Critica de la nueva narrativa Mexicana

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CUANDO EL SINSENTIDO NOS ALCANCE: la indiferencia existencial en “Lo gris”, de Blas Valdés

El cuento “Lo gris”, de Blas Valdés , podría considerarse un narco-cuento inspirado en cualquier reportaje sobre una balacera en cualquier restorán de cualquier lugar de la República Mexicana.
En estos tiempos en los que las noticias cotidianas tienen como personajes esenciales a matones, pistoleros, sicarios, mafiosos, narcos, justicieros, ejecutores, capos y cárteles, no resulta extraño que un escritor de cuentos se ocupe de esto que podríamos llamar “la realidad del México del nuevo milenio”; así, pues, el cuento tiene una referencialidad directa a la realidad de los noticiarios y los periódicos de los últimos años. Para lograr este tinte de realidad, el narrador del cuento mantiene una voz más bien neutra. Anderson Imbert sostiene con respecto a un narrador tal: “El narrador con aspiraciones al realismo se planta en medio de la vida cotidiana y observa con ojos normales desde la altura de un hombre del montón […]” (Anderson 58)

Podríamos, por lo tanto, afirmar que Blas Valdés es un escritor realista que retrata con objetividad un escenario, unos personajes y unas acciones que nos son familiares y, por lo tanto, son perfectamente verosímiles; al parecer, ésta es la función del artista:

Dios se ha retirado y en su lugar, en un punto invisible de la tela, está el artista que pinta: si este mundo es malo, el pintor mismo queda salvado en cierto modo por su obra que introduce un orden y una belleza, a pesar de todo, en medio de lo que es desorden, desdicha y locura... (Sichere 153)
Sin embargo, el discurso narrativo en el que nos sumerge Valdés no es tan llano y, mucho menos, unívoco. Estamos delante de un cuento que cumple con las condiciones de polisemia que se exigen a toda obra literaria y que, al mismo tiempo, tiene varios planos y posibilidades de aproximación. Ricardo Piglia afirma que:
El cuento es un relato que encierra un relato secreto. No se trata de un sentido oculto que dependa de la interpretación: el enigma no es otra cosa que una historia que se cuenta de un modo enigmático. La estrategia del relato está puesta al servicio de esa narración cifrada. ¿Cómo contar una historia mientras se está contando otra? (Piglia 57)
Blas Valdés sabe que Piglia tiene razón, por eso cuida todos los aspectos y dice justo lo que tiene que decir.
Uno de los elementos estructurales más ricos de “Lo gris” es la fuerza del lenguaje en ciertas descripciones, veamos, por ejemplo, cómo empieza el relato: “El restaurante estaba lleno de clientes y de ruido.” (Valdés 61) Con estas simples palabras tenemos el espacio identificado, delimitado y en movimiento y, al mismo tiempo, está poblado y se comprende que está con mucho movimiento; con tres palabras bien ubicadas dentro de una unidad de sentido: “lleno, clientes y ruido” bastan para que construyamos un buen correlato intencional  del escenario.
 A partir de esta primera oración  en la que hay aspectos perfectamente determinados: es un restorán, está lleno y hay clientes y ruido, podemos llenar las manchas de indeterminación que intencionadamente Valdés no quiso llenar y que, sin embargo, gracias a la buena determinación de los esos aspectos, podemos construir una buena concretización e ir más allá, por ejemplo: podemos imaginar un restorán en el que quepa un buen número de


  Blas Valdés nació en Los Mochis, Sinaloa, en 1972; ha colaborado en publicaciones periódicas de Sinaloa y de Nuevo León. Restos de corazón es su primer libro de cuentos, aunque sus narraciones han aparecido en diversas antologías.
  Para que se dé el correlato intencional, afirma Ingarden, se requiere de un sujeto psíquico que construya ese correlato ―se llama correlato porque está co-relacionado con el mundo representado por la obra y es intencional porque no tiene existencia real ni ideal, tiene, por así decirlo, una existencia mental―, que imagine el mundo representado y, así, conozca, aprehenda, comprehenda y reconstruya el mundo representado del texto. Esta construcción del correlato intencional se da en todo tipo de lectura y en cada lectura de modo diferente; cada acto de lectura, entonces, es una nueva concretización de la obra en la mente del lector.
  “Una oración se puede controlar de manera tan perfecta como un puente o un templo.” (Welty 183).

personas (no puede ser un restorán pequeño porque no habría la posibilidad de generar ruido) y en el que, como en todo restorán, cada mesa sea una especie de pequeño cosmos particular que, al coexistir con otras mesas, forma parte de un caos cerrado en constante movimiento; podemos imaginar, también, con la mención de los clientes, que hay gente que come, pero que también hay gente que habla y que ríe, lo que nos pone en un tono de buen humor, relajado y festivo. La atmósfera inicial, pues, es grata y fácilmente refigurada por el lector .
Y, en seguida, la presentación del personaje protagonista: “Gustavo observaba el ambiente desde una pequeña mesa, sorbiendo su café sin azúcar, quemándose el paladar con cada trago.  Su rostro serio, inmutable, contrastaba con la viveza del lugar.” (Valdés 61) Estamos delante de un personaje apenas delineado y que, sin embargo, nos da para verlo con los ojos de nuestra imaginación, sentarlo en una mesa, imaginar lo caliente del café y contemplarlo solo, serio, sin movimiento, porque la expresión “contrastaba con la viveza del lugar” es suficiente para refigurar al personaje como algo contrario a la atmósfera general .
Lo más interesante en este momento es que el autor, a través del narrador, nos indica cuál es el punto de orientación: el faro que va a iluminar la escena y las acciones y desde donde recrearemos las cosas es Gustavo, no nos queda la menor duda . A partir de este momento, los ojos de Gustavo son nuestros ojos, sus oídos los nuestros y sus pensamientos y emociones serán el mapa de reconocimiento del cuento : “De todo el espectáculo presente ante sus ojos, un par de hombres trajeados le llamaron la atención.  Por entre el saco abierto de uno de ellos, Gustavo alcanzó a distinguir la culata de un revólver y tuvo el presentimiento de que iba a ocurrir una desgracia.” (Valdés 61)


  Por algo decía Chejov: “Cuando escribo confío plenamente en que el lector añadirá los elementos subjetivos que están faltando en el cuento.” (Chejov 25).
  “[…] existen dos tipos básicos de cuentos (aunque no siempre de cuentistas): los que se concentran en la anécdota y en su sorpresivo desen¬lace, y aquellos que logran establecer un clima, una atmósfera, un tono que, en los relatos logrados, contienen la paradoja íntima inherente a todo buen relato breve.” (Lara 374).
  El “centro de orientación” o “punto cero”, por lo tanto, debe buscarse dentro del mundo representado y no en el sujeto que conoce. El espacio representado que percibo al leer es el de las objetividades representadas y, entonces, ése es mi punto de orientación. (Cfr. Ingarden 273).
  Horacio Quiroga aconseja: “Toma los personajes de la mano y llévalos firmemente hasta el final, sin ver otra cosa que el camino que les trazaste.” Y esto es precisamente lo que hace nuestro cuentista. (Quiroga 30).

Gustavo nos alerta y nos comparte su presentimiento: va a ocurrir una desgracia, hay hombres armados y eso no es cosa buena. Y, de pronto, el giro, esos giros que le gustan a Blas Valdés y que sorprenden y desconciertan a cualquier lector: “Sin embargo, ignoró sus presagios y posó la mirada sobre una joven pareja que se besuqueaba, mientras el mesero esperaba impaciente a que ordenaran.” (Valdés 61)
    En el primer párrafo del cuento, Valdés nos ha “resumido” y presentado las constantes del cuento: los matones y lo que hacen; Gustavo y su actitud de indiferencia existencial; y el enamoramiento como vivencia evasora. Éstos son los tres ejes de “Lo gris” y son ejes que, dándose simultáneamente, parece que no se tocan, como si en lugar de ejes fueran islas sin comunicación, mónadas leibnizianas.
    Y, respetuoso del orden secuencial que ha establecido para la aparición de sus mónadas, entran en acción los matones y rompen con la dinámica natural del pequeño universo que es el restorán. Los matones disparan y los comensales y empleados se vuelven una presencia coral que reacciona ante la desgracia:
En eso se oyó el primer disparo.  Luego otro, y otro más. Los dos hombres se habían agarrado a balazos.  Al instante un tercero irrumpió en el restaurante, armado con un “cuerno de chivo”, y abrió fuego casi al azar.  Las personas con algo de seso se lanzaron al piso volcando sillas  y mesas para protegerse.  Otras, histéricas, trataron de escabullirse hacia la puerta o de esconderse en los baños, pero fueron alcanzadas por la lluvia de balas.  Uno de los meseros, herido en una pierna, se arrastraba por el suelo chillando como loco: “¡Pinches narcos! ¡Pinches narcos! ¡Lárguense de aquí!” (Valdés 62)
Esta descripción exacta y equilibrada, sin ambigüedades innecesarias y con un muy buen manejo de las funciones adjetivales la podemos poner, en su contenido, en labios de cualquier testigo de cualquier balacera en cualquier restorán de Sinaloa, por mencionar un Estado de la República Mexicana en la que las balaceras entre narcos se dan de manera idéntica. Y es que el narrador está ahí, como por encima de todo, como un testigo mudo que sabe, que conoce, que anticipa, que penetra, pero que no permite el caos narrativo en medio de una escena caótica. Responde perfectamente al perfil del narrador al que se refiere Anderson Imbert cuando afirma:
Este mi¬crodiós de un microcosmos es capaz de analizar la totalidad de su creación y de sus criaturas. Desde fuera de lo que cuenta analiza cuanto sucede dentro del cuento. No limitado ni por el tiempo ni por el espacio, capta lo sucesivo y lo simultáneo, lo gran¬dioso y lo minúsculo, las causas y los fines, la ley y el azar. (Anderson 61)
    Coherente con el orden estructural del relato, Blas Valdés dirige nuestra mirada a Gustavo, el personaje contrastante, ¿qué hace Gustavo?, ¿cómo reacciona? Como lectores, estamos pendientes de él porque él es nuestro faro, nuestra medida:
En medio de ese violento caos, Gustavo permaneció imperturbable en su asiento, tomando tranquilamente su café; en el fondo le daba lo mismo recibir una golosina que una bala entre los ojos.  En su alma se acababa de cerrar la puerta de la esperanza, sumiéndolo en la gris oscuridad de los sinceramente resignados. (Valdés 62)
    ¡Sorpresa! Nuestro protagonista es un digno representante del existencialismo más ortodoxo con genes auténticos del Albert Camus de El extranjero. A Gustavo no lo sacuden ni las balaceras ni la violencia ni el miedo a morir; es un ser des-esperado, un ente de la nada, de lo gris, de lo que no es ni blanco ni negro, es un ser “sinceramente resignado”. No cabe la pregunta de “¿resignado a qué?” porque estamos hablando de una resignación existencial, metafísica, que está más allá de la apatía emocional. Y, sin embargo, es el único que no se ha lanzado al piso; es el que permanece erguido, como si su alma sin esperanza lo revistiera de una cierta dignidad que lo distingue de los demás mortales llorosos. Después de todo, ¿a qué le teme quien no tiene esperanza, a qué le teme quien no tiene futuro?: “[…] ni siquiera parpadeó cuando una ráfaga de metralla le pasó a unos centímetros de la cabeza.” (Valdés 62)
    Gustavo se da el lujo de reflexionar sobre el otro gran tema del cuanto: el amor o, más exactamente, el enamoramiento: “Su mirada estaba atenta en aquella pareja que, momentos antes, se había besado y que, ahora, temblaba agazapada debajo de una mesa.” (Valdés 62) A Gustavo no le importa el caos que hay a su alrededor, él medita, desencantado, en el absurdo del estado de enamoramiento:
El amor…Qué ilusión ésa de que el amor justifica la existencia.  Estar enamorado no es darle sentido a la vida, a la realidad: es negarlo rotundamente.  Es andar distraído, en las nubes.  Es no ver las cosas como son, sino de color de rosa.  En otras palabras, es estar drogado, alucinado.  Porque la pasión amorosa es un potente alucinógeno, capaz de sacarte de la brutal realidad y mandarte al País de las Maravillas.  Bien dicen los científicos que el enamoramiento va acompañado por la secreción de cierto químico en el cerebro: es el cuerpo que se está autodrogando, es su mejor mecanismo de defensa… (Valdés 62-63)
    Para Gustavo la auténtica negación de la vida es la evasión del enamorado, vivir una  vida que no es real es estar enamorado, instalarte en el País de las Maravillas es morir para el mundo real; el auténtico sinsentido es la ilusión de vivir algo que no existe.
    El discurso de Gustavo es el de un ser absolutamente desencantado. Hasta ahora entendemos su indiferencia. Efectivamente, su alma está muerta y a su cuerpo la vida le da lo mismo. Digno hijo de José Alfredo Jiménez, puede afirmar con todo su ser que “la vida no vale nada”. Por eso: “Cuando terminó con sus mediaciones, Gustavo tomó un último trago de café, se puso de pie, dejó un billete sobre la mesa, y se encaminó sin prisa hacia la puerta del lugar, no sabiendo, o importándole, si moriría en el intento.” (Valdés 63)
Bibliografía
Anderson Imbert, Enrique. Teoría y técnica del cuento. Barcelona: Ariel, 1999.
Chejov, Antón. “La técnica del cuento” (de una carta a A. S. Souvorin, abril 1, 1890) en Zavala, Lauro. Teorías del cuento 1: Teorías de los cuentistas. México: Universidad Nacional Autónoma de México, 1995.
Ingarden, Roman. La obra de arte literaria. México: Taurus/Universidad Iberoamericana, 1986.
Lara Zavala, Hernán. “Para una geometría del cuento” en Zavala, Lauro. Teorías del cuento 1: Teorías de los cuentistas. México: UNAM, 1995.
Piglia, Ricardo. “Tesis sobre el cuento” en Zavala, Lauro. Teorías del cuento 1: Teorías de los cuentistas. México: Universidad Nacional Autónoma de México, 1995.
 Quiroga, Horacio. “Microteorías y decálogos” en Zavala, Lauro. Teorías del cuento 1: Teorías de los cuentistas. México: Universidad Nacional Autónoma de México, 1995.
Sichere, Bernard. Historias del mal. Barcelona: Gedisa, 1997.
Valdés, Blas. Restos de corazón. México: CONACULTA/Fondo editorial Tierra Adentro, 1998.
Welty, Eudora. “La lectura y la escritura de cuentos” en Zavala, Lauro. Teorías del cuento 1: Teorías de los cuentistas. México: Universidad Nacional Autónoma de México, 1995.

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