolean” y “las plantas ceden ante el filo del acero [del Machete de Rubén]”. “Las gotas de agua que salpica [el machete] comienzan a disipar una mancha de sangre alrededor del filo. La mancha se adelgaza y huye hacia la tierra. Desaparece.”
¿Cómo logra, entonces, el autor configurar la realidad del campesino? Mora construye el personaje de Rubén en el vértice de una presencia y dos miradas; para ello se vale de múltiples estrategias literarias que iré mencionando a lo largo del texto.
Hablemos de cómo se construye la presencia.
Primera estrategia: el campesino vive en el texto gracias a la enumeración de acciones que forman parte de sus labores cotidianas: el autor evita las descripciones estáticas; coloca el foco narrativo en los ojos de la hija –antes de ser violada−: una estrategia que nos da acceso a la perspectiva de uno de los personajes que comparten la intimidad del campesino. Ella lo ve “sentarse en la piedra deslavada”, “sacar los tacos de frijoles y la garrafa con té de hojas de naranjo”, “[fumarse] un cigarro oscuro que se consumía”; lo ve “marcharse; es decir, que el texto se configura de esta manera para darnos a entender que el mundo del campesino no es el de la imagen sino el de los hechos, el de la rutina del trabajo y el de la simplicidad de los placeres cotidianos, como la comida y el tabaco.
Segunda estrategia: Cuando la narración presenta situaciones que provocan sentimientos en el campesino, éstos se traslucen en gestos corporales, por ejemplo: al experimentar un proceso de duelo, manifiesta ira apretando alguna parte del cuerpo (ya sean los puños o los dientes); después, pasa al dolor y se dobla sobre sí mismo (siempre en alguna posición similar a la fetal); y, finalmente, expulsa esa emotividad en forma de algún tipo de fluido corporal (sea bilis, flema o vómito) justo antes de pasar a la acción. Este comportamiento se repite tres veces en el transcurso de la narración. Esta característica en la construcción del personaje puede interpretarse como si la expresión oral de los sentimientos fuera un mecanismo cultural propio de los ambientes urbanos. Los sentimientos del campesino nacen y se expresan en las entrañas. La cercanía con lo natural a que esto apunta se refuerza con una…
Tercera estrategia: el autor da vida a la flora y a la fauna que rodean al “hombre de campo”. En el cierre del cuento, esto es evidente: “el agua se desliza”, “Las lagartijas se asolean”, “[…] las plantas ceden ante el filo del acero [del Machete de Rubén]”. La frase que habla de la acción efectuada por el campesino queda rodeada por las acciones de otros elementos de la naturaleza, cuya relevancia –incluso en el nivel gramático− es equiparable a los movimientos de Rubén con el machete; integrarlo de esta forma a su entorno matiza el tema del cuento: él pertenece a un mundo que responde a un determinado orden, a una naturaleza que se caracteriza por su unidad. Igual que un jefe de manada defiende a su cría, él mata al agresor de su hija. En su mundo esto es natural. Por eso, la tierra recoge la evidencia de su crimen en ese final maravilloso y coherente con el resto de la historia: “Las gotas de agua que salpica [el machete] comienzan a disipar una mancha de sangre alrededor del filo. La mancha se adelgaza y huye hacia la tierra. Desaparece.”
Es así como queda construida la presencia del campesino, visto desde lo cierto, desde lo más personal. Sin embargo, él no es un individuo aislado, su presencia también es contemplada por “el otro”; es objeto de la mirada de representantes de otros dos grupos: las autoridades judiciales y su comunidad.
La primera mirada es de las autoridades del pueblo, la de aquellos presentes en la central de policía que miran al campesino con “un dejo de desprecio y de lástima”. Para lograr proyectar estas imágenes, el autor coloca el foco narrativo por encima de la sala, en un punto aparentemente imparcial que, sin embargo, pone en evidencia la incomprensión por parte de los representantes del “mundo civilizado”. El narrador expone las contradicciones en la actitud de los policías: escuchan “atentamente”, están “aparentemente preocupados”, incluso asentían dándole la razón… pero, al final, fungen como representantes de la Justicia y su empatía no se traduce en ninguna acción efectiva; incluso, el comandante se excusa en nombre de la Justicia misma: “Que lo sentía demasiado pero que él no podía hacer nada, que lo disculpara pero que la ley era clara y sin elementos la demanda no procedía. Que la policía era un instrumento de justicia y no de venganza.” El discurso indirecto presentado por el narrador devela ya lo irónico de sus palabras, más allá de la evidente insuficiencia legal de una justicia que no comprende todo el territorio que supuestamente debe de abarcar y proteger (en el que estaría incluido el mundo del campesino).
    ¿Qué nos deja ver la narración a través de los ojos de “la autoridad”? Un campesino viejo, con  unos pies “de aspecto grotesco”, protegidos a medias por un huarache de suela de llanta; con la cara cubierta de cicatrices y arrugas, que parece una “estatua de sal”. A través de la mirada de este grupo, se nos presenta la única descripción estática del campesino, y no es en balde: apunta a la cosificación del “otro”, a una simplificación de lo desconocido en imágenes que no permiten ver más allá.
Atrapar el personaje del campesino en una descripción estática habla no tanto del campesino como de aquellos que lo miran; su aspecto físico rudo –de campo, finalmente− representa la muralla que separa el mundo del campesino del de sus observadores. Todo en él les es desconocido: su realidad… sus acciones cotidianas; sólo tienen frente a ellos un rostro, sólo eso para adivinar el misterio de aquel ser “ajeno y distante”. Él, en su totalidad, queda recluido a la pasividad de quien es observado por los demás.
Pasemos a la segunda mirada. Cambia el foco de la narración; el narrador deja todo filtro y perspectiva de lado para permitirnos escuchar directamente una conversación entre dos hombres sobre la muerte “del Eleazar” y la identidad del asesino. La culpabilidad de Rubén queda, sutil, pero definitivamente sugerida –indicio que se completa gracias a la información con que cuenta el lector−.
El lenguaje empleado entre los dos hombres apunta a que forman parte del mundo del campesino; su mirada nos permite acceder a un sistema de valores diferente al reconocido por las autoridades “civilizadas”, en el que prevalece, sobre la ley positiva, la ley natural adaptada a la vida práctica campesina; su mirada integra a Rubén en este mundo: estos son los valores a los que él responde, ésta es su cosmovisión. Entonces, surge el cuestionamiento central del cuento: ¿cuál es la justicia válida: la institucional y positiva, reservada para unos cuantos, o la “natural”, tomada por las propias manos del agraviado? Este debate ha estado vigente desde los tiempos más antiguos. El autor los retoma, renovándolos en una problemática actual. En este cuento, el conflicto surge cuando la ley positiva −aquella que Rubén “siempre había respetado”− falla en su misión de hacerle justicia. La problemática planteada en la obra ya no trata de un cuestionamiento filosófico, sino de poner en evidencia un sistema normativo insuficiente que, en la práctica, no protege a todos por igual. En la narración, el personaje de Rubén se da cuenta de que aquél sistema normativo no contempla su realidad y opta por restablecer el orden por su propia mano. La normalidad de este tipo de justicia queda evidenciada en los comentarios emitidos a lo largo de la conversación entre los otros dos “hombres de campo”; en ella, los interlocutores no emiten juicios morales acerca del asesinato cometido, se limitan a dar los antecedentes de la situación, según la percepción de su comunidad: “se la debía a muchos”, dice uno de ellos y reconoce que “[el asesino] Pudo haber sido  cualquiera”. Para su mundo, el culpable no fue sino el mismo Eleazar por sus fechorías; no comparten el sistema moral sobre el que están construidas las leyes mismas.
En esa misma conversación, encontramos otras huellas de la cultura desde la cual viven y perciben al mundo los campesinos del cuento: hablan en términos de valentía, con una selección semántica plena de connotaciones sexuales: “Se necesita tenerlos bien puestos”, “el Eleazar nunca se le rajó a nadie”, “no es de los que se arrugan a la primera”. También se reconoce su concepto de valentía en sus comentarios sobre el papel del hombre en relación con la sexualidad de la mujer; cuentan un caso similar al de Rubén en el que “[…] don Marcos, el del cafetal del frontero, aceptó los guajolotes que el Eleazar le llevó por haber forzado a la Mariana.” Pero, ellos marcan el contraste con lo que sucedió esta vez, en que al Eleazar no le aceptaron la moneda de cambio: “Le machetearon la cara y le pusieron los huevos y la verga en la boca.” El carácter sexual de la venganza queda explicitado, al igual que la violencia del acto; sin embargo, esto no los conmueve o, al menos, no se permiten mostrarlo. Su veredicto final se pone de parte del asesino: “Igual y está mal decirlo pero me alegro de que al fin alguien se haya echado a ese cabrón. Nunca fue un alma de Dios.” La narración incorpora, así, el elemento religioso católico, vital para la comprensión del mundo del campesino latinoamericano; lo confirma en el momento en que la mujer de Rubén se hinca ante la Virgen, consciente de que su esposo ha matado al violador de su hija. La ley natural se vincula, entonces, con la ley divina: la muerte de Eleazar es justificable porque no seguía las reglas de Dios.
Contextualizar el comportamiento de Rubén nos permite entender sus motivaciones, ya que éstas responden a una serie de valores reconocidos por un determinado grupo social; sólo a partir de estos parámetros podemos evaluar al campesino como personaje que forma parte de una comunidad. Es en la conversación mencionada que “el campesino” adquiere un nombre en el sentido literal, pero también como acto simbólico: lo reconocen como parte de su grupo. La mirada de estos hombres le da congruencia a su manera de actuar. 
La estrategia de las miradas y la presencia está construida gracias a cambios en el foco narrativo a lo largo de la narración. Aunque en una lectura detallada resulta un poco confuso, el resultado nos permite construir un personaje complejo, redondo: nos lo presenta tal y como es, pero también cómo es percibido, y es ahí, en el cruce de perspectivas, que podemos explicarnos la incomprensión originaria del conflicto. No es en vano que, bajo la mirada de las autoridades, Rubén sea tan sólo “un campesino”: él representa al resto de los que viven una situación similar. El conflicto podría ocurrir en cualquier encuentro de lo rural con lo urbano, de lo “salvaje” con lo “civilizado”, oposiciones binarias que empobrecen el contacto humano y que, sin embargo, forman parte de la realidad.
Es cierto que “La justicia” nace de una mirada externa, puesto que no fue escrita por un autor rural. Esto tiene –al contrario de lo que se podría pensar− un gran valor para el propósito de purificar la identidad: el discurso de las periferias y del centro se acercan, cada vez más, hacia una búsqueda de territorios equidistantes. Sólo a través de una mirada clara hacia “el otro” alcanzaremos una mejor comprensión o, al menos, una apertura renovada al diálogo. Idealmente, un día, podremos contarnos los unos a los otros, con miradas más detalladas y fieles a las diferentes realidades existentes en nuestro territorio. Si la literatura nos ayuda a avanzar en este camino, hágase así, según la palabra.
Bibliografía
Mora, Edgar Adrián. “La justicia” en Memoria del polvo. México: Universidad Nacional Autónoma de México, 2005.

Derechos Reservados por Crítica de la nueva narrativa mexicana.

Top Desktop version